Archive for the ‘cortos’ Category

Burbuja

mayo 20, 2016

El sol de las cinco de la tarde entra por las persianas de madera, minúsculas partículas de polvo vuelan a contraluz, un murmullo de voces llena el espacio sobre su cabeza, alrededor no, el silencio lo envuelve en una capa protectora. Una burbuja de silencio lo rodea desde hace tres semanas.

Esa madrugada, tres semanas atrás, se levantó plácido y descansado, una sensación que recordaba de las mañanas de vacaciones de su niñez cuando dormía doce horas seguidas. El reloj de números rojos y brillantes le confirmó que en efecto había descansado durante once horas y cuarenta y tres minutos. Corrió a la ducha, aplastó el pelo marcado por la almohada, se puso una camisa cualquiera-sin corbata, no había tiempo- y el mismo traje del día anterior. No escuchó el saludo del vigilante del edificio, ni la frenada en seco del camión de mudanzas que arrancaba, tampoco escuchó las preguntas de su secretaria preocupada por su tardanza.

Apenas en la tarde notó la burbuja de silencio que lo rodeaba, en principio pensó que se había quedado sordo, se preguntó si era posible perder el oído sin previo aviso, sin síntomas en apenas una noche. Soltó un gemido seguido de un monólogo de groserías, insultos y maldiciones, al universo, al sistema, a sus padres, al tipo que le robó las onces cuando tenía siete años, estaba maldiciendo a su ex esposa cuando se detuvo en seco al notar que se oía perfectamente. Aplaudió, tronó sus dedos, zapateó. Todo lo oía. Todo, menos lo que fuera producido en un radio de cincuenta centímetros alrededor de su cuerpo.

Tres semanas de arduo estudio para aprender a leer los labios le habían demostrado que no era tan fácil como había visto en películas. No tuvo cómo saber que sus compañeros de trabajo y sus superiores preocupados por su salud mental preparaban su ingreso a una institución en la que se recuperaría del estrés y cansancio que lo aquejaba, sin duda era esa la causa de que llevara tres semanas ignorándolos, respondiendo cosas que no habían preguntado, riendo cuando no era, y diciendo sí cuando debía decir no.

Una corriente de aire lo saca de sus recuerdos, dos hombres vestidos de blanco lo toman de los brazos, a uno le da un cabezazo, a otro una patada en la espinilla, corre sin saber si lo persiguen, si lo llaman, solo escucha su respiración agitada y el sonido de sus pasos contra el piso de madera, sale a la calle, cruza la avenida,  serpentea por las calles, llega a un parque. Agitado se sienta en una banca, pone la cabeza entre las rodillas hasta que recupera el ritmo normal de la respiración. Levanta la cabeza, el sol se oculta detrás de los cerros, nota que es el primer atardecer que ve desde que empezó a trabajar a los veinticuatro años, hace veintiséis años. Un perro lo observa y ladra. Escucha el ladrido como si estuviera a kilómetros, es el primer sonido externo que penetra la burbuja en tres semanas. Acaricia al perro y le susurra las gracias con cariño, mira hacia el edificio donde pasó encerrado los últimos veintiséis años de su vida, se aleja de la mole que lo mira con sus ventanas que son ojos vacíos, se aleja paso a paso mientras nota que la burbuja se disipa con lentitud, se dirige hacia el norte, hacia las playas, le tomará varios días, cuando llegue la burbuja habrá desparecido.

 

La mansión al final del camino

abril 19, 2016

Esta vez pudo acercarse más. Un par de pasos más que la noche anterior, no es mucho, pero sí ayuda a definir un poco más el contorno de su cara y sobre todo la textura de su pelo. Tuvo la sensación de que ella se sintió observada y en cuanto se agitó, el escenario cambió y se la llevó, como si el equilibrio del momento dependiera de la tranquilidad de la mujer.

Ni siquiera desayunó ni se duchó, subió corriendo las escaleras, destapó el cuadro y trabajó hasta que pudo incorporar los detalles que había visto la noche anterior. Se alejó, observó la pintura desde varios ángulos, hizo unos cuantos retoques a los trazos que conformaban la melena crespa cogida en un moño alto, y volvió a cubrirla. No podría agregar nada más durante ese día, tendría que esperar al día siguiente.

