Caminar

La luz otoñal que cae sobre el río de La Plata, el sabor del sándwich de bondiola mezclado con cerveza que pasas a tragos largos, la brisa que corre por el muelle y se te mete bajo la camisa, los barcos que llegan y parten con lentitud, el incesante mecerse del agua que te trae calma y la sensación de que, de algún modo que no comprendes, todo está bien, así sea en ese momento; la librería llena de caricaturas dibujadas en las paredes que nunca más podrás encontrar porque te perdiste y así fue como la encontraste esa tarde que dejaste de planear cada paso y te dejaste llevar a donde tus pies querían sin otra guía distinta a un rastro de belleza que tus ojos decidía, así fue como aprendiste a caminar ciudades propias y ajenas y esa se convirtió en la única, al menos para ti, forma de recorrer el mundo así te tardes, así te pares en la mitad de una calle atestada porque tus pies escucharon a tus ojos y te quedas sonriente frente a una puerta de madera sobreviviente de otros tiempos que permanece en su lugar como guardiana de una vida y alegra el día de quien camina sin mirar al piso, sin mirar el reloj, sin mirar hacia el pasado irremediable, sin mirar hacia el futuro inevitable; un gato y un perro te miran desde una ventana en un tercer piso, giras la cabeza y te das cuenta que nadie más los nota, eres testigo de un instante minúsculo y precioso; paso a paso, la cabeza en alto, los pies ligeros, los ojos dispuestos así caminas por el mundo.

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