Archive for the ‘cortos’ Category

Los tristes

agosto 8, 2017

Miércoles

El niño vino otra vez. No tocó el arroz con huevo que le dejé a la entrada del cuarto tal y como me dijo el Africano que hiciera para entretenerlo. Me quedó tan maluca esa vaina, debe ser por los problemas con Juana, no me sale bien ni el agua tibia, no me extraña que el niño ni lo haya olido.

Jueves

Mañana me encuentro con Juana. Quiere sacar la ropa y las otras cosas que dejó acá, yo creo que es excusa para tantear el terreno y ver qué podemos hacer. Voy a ponerme la camisa que me regaló. El niño no vino hoy. No voy a volver a cocinarle nada, el Africano no sabe nada.

Viernes

Juana quedó de pasar el sábado por la tarde por las cosas. Parece que no tiene reversa eso. No me dijo nada de la camisa, no me dijo nada de nosotros, nada personal, era como si estuviera haciendo una diligencia bancaria, ese tono de voz neutro, sin perrenque, sin color, como si hablara con un desconocido, cordial pero lejana. No dijo nada cuando le dije que volviera, apenas me miró como se mira a un niño chiquito que se queja del ratón Pérez. El único momento en el que me miró a los ojos fue cuando le hablé del niño. Aunque bajó la mirada de una y cambió de tema. No me gustó eso, ¿será que sabe algo?

Sábado

Esta madrugada vino el niño. Otra vez se sentó a los pies de la cama, no dice nada cuando le hablo, no hace nada distinto a mirarme a los ojos. Esta vez la herida de la cabeza se le veía más fresca, la sangre se veía brillante y no seca y opaca como las otras veces. Me da la impresión que se sentó más cerca esta vez.

Juana recogió las cosas entre unas cajas y unas maletas. Las maletas no las conozco, tampoco son nuevas, alguien se las prestó. Quise ayudarle a bajar todo pero no quiso. No alcancé a ver quién manejaba la camioneta en la que vino.

Domingo

Me vomité esta madrugada apenas entró el niño. Hoy era un cadáver podrido sentado en mi cama. No sé si me miraba a los ojos porque los suyos estaban vacíos, sentí que sí. Me tapé la cabeza con las cobijas hasta que sentí que se levantó. Voy a hacerle una comida bien rica a ver si me deja en paz. Juana cambió el celular.

Lunes

El niño se quedó en la puerta, no pudo cruzar la sal. El Africano esta vez sí acertó. Aunque dijo que si eso pasaba no era un niño el que me visitaba sino algo con forma de niño. ¿Será un enano? Juana me sacó de Facebook y me bloqueó.

Martes

Hay un animal muerto. El olor no me deja dormir. Levanté todo el tablado del apartamento, encontré un hueso seco envuelto en pelos rojizos debajo de donde estaba la silla de leer de Juana. Eché desinfectante y ambientador y el olor no se va, se queda escondido, como agazapado y vuelve en rachas tan nauseabundas que vomito sin alcanzar a correr al baño. Estoy cansado de limpiar mi propio vómito. No sé cómo mis pasos me llevaron a la casa de la mamá de Juana, no quiso decirme donde está viviendo, no quiero volver con ella, lo único que quiero es que me devuelva las llaves, le dije a la doña. No me creyó. Cuando le grité que Juana había metido un animal muerto al apartamento, que no la encubriera, vieja hijueputa, llamó a la policía y me sacaron de ahí.

Miércoles

No llegué a trabajar. Salí como todos los días y me perdí, o no, no sé. Cuando me di cuenta estaba en el último paradero de los buses y eran las tres y diecisiete de la tarde. No sé qué hice desde las ocho de la mañana. Juana le echó algo a mi comida. Voy a botarla toda y a cambiar las cerraduras. Si cree que así me va a sacar del apartamento está muy equivocada.

Jueves

No tuve que cambiar las cerraduras. El portero me entregó un sobre. Adentro estaba la llave y un papel que decía “Gracias por todo”. Siete años y todo lo que recibo es un graciasportodo. Come mierda, Juana, nunca vas a leer esto, pero come mucha mierda. El portero dice que Juana dejó el sobre con la llave desde el sábado cuando salió. ¿Desde el sábado y hasta hoy me lo entregó? No le creo. También está confabulado con ella. El niño lleva todo el día sentado en el sofá al lado de la ventana. Esta noche no duermo acá.