Sus días eran largos, como si transcurrieran en una sala de espera víctima de un dolor insoportable, en cierta medida así era, durante el día lo atacaba un dolor indefinido en todo el cuerpo lo bastante suave como para no quejarse y lo bastante fuerte como para impedirle concentrarse en sus quehaceres habituales. El dolor remitía con la llegada de la oscuridad y desaparecía al empezar a soñar.

El sueño siempre era el mismo. Un jardín enorme, de mansión aristocrática, venados bebían de espejos de agua ubicados en distintos puntos del jardín, rosales de flores azules, estatuas de ninfas que huían graciosas de faunos lujuriosos, un camino recubierto de baldosas de mármol y al final del camino la mansión de paredes blancas y amarillas. Ya había recorrido la mansión en sueños anteriores, conocía de memoria los salones decorados con elegancia y sencillez, la biblioteca enorme cuyo final no se veía a simple vista, era necesario recorrerla con atención por su construcción tipo laberinto, los cuartos y estancias en los que cabían varias veces su pequeña casa de dos pisos y altillo, el salón comedor con mesa para cincuenta y dos personas, la sala en la que estaba la chimenea decorada con cuadros de Pan, Afrodita, y Eros.

El cuarto que le interesaba estaba ubicado en la sala este de la mansión, lo descubrió en la segunda semana de sueños, cuando ya empezaba a aburrirse de soñar cada noche lo mismo. Lo atrajo el sonido de una risa, abrió la puerta con la confianza ciega experimentada en los sueños recurrentes y la vio. Su cuello largo y elegante lo dejó paralizado con la mano en el pomo de la puerta sin fuerzas para entrar. Su turbación fue el elemento que cambió la escena y se vio en otro sueño, uno corriente y sin importancia. En cuanto despertó empezó a dar pinceladas, no quería olvidar a la mujer del sueño. Así noche tras noche, durante un año y tres meses, buscó el mismo cuarto, experimentó la misma turbación y con paciencia y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad y autodominio paso a paso empezó a acercarse a la mujer hasta que algo perturbaba la atmósfera tranquila y el sueño se desvanecía en otro cualquiera.

Esa noche durmió a la misma hora acostumbrada, el sueño transcurrió igual que las noches anteriores, salvo que solo pudo llegar al mismo punto de la noche anterior antes de que el sueño se convirtiera en otro. Al despertar corrió al altillo y mejoró un par de detalles que se le habían pasado por alto. La noche siguiente sucedió lo mismo, la siguiente, igual. No podría acercarse más a la mujer a la que visitaba cada noche desde hacía un año y tres meses y de la que solo conocía una risa a través de una puerta, una melena crespa cogida en un moño alto, un cuello largo y elegante, una oreja pequeña, una bella nariz en la que le parecía ver unas cuantas pecas, y unas pestañas oscuras y enormes. Su cuadro nunca estaría completo, suspiró y se sentó en el suelo del cuarto de la mansión dispuesto a permanecer en el sueño y si era posible no despertar nunca.

 

El apetito

febrero 29, 2016

Las nubes grises tapan el sol , levanta la cabeza al cielo, piensa “si llueve no voy”. Cuenta en silencio hasta trescientos sesenta, se muerde el nudillo del índice derecho, tiene tan arraigado ese tic que la piel ya no crece , es un muñón amoratado e insensible.

Camina hasta la parada de buses, se sube en el primero que pasa sin mirar hacia donde va, lo que importa es moverse, salir de ahí, escapar de los pensamientos, ser más rápido que ellos, que no lo vean, que no lo alcancen, que no lo sientan porque llegan todos en manada, lo rodean y lo consumen.

