Última noche en Pompeya

¿Dónde guardaste el sol anoche que no lo encuentro? Ya miré por la ventana, sobre las nubes, detrás de las montañas, en la quebrada, bajo la cama y en los charcos de la calle, ¿está en el mar, como esa tarde en la que lo vimos esconderse desde la playa de piedras negras?

Otra vez has caminado en sueños, es por eso que no lo encuentras. Vuelve a la cama y cubre tu cabeza con las sábanas, las almohadas y todas las palabras que conoces, cuando acabes lo encontrarás donde lo dejamos anoche.

Bajé por el olivo y le pregunté al pájaro de ojos amarillos si lo había visto, le pedí que fuera al cielo y lo buscara, me miró con uno de sus ojos encendidos y escondió la cabeza bajo un ala. Tampoco quiso prestarme sus alas, ni sus ojos de fuego que atraviesan paredes, tal vez el sol está con mamá, tal vez la calienta en su cama en la piedra.

Cierra los ojos y cuenta desde tres hasta jirafa, así como haces cuando tus amigos, reales o no, se esconden en la casa hasta que la luna nos ilumina en el patio y hallamos al último de ellos subido en la última rama del cerezo florecido.

Olvídalo, ya recordé. Anoche vi cómo se escondía en el volcán quien furioso escupe sin parar nubes grises. Abrázame fuerte que no volveremos a caminar en sueños, abrázame fuerte que ya casi sale el sol, abrázame fuerte que no volveremos a verlo.

 

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