Domingo

Tengo que ir al apartamento. Da igual. No recuerdo dónde he estado. Sé que salí el jueves en la noche a dormir a un hotel del centro. Decidí caminar para no gastar plata. Ya no tengo trabajo. Nunca llegué al hotel. Desperté el sábado mientras caminaba. La sombra alargada del niño iba detrás. No fui capaz de voltear a mirar, estoy muy nervioso y no quiero verlo. Grité a una muchacha que era igual a Juana por detrás, el mismo pelo, la misma ropa, la misma estatura, pero otra cara, otra edad. Juana la contrató para enloquecerme. Le grité que no me siguiera más y que se llevara al hijueputa niño.

Lunes

Creo que el niño está adentro. Apenas puse pie en el apartamento vi una sombra que corría hacía mí. Creí que era Juana que por fin había recapacitado y abrí los brazos para abrazarla. Abracé el aire y sentí que se me entró un frío que se apoderó de mi estómago y desde ese momento empezó a crecer y a llenarme. Tengo la lengua quemada de tomar agua hirviendo.

¿Quién es esa Juana a la que tanto llamo? ¿Tuvimos un hijo? No lo encuentro.

Martes

Tengo cuerpo nuevo. Está muy flaco y tiene la boca destrozada por las quemaduras. No sé por qué los tristes son más fáciles de dominar.

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El pasillo infinito

junio 27, 2017

Manotazos, puños y rasguños que se quedan en el aire, esa sensación de pesadez y torpeza propia de los sueños, ya no sabe si sueña o está despierta. El corredor se extiende hasta el infinito, el patrón selvático de la alfombra se une con el techo un poco más allá de la última bombilla. Día o noche da igual, ya no hay diferencia, qué va importar si existen el sol o la luna, o la tierra, lo único que queda es ese pasillo infinito. Y la cosa.

A ellos sí les importa si es de día o de noche. Para ellos sí existe el sol, la luna y la tierra. El pasillo infinito solo lo verán en las pesadillas posteriores en las que ella agita su mano delgada y huesuda, en un movimiento que es a la vez saludo y despedida, sonríe feliz y espantada, sus ojos abiertos hasta el máximo ya no miran nada distinto al horror.

Otra luz se apaga en el fondo del pasillo, la oscuridad está más cerca y en ella contenida y a la vez formada la cosa que la persigue desde esa noche sin estrellas en la que por primera vez no pudo dormir y decidió pintar el techo de su casa de colores luminosos que brillaban en la oscuridad en el primer intento por escapar de eso.

La anciana señala el frasco con las pastillas que su hija debe tomar para evitar que la oscuridad se la trague, el anciano se lleva la mano a la boca, logra contener un grito para no asustar más a su esposa. Bajan juntos con la lentitud exasperada de quien se sabe viejo y frágil, ella aprieta contra el pecho el frasco y murmura una letanía histérica y monocorde, él la sostiene del brazo y se aferra por llenar su mente de luz blanca que envía a su hija. Salen a la máxima velocidad que alcanza su carro familiar esperanzados en que aún están a tiempo.

La oscuridad se traga el pasillo infinito, está a solo unos metros de su nariz, sabe que es por ahí y por sus ojos por donde entrará. En un intento vano y desesperado por despistar a la cosa se quita la ropa y arma un torpe espantapájaros/espantacosas que no logra su cometido y que tan solo confundirá a la policía unas horas más tarde. Con su último pensamiento se arranca los ojos y destroza su nariz, la cosa envuelta en la oscuridad entra y se apodera de su mente. Vivirá a pesar de todo, pero no será nunca más una persona.

Crónicas desde el futuro vol. IV

junio 9, 2017

El origen de esta curiosa y efímera moda surgió de las tradicionales Encuestas Mundiales de Satisfacción. El objetivo del Consejo era recabar la mayor cantidad de información posible sobre sus gobernados para de esa manera determinar las políticas a seguir para mantenerlos bajo su dominio.

Los preocupantes incrementos en los índices de satisfacción con la vida ocasionaron acalorados debates en el Consejo, aunque durante varios meses no acordaron una solución que le ofreciera a la humanidad algún tipo de divertimento que los sacara de su miseria espiritual, el consenso era unánime: debían hallar pronto el remplazo del consumismo desaforado porque una masa de personas con tiempo para pensar e insatisfacción permanente era la puerta de entrada a una revolución y por lo tanto peligraban los privilegios de los miembros del Consejo, sus familias y amigos cercanos.