Abre la ventana y respira el aire lleno de humo que deja el bus en cada aceleración. Se seca el sudor que cae desde el pelo negro descuidado, no ha tenido mucho tiempo en los últimos días, los pensamientos no lo han dejado. Todo iba bien, se levantaba temprano, salía a trabajar y volvía cansado, con ganas de comer y dormir. La rutina hizo su trabajo con paciencia, día a día. Un día no llegó cansado, ni con ganas de comer. Se acostó y miró el techo, sintió como esa parte de su mente despertaba, bostezaba y miraba hacia los lados. Tenía hambre. Se había despertado el apetito.

Durante algunos días corrió en el parque después de llegar del trabajo, el apetito se iba al fondo de su mente y lo dejaba en paz. Por unos días, un día, un rato. Nunca. En este momento es su dueño, no hay pensamiento, idea, sensación que no provenga del apetito. No quiere alimentarlo, no más, nunca más.

El bus gira, las calles son conocidas, hace mucho tiempo no las veía, pero sí, esas son. El cielo sigue gris, casi negro, pero no llueve, el bus lo lleva a donde no debería ir. Ya son dos señales le grita esa parte de su mente que ahora lo controla. Cuenta las cuadras, una, dos…seis, siete, acá es. Se baja, busca la casa, toca la puerta, entra llorando de rabia y felicidad, saca el manojo de billetes arrugados y compra lo que no iba a comprar nunca más, lo que con seguridad está comprando por última vez.

 

El llamado del mar

enero 21, 2016

La visión del vaivén de las olas llega una vez más a su mente. En los últimos días ha sido una imagen recurrente que se presenta con mayor asiduidad, sacude la cabeza para despejarla, cierra los ojos para recordar qué estaba haciendo, a veces se pierde durante varios minutos en la visión. Se levanta del sofá amarillento y raído, al lado del sofá en una mesa de madera burda, hecha por él mismo una mañana de domingo, está la estufa eléctrica de un fogón.  Retira el agua hirviendo de la estufa, la vierte con lentitud en un pocillo desportillado y amarillento, gira y toma una bolsita de té de una caja que reposa sobre la mesa de noche al otro lado del sofá.

Enciende el televisor, una imagen azulada muestra a un político gordo y de bigote arengar en el Congreso. Destapa una lata de maíz tierno y una de salchichas vienesas, come de las latas con un tenedor de plástico, entre mordisco y mordisco pasa sorbitos de té. Afuera se apagan las luces del alumbrado público, la sombra que la luna proyecta sobre las torres de libros de segunda mano simulan un pequeño castillo digno de un rey gnomo.

Vacía los bolsillos sobre el sofá, un billete y tres monedas. Hoy solo vendió un libro, una edición vieja y maltrecha de Mujercitas a una madre joven con una niña pequeña en sus brazos. Tal vez debería buscar a su nieta y regalarle un libro similar pero en mejor estado, tal vez su hija llore al verlo al creerlo muerto después de tantos años, tal vez le cierre la puerta en la cara.

Escucha el sonido del mar junto a su puerta. Cierra los ojos y enciende el radio de pilas para ahuyentar el sonido, no hay playa en la ciudad construida a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. El aire huele a sal, extrañado mira por la única ventana libre de torres de libros, la luna se refleja sobre la superficie de un océano negro y tranquilo. Se asoma y respira el aire cálido de la playa.

Sale a la calle cubierta de arena suave y caliente, se quita las pantuflas y las medias de lana. Sonríe al sentir la arena caliente entre sus dedos, camina por la playa al lado del mar, recuerda cuando su hija, niña por aquel entonces, creía que la Luna la seguía, recuerda esa mañana en la que algo se le quebró por dentro, salió de su apartamento y volvió a saber de sí en ese cuarto minúsculo lleno de libros usados en el que llevaba cincuenta y tres años.

Con esfuerzo y varias paradas sube una pendiente, al final encuentra un risco en el que el viento ruge salvaje, abajo el mar de su niñez lo llama por su nombre , sonríe feliz y tranquilo, por fin ha llegado. Toma impulso y se lanza al negro océano, el olor a sal se hace más fuerte a medida que cae, se prepara para el golpe del agua helada y se estrella de cara en el asfalto de una de las avenidas que llevan al centro de la ciudad.

