La buena memoria también es un castigo

Por fin terminé la carta más larga del mundo, no por extensión, por tiempo. La empecé hace un año. La lluvia que caía por dentro la disolvió, la tinta escurría y se arremolinaba en las esquinas de la hoja. La chimenea quiso leerla, la aprendió de memoria.

Las palabras se escondieron bajo la almohada para contarme cada madrugada historias de futuros posibles y pasados imposibles. Fui desterrado del sueño, me arrullan los ronquidos del perro.

Hoy, en un impulso que todavía hace que mis manos tiemblen, cerré los ojos y escribí. Mal y poco. Puse la carta en el buzón y recibí un telegrama como respuesta.

Recordar cada palabra con su respectivo tono, reorganizar los días, las noches y las conversaciones, encontrar la palabra justa con su tono justo.

La buena memoria también es un castigo.

 

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