La solución pronto fue hallada por el Departamento de Entretenimiento. Un agresivo plan de expectativa promocionó Las Vacaciones de Sí Mísmo. “¿Ha soñado con ser una estrella del deporte? ¿O tal vez un artista reconocido? ¿Un ermitaño en los bosques de Birmania?*” Por supuesto, no toda la población estaba en capacidad de pagar los planes Premium, por lo tanto fueron diseñados planes de vacaciones al alcance de todos los presupuestos.

Las Vacaciones de Sí Mismo permitían que cada persona adulta, una vez firmara los permisos de rigor y pagara por adelantado, podría vivir la vida de otra persona durante una semana. El procedimiento era muy sencillo, se recurría al Volcamiento de Memoria (ya usado como método para prolongar la vida aunque los filósofos no se ponían de acuerdo si trasladar “el ser” a un artefacto era vida), de manera que dos personas intercambiaban sus cuerpos. Algunas personas no soportaban estar en un cuerpo distinto y se suicidaron, es decir asesinaron a otra persona, otros se hallaron tan a gusto que huyeron en sus nuevos cuerpos, otros los aprovecharon para llevar a venganzas terribles, otros sometieron al cuerpo prestado a un desgaste tan acelerado durante esa semana que los devolvían casi inservibles. Aun así los estimados del Departamento de Entretenimiento establecieron una tasa de buen uso de los cuerpos intercambiados superior al 63%. Sin embargo, el porcentaje de quejas y problemas fue tan alto que el Consejo clausuró el programa y prohibió su reapertura.

*Desde el incendio de la Amazonía los bosques de Birmania fueron el último reducto verde en el planeta.

 

Burbuja

mayo 20, 2016

El sol de las cinco de la tarde entra por las persianas de madera, minúsculas partículas de polvo vuelan a contraluz, un murmullo de voces llena el espacio sobre su cabeza, alrededor no, el silencio lo envuelve en una capa protectora. Una burbuja de silencio lo rodea desde hace tres semanas.

Esa madrugada, tres semanas atrás, se levantó plácido y descansado, una sensación que recordaba de las mañanas de vacaciones de su niñez cuando dormía doce horas seguidas. El reloj de números rojos y brillantes le confirmó que en efecto había descansado durante once horas y cuarenta y tres minutos. Corrió a la ducha, aplastó el pelo marcado por la almohada, se puso una camisa cualquiera-sin corbata, no había tiempo- y el mismo traje del día anterior. No escuchó el saludo del vigilante del edificio, ni la frenada en seco del camión de mudanzas que arrancaba, tampoco escuchó las preguntas de su secretaria preocupada por su tardanza.

Apenas en la tarde notó la burbuja de silencio que lo rodeaba, en principio pensó que se había quedado sordo, se preguntó si era posible perder el oído sin previo aviso, sin síntomas en apenas una noche. Soltó un gemido seguido de un monólogo de groserías, insultos y maldiciones, al universo, al sistema, a sus padres, al tipo que le robó las onces cuando tenía siete años, estaba maldiciendo a su ex esposa cuando se detuvo en seco al notar que se oía perfectamente. Aplaudió, tronó sus dedos, zapateó. Todo lo oía. Todo, menos lo que fuera producido en un radio de cincuenta centímetros alrededor de su cuerpo.

Tres semanas de arduo estudio para aprender a leer los labios le habían demostrado que no era tan fácil como había visto en películas. No tuvo cómo saber que sus compañeros de trabajo y sus superiores preocupados por su salud mental preparaban su ingreso a una institución en la que se recuperaría del estrés y cansancio que lo aquejaba, sin duda era esa la causa de que llevara tres semanas ignorándolos, respondiendo cosas que no habían preguntado, riendo cuando no era, y diciendo sí cuando debía decir no.