Mi niña no duerme

octubre 23, 2015

-Mi niña no duerme, doctor. Camina desde la puerta hasta el patio, se sienta al lado del perro, lo acaricia y le habla al oído hasta que el pobre animalito se va a un rincón y cae profundo, sube a la terraza y se sienta en el muro, la primera vez que la vimos casi nos un soponcio, dijo que estaba hablando con una estrella, ahora nos toca echarle candado a la puerta, pero no le hace, abre las ventanas y saca medio cuerpo, cuando las noches están nubladas y no puede ver las estrellas se va al jardín a correr con las luciérnagas, también le hablan, doctor, me toca entrarla de un brazo y acostarla en mi cama, en medio del papá y yo, pero es peor el remedio que la enfermedad porque empieza a hablar con nosotros, nos cuenta lo que le dicen las estrellas y las luciérnagas, no nos deja pegar ojo en toda la noche, mi pobre marido está a esto de ser despedido, no rinde en el trabajo, y si al menos durmiera durante el día, pero tampoco, se sienta en el jardín a mirar la forma de las nubes, habla con las flores, lee, dibuja, cuando no sabe qué más hacer, vuelve y me busca y habla y habla y habla, no sé qué hacer, doctor, estoy desesperada, dice que cuando cierra los ojos el mundo desaparece, le he explicado que al abrirlos el mundo estará ahí, tal y como lo dejó la noche anterior, pero no hay caso, dice que no, no duerme y no deja dormir, me voy a enloquecer.

El doctor observa en silencio a la niña que mira por la ventana, sigue su mirada hacia las nubes que se juntan en los cerros, la niña mueve los labios en silencio, se queda callada, inclina la cabeza como si escuchara una respuesta dicha en voz muy baja, asiente y gira la cabeza hacia el doctor que le sonríe y le indica una silla de tamaño adecuado a una niña de su edad. El doctor se dirige a un archivador ubicado al lado de su escritorio, saca de uno de los cajones un ringlete de colores conectado a una batería, lo acomoda sobre una mesita frente a la niña, se sienta y habla con voz calmada y suave, le dice a la niña que se relaje, que mire el ringlete, mira cómo gira, mira sus colores, siente cómo te pesa el cuerpo, cómo te pesan los párpados, tienes sueño, mucho sueño.

La niña lucha contra el sueño, con esfuerzo abre sus ojos mientras niega moviendo la cabeza, se clava las uñas en las palma de las manos, una gota de sangre escurre entre sus pequeños dedos, sus ojos llenos de lágrimas se dirigen a su mamá, lentamente se cierran y deja caer la cabeza contra el pecho.

Una sensación de desvanecimiento atrapa al doctor y a la mamá, pero es más que eso, es como si sus huesos empezaran a asimilarse con la carne que los cubre, como si la carne a su vez se fundiera con la silla, la silla con el piso del consultorio, como si el mundo entero empezara a desvanecer, a fundirse en una sola masa de materia que decrece mientras se funde en sí misma, el doctor comprende que ha cometido un error, con las escasas fuerzas que le quedan a algo que fueron sus dedos apaga el ringlete, una voz que es un graznido grita sin parar ¡despierta, despierta, despierta…!

El último acto

octubre 1, 2015

Baja la ventana con la esperanza de que entre algo de brisa, las calles están cubiertas de polvo, una mínima sombra se forma bajo los árboles, se seca las gotas que se forman sobre el labio superior y retoma su labor.Cuenta en voz baja, apenas mueve los labios, mueve las agujas con lentitud, está aprendiendo. Acaricia su voluminosa barriga e imagina a su bebé con los patines verdes que está tejiendo.

Una familia aparece en la esquina, sube la ventana cubierta de polvo, el aire caliente del carro le corta la respiración. Los observa de reojo, una madre voluminosa que camina bamboleante de la mano de una niña de unos tres años, la niña llora y estira los brazos a su padre que camina dos pasos más atrás y se abanica con un papel doblado. Van hacia el banco. A esa hora nadie va al banco, no deberían ir al banco. La niña grita histérica y la mamá cruza la calle con la majestuosidad de una elefanta que protege a su cría, el papá las mira, duda, consulta su reloj, se encoge de hombros y cruza la calle, entran a una frutería. La mujer del carro suspira y retoma la labor. No vuelve a abrir la ventana.

Cierra los ojos, solo será un momento, siente la cabeza pesada, no debería estar ahí, se dejó convencer de las ventajas que podría sacar de su condición en caso de que algo salga mal. Deja que su imaginación vague, una cuna con tigres sobre plataformas y un domador, papel tapiz de circo, móvil de payasos. Sí, quiere una habitación temática para su bebé, nada de paredes peladas, ni caja de fruta mal pintada. Que valga la pena.

Ruido de cristales rotos, gritos de furia y de miedo mezclados, un payaso corre desde el banco, en medio de la carrera cae su peluca verde y descubre una cabeza casi pelada, el payaso no está en buena forma física y el calor no le ayuda en su carrera. El anciano guardia del banco logra disparar su arma de dotación una vez, dos veces, tres veces. El payaso cojea, le falta poca distancia y mucha sangre. Logra abrir la puerta del carro, lanza un bulto hacia el asiento de atrás, antes de que pueda sentarse la mujer le entierra las agujas de tejer en el ojo izquierdo. No va a complicarse con un moribundo, nadie la vio, el carro es robado, además, las madres solteras abundan.

La pelota que se aburrió de la física

septiembre 15, 2015

A esa hora de la tarde la luz del sol entra oblicua por la ventana, las sombras empiezan a estirarse y pronto crecerán hasta cubrir todo el cuarto. Bajo la cama hace mucho frío y no hay con quién hablar, junto a la pata de la cabecera el cadáver de una cucaracha descansa boca arriba, unos centímetros a su izquierda una media  suspira por su compañera perdida hace mucho tiempo, el brazo de una muñeca le da palmaditas reconfortantes y con voz ahogada, por sus propias penas, trata de darle ánimo. A unos centímetros del cubrecama, la pelota de caucho observa cómo las sombras le ganan la partida a la luz y reflexiona sobre su vida.

Hace muchos años llegó a su cuarto, era reluciente, lisa y hermosa, la pelota más redonda que había sido fabricada por Rubber Toys Inc en la lejana Louisiana. No recuerda nada del viaje que la llevó hasta ese bello cuarto del barrio La Soledad porque una vez terminada fue inducida a un sueño artificial y sin sueños en una cámara de conservación plástica.

Los primeros días fueron maravillosos. La niña la llevaba a todos lados. Dormían juntas, tomaban el desayuno juntas y hasta a la tina la llevaba, donde estaba una de ellas estaba la otra. Fueron días soleados, como una tarde eterna de verano en la que corría una brisa refrescante. Todavía recuerda los veranos ardientes de Lousiana. Por un momento piensa en su amigo Ignatius, una pelota loca con serios problemas de adaptación, espera que haya tenido una vida mejor que la suya.

Todo empezó a rodar cuesta abajo el día que en medio de una pataleta la niña la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared. A pesar del dolor del golpe no pudo detener su viaje y regresó mansa a las manos de la niña. Durante un tiempo volvieron a ser las mejores amigas, la niña hasta le pidió perdón por sus impulsos, debes entenderme, así soy, le dijo. Pero volvió a pasar, una y otra y otra vez.

La pelota observa su silueta en la luz ya escasa del atardecer. Ya no queda rastro de su redondez perfecta, está llena de marcas de golpes. Cierra los ojos con fuerza, frustrada por volver a las manos de la niña una y otra vez en contra de su voluntad. Ya no quiere seguir con esa vida, merece algo más, un mejor trato, alguien que sí la aprecie. No más, decide. Ese rebote que la llevó bajo la cama fue el último.

Unas manos pequeñas, untadas de arequipe palpan bajo la cama, la pelota rueda a su encuentro, la niña la levanta, da un grito mitad furia histérica, mitad euforia y la lanza con todas sus fuerzas contra la pared. La pelota, concentra toda su voluntad en ese instante definitivo de su vida, lucha contra su naturaleza y en un esfuerzo que casi la consume se endurece y atraviesa la pared. Afuera, vuela sobre el patio, sobre las calles, sobre el parque. Sonríe, es un día de verano en el lejano sur y la brisa la alcanza.

Los 327

mayo 29, 2015

Los vendedores de tinto y los fotógrafos lo observaron de reojo, era uno más de los que a diario se ven deambular por la plaza de Bolívar. Descalzo, con el pelo largo y desordenado, pantalones rotos, camiseta que hace mucho tiempo fue blanca, manos grandes, de uñas sucias y rotas, mirada esquiva que se brincaba de un objeto a otro como mosca buscando dulce. Lo que lo diferenciaba de otros visitantes de su mismo estilo era el cartel que sostenía. “Solo 327”, decía.

Durante toda la mañana agitó el cartel, corrió de un lado a otro de la plaza, interceptó a una niña que corría apurada a clase y a un paseador de perros, les aseguró que eran parte de los 327, que lo sabía porque el espíritu se lo estaba diciendo en este momento. La niña corrió asustada y se perdió por una calle detrás de la Alcaldía, el paseador de perros rió y le dijo “bacano, hermano” y siguió su camino.

Lo observé desde las escaleras de la Catedral, ahí debía encontrarme con un secretario de un asistente del ex presi antes de medio día para resolver unos asuntos que ya no importan, así como ya nada importa. Después del encuentro con el tipo, en medio de la euforia por el bussines ganado, me acerqué al hombre del cartel. Le ofrecí lo que quedaba de mi gaseosa y le pregunté si yo era uno de los 327. Se rió y en su carcajada echó en mi cara el aliento de no conocer un cepillo de dientes en mucho tiempo.

-El espíritu me avisa quién sí, y usted nada de nada.

Se sentó a mi lado y me contó que una mañana estaba tomando tinto en su oficina, era contador en una ferretería del centro, cuando una voz le ordenó quedarse quieto. La voz lo durmió y le mostró el futuro. Caos, muerte y destrucción, lo usual en esos casos. Su misión era reunir a los 327 que se iban a salvar en la ciudad y llevarlos a los cerros del sur y allá los recogerían en los platillos. Pero había fallado. Solo uno le había creído de los 53 que había encontrado, contando a los dos de la mañana, ya no alcanzaba a encontrar el resto. Y eso que había dedicado siete meses a recorrer la ciudad buscando a los 327. Lo tranquilicé diciendo que aún tenía tiempo.

-¿Cuáles, hermano? Mañana es el día.

Empezó como un terremoto en California, el movimiento activó el súper volcán de Yellowstone, y de ahí en adelante fue una reacción en cadena que recorrió el planeta en catorce horas. Hace tres días estoy encerrado, la vela está casi consumida, el sol no se ha vuelto a ver por las cenizas y el polvo. Lo último que supe, antes de que la señal se apagara, es que el mar se había tragado medio país. Afuera no se oyen voces humanas, solo los aullidos de la manada de perros callejeros que buscan comida en medio de los escombros. Supongo que ya me olieron. La última vez que salí fue la noche que empezó todo, en el noticiero informaron de extrañas luces voladoras en los cerros del sur.

Los gigantes y las palabras

mayo 13, 2015

El viento corre caliente a esa hora de la tarde, arrastra minúsculas partículas de polvo que insisten en entrar a los ojos aun cuando estén entrecerrados y solo sean una rendija. Arriba de su cabeza el hombre viejo y flaco discute con el hombre bajito y barrigón. Una vez más el bajito y barrigón busca detener al anciano.

El hombre bajo se desespera, abre los ojos y agita los brazos, señala hacia el horizonte, una vena se brota en su frente, frustrado lleva sus manos a los ojos y desde ahí las desliza por su barba descuidada y llena de polvo. El anciano se estira y hace sonar sus coyunturas, ajusta la celada y toma con firmeza la lanza.

Antes de partir al galope, el anciano gira la cabeza y sonríe al ver la expresión del bajito y barrigón. El burro mira de reojo a su jinete, y sonríe a su vez, no puede evitarlo al ver la cara de espanto y confusión que trata de disimular entrecerrando los ojos y analizando los molinos que el anciano se dispone atacar.

-Son gigantes -dice el anciano y le guiña un ojo al burro. Su jinete es caso perdido, no entiende y no puede ver.

“Son gigantes” repite para sí el burro y al hacerlo los ve. Cuatro metros de alto, brazos largos y poderosos, voces rugientes que el viento arrastra. El burro comprende. El anciano no está loco, está creando su propio mundo. Dice gigantes y la palabra toma forma y consistencia, son gigantes.

El burro observa a su jinete, el hombre bajito y barrigón, un profundo sentimiento de lástima lo invade, el jinete nunca comprenderá el poder de las palabras, nunca podrá entrar al mundo que el anciano está creando, quiere creer, se esfuerza por hacerlo, pero sus palabras no tienen la fuerza necesaria. El burro suspira, arranca un mordisco de hierba amarillenta y seca, mastica con lentitud la deliciosa y fresca hierba que acaba de arrancar y observa como el anciano se enfrenta a los malvados gigantes.

El viento helado a orillas del lago

abril 22, 2015

El hombre saca del bolsillo trasero de su pantalón un pañuelo blanco y bien doblado, lo desdobla con calma, se seca las lágrimas y lo pasa por su nariz. Lo revisa con atención. Limpio, perfecto, húmedo. No está de más asegurarse contra las sorpresas que trae el viento glacial que sopla al lado del lago. Lleva cuarenta minutos de caminata, aun alcanza a ver una mancha azul en la carretera, es su carro, o era, aun no lo sabe. Su plan es caminar hasta que no lo vea más, no tiene ninguna razón para ello, no todo debe tener una razón bien pensada y estructurada, hay que dar espacio suficiente a los impulsos a pesar de que nos lleven a lugares a los que nos queremos ir, piensa mientras continúa su ascenso.

Ese medio siguió un impulso, decidió que almorzaría en casa con su hija. Cerró temprano su despacho, la temporada de impuestos ya había pasado así que la probabilidad de que llegara un cliente era casi cero. Compró pizza, helado de chocolate y el nuevo tomo de la saga para adolescentes de moda, su hija había sido poco sutil durante la semana acerca de lo mucho que le gustaría leerlo e cuanto estuviera disponible. La música a todo volumen le indicó que su hija ya estaba en casa, caminó hacia su cuarto con el libro en la mano. Su hija estaba acostada en la cama con los ojos abiertos, vacíos enfocados en el techo. Se acercó y comprobó que no tenía pulso. Una bufanda fuertemente anudada a su cuello, un consolador en su vagina y otro en su ano. La observó largo rato en silencio, paralizado, las arcadas lo obligaron a moverse. Salió a correr y solo se detuvo en la carretera que conducía al lago.

Gira la cabeza, ya no ve su carro. No va a caminar más. Se sienta en el risco y deja colgar sus piernas en el vacío. El viento helado lo empuja hacia atrás. Se pregunta si vale la pena volver y enfrentar la realidad. Se encoje de hombros y lanza una piedra al lago, la observa caer cientos de metros. Se pregunta si una piedra que cae desde esa altura muere durante la caída o por el choque con el agua helada. La superficie del lago se agita y una cabeza gigante emerge. La cabeza es movida por un largo y elegante cuello. Quince, veinte metros de largo debe tener el cuello de la criatura. Tembloroso saca el celular y graba a la criatura que nada con agilidad . Así que las leyendas eran ciertas. Graba hasta que la criatura se sumerge y no vuelve a salir. Observa la grabación y se seca las lágrimas que caen sin parar. Tantas cosas increíbles, tantas revelaciones. Hay que seguir impulsos, piensa de nuevo, coloca con cuidado el celular sobre el risco y se lanza de cabeza hacia el agua que lo espera helada y tranquila cientos de metros más abajo. No hay razones para volver, alcanza a pensar justo antes de chocar contra el agua.