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Carta a Emilia

abril 30, 2018

Querida Emilia:

Sé que a hoy día no es uno de nuestros talentos, sin embargo, recuerda, Emilia, (cómo me gusta decir tu nombre, me gusta el movimiento que hace mi boca para formar la M, el toque suave en el paladar de mi lengua para que suene la L, y esa A al final que a veces alargo como si se me fuera el aire, ya escaso, en una exclamación extática; sí, así como estás pensando, así como esa tarde), no es a propósito que divago, ya sabes que así soy, sigamos, recuerda, Emilia, que esta carta debes destruirla en cuanto termines de leerla, tal vez la leerás varias veces, eso hago yo con las tuyas, ¿puedes creer que a veces pongo tus cartas en mi ropa interior y que su roce unido a la idea de que ese papel estuvo en tus manos es suficiente para acelerar mi corazón y para llevar sangre a rincones que creía olvidados? En fin, destrúyela, no queremos que tus nietos la encuentren este domingo cuando vengan a visitarte, ya bastantes riesgos corremos entre semana frente a las enfermeras y a las monjas; no sé si son ingenuas o se hacen las de la vista gorda, como esa tarde en la que todo empezó, ¿te acuerdas? Estábamos en el comedor, ¿era el desayuno o el almuerzo? Da igual, no es lo que importa en este momento; al principio te miré mal, una, dos veces, ya iba a gritarte cuando vi tu sonrisa disimulada y cómo me mirabas con el rabillo del ojo, no te lo voy a negar, además porque ya te lo he dicho, al principio creí que era uno de tus movimientos involuntarios (no te ofendas, no soy quién para criticar, mucho menos después de lo que nos pasó con mi caja de dientes, cómo me hubiera gustada ver la cara de le enfermera cuando la encontró entre tus piernas), de nuevo me fui por las ramas, sé que soy desesperante cuando cuento historias, ya casi llegamos al punto, lo prometo; bueno, no puedes negar que las dos primeras veces me golpeaste, la tercera, por fin, sentí tu mano subir por mi pierna, ya no recuerdo, y no exagero, la última vez que sentí ese hormigueo subir por mis piernas, desde tu mano, extenderse a mi espalda, girar hacia el pecho y llenar de color y de calor mi cara; tu mano tomó confianza al ver que te devolví la sonrisa y abrí las piernas, tú seguías tan seria y tranquila como siempre, en una mano tenías la cuchara y comías como si nada, mientras la otra rozaba, frotaba, acariciaba; en ningún momento solté la cuchara pero no pude seguir comiendo, apenas movía la comida de un lado al otro del plato al ritmo de tu mano, perseverante, insistente, paciente, como eres, seguiste en tu empeño, manejaste el ritmo con maestría, ya me contarás, muchacha picarona, sobre tus tardes de aprendizaje, y no solo es tu mano la que manejas con experticia, en fin, proseguiste hasta que la explosión nos tomó por sorpresa, quedé desmadejado sobre la mesa, con un cansancio de años, no me resultó difícil, ni vergonzoso, convencer a la enfermera de que había sufrido un accidente y que me dejara tomar una ducha a deshoras; esa misma noche llegué a tu cuarto, las preguntas que quería hacerte se me escaparon por el hueco de la memoria del que tanto te burlas en cuanto abriste y me hiciste pasar, tenías la pijama lila, estabas descalza y fueron tus pies la primera parada de mi lengua, subí despacio, con la calma que me dan los años y el miedo a morir de un infarto sobre tu cama, subí despacio por tus piernas, beso a beso, lamida a lamida, hasta que me abriste las puertas del paraíso; hay ciertas cosas que ya no puedo hacer, pero otras que me salen mejor que hace cuarenta años, ¿quién diría que este pulso, que tanto dificulta la lectura de mis cartas, sería una bendición sobre la suave piel de tus labios, de tu clítoris? ¿Cómo podría haber adivinado que al quitarme la caja mi lengua se extendería y te llegaría a sitios inesperados e inexplorados? Acordamos no tomarlo con calma, aprovechar cada día con el apuro y el desespero que da un tiempo a punto de acabarse; nos descaramos en la sala de televisión, en el comedor, en el patio y en el jardín, algunos residentes nos cubren, como si vivieran a través de nosotros… casi lo olvido, dile a tus nietos que te traigan más yogurt, ya se acabaron, algún día tendrás que compartirme mi propio sabor a ver por qué te gusta tanto que tome yogurt de fresa; ya se me acaba la hoja y no llego al punto, ya sabes que me gusta entretenerme por el camino, el dolor de la pierna desapareció, puedo caminar de nuevo, así que esta noche deja tu puerta ajustada, iremos al cielo.

 

Abel

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