Una corriente de aire lo saca de sus recuerdos, dos hombres vestidos de blanco lo toman de los brazos, a uno le da un cabezazo, a otro una patada en la espinilla, corre sin saber si lo persiguen, si lo llaman, solo escucha su respiración agitada y el sonido de sus pasos contra el piso de madera, sale a la calle, cruza la avenida,  serpentea por las calles, llega a un parque. Agitado se sienta en una banca, pone la cabeza entre las rodillas hasta que recupera el ritmo normal de la respiración. Levanta la cabeza, el sol se oculta detrás de los cerros, nota que es el primer atardecer que ve desde que empezó a trabajar a los veinticuatro años, hace veintiséis años. Un perro lo observa y ladra. Escucha el ladrido como si estuviera a kilómetros, es el primer sonido externo que penetra la burbuja en tres semanas. Acaricia al perro y le susurra las gracias con cariño, mira hacia el edificio donde pasó encerrado los últimos veintiséis años de su vida, se aleja de la mole que lo mira con sus ventanas que son ojos vacíos, se aleja paso a paso mientras nota que la burbuja se disipa con lentitud, se dirige hacia el norte, hacia las playas, le tomará varios días, cuando llegue la burbuja habrá desparecido.

 

La mansión al final del camino

abril 19, 2016

Esta vez pudo acercarse más. Un par de pasos más que la noche anterior, no es mucho, pero sí ayuda a definir un poco más el contorno de su cara y sobre todo la textura de su pelo. Tuvo la sensación de que ella se sintió observada y en cuanto se agitó, el escenario cambió y se la llevó, como si el equilibrio del momento dependiera de la tranquilidad de la mujer.

Ni siquiera desayunó ni se duchó, subió corriendo las escaleras, destapó el cuadro y trabajó hasta que pudo incorporar los detalles que había visto la noche anterior. Se alejó, observó la pintura desde varios ángulos, hizo unos cuantos retoques a los trazos que conformaban la melena crespa cogida en un moño alto, y volvió a cubrirla. No podría agregar nada más durante ese día, tendría que esperar al día siguiente.

Sus días eran largos, como si transcurrieran en una sala de espera víctima de un dolor insoportable, en cierta medida así era, durante el día lo atacaba un dolor indefinido en todo el cuerpo lo bastante suave como para no quejarse y lo bastante fuerte como para impedirle concentrarse en sus quehaceres habituales. El dolor remitía con la llegada de la oscuridad y desaparecía al empezar a soñar.

El sueño siempre era el mismo. Un jardín enorme, de mansión aristocrática, venados bebían de espejos de agua ubicados en distintos puntos del jardín, rosales de flores azules, estatuas de ninfas que huían graciosas de faunos lujuriosos, un camino recubierto de baldosas de mármol y al final del camino la mansión de paredes blancas y amarillas. Ya había recorrido la mansión en sueños anteriores, conocía de memoria los salones decorados con elegancia y sencillez, la biblioteca enorme cuyo final no se veía a simple vista, era necesario recorrerla con atención por su construcción tipo laberinto, los cuartos y estancias en los que cabían varias veces su pequeña casa de dos pisos y altillo, el salón comedor con mesa para cincuenta y dos personas, la sala en la que estaba la chimenea decorada con cuadros de Pan, Afrodita, y Eros.

El cuarto que le interesaba estaba ubicado en la sala este de la mansión, lo descubrió en la segunda semana de sueños, cuando ya empezaba a aburrirse de soñar cada noche lo mismo. Lo atrajo el sonido de una risa, abrió la puerta con la confianza ciega experimentada en los sueños recurrentes y la vio. Su cuello largo y elegante lo dejó paralizado con la mano en el pomo de la puerta sin fuerzas para entrar. Su turbación fue el elemento que cambió la escena y se vio en otro sueño, uno corriente y sin importancia. En cuanto despertó empezó a dar pinceladas, no quería olvidar a la mujer del sueño. Así noche tras noche, durante un año y tres meses, buscó el mismo cuarto, experimentó la misma turbación y con paciencia y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad y autodominio paso a paso empezó a acercarse a la mujer hasta que algo perturbaba la atmósfera tranquila y el sueño se desvanecía en otro cualquiera.

Esa noche durmió a la misma hora acostumbrada, el sueño transcurrió igual que las noches anteriores, salvo que solo pudo llegar al mismo punto de la noche anterior antes de que el sueño se convirtiera en otro. Al despertar corrió al altillo y mejoró un par de detalles que se le habían pasado por alto. La noche siguiente sucedió lo mismo, la siguiente, igual. No podría acercarse más a la mujer a la que visitaba cada noche desde hacía un año y tres meses y de la que solo conocía una risa a través de una puerta, una melena crespa cogida en un moño alto, un cