Dos postales sobre la dignidad

Uno

Esa noche esperaba al cambio de semáforo para cruzar la Caracas y entrar a la estación de la calle cincuenta y tres. Pasé al lado de un hombre que escarbaba entre las bolsas de basura que los comerciantes de la zona habían dejado en la calle. Pasé a su lado y lo ignoré como si fuera parte del paisaje. Lo miré con detenimiento en el momento en que rompió un cristal contra el borde del andén. Para cualquier habitante de una ciudad el sonido de una botella rota a propósito es señal de alarma y esa vez no fue la excepción. Giré, listo para correr si era necesario y lo que vi me desarmó. El hombre había roto el pico de un frasco de loción y se echaba sobre sus ropas sucias, muy sucias, los restos de un perfume.

Dos

Los animales, al igual que los humanos, crean hábitos, rutinas que siguen día a día. Cerca a mi oficina hay un árbol pequeño en el que Moncho, mi perro, orina todos los días. Cerca a ese árbol duerme un habitante de calle. Un día de diciembre este hombre consiguió guirnaldas y cds viejos y decoró el árbol. Al ver que me acercaba con Moncho me pidió que no dejara que el perro orinara su árbol de navidad. Por supuesto accedí y durante todos estos días he mantenido a Moncho lejos de ese árbol. Esta mañana al pasar por ahí vi que el árbol ya no estaba decorado, se acabó la navidad.

***

Hay pequeños triunfos de la humanidad, hay una dignidad que ni siquiera la dureza de la calle puede arrebatar.

 

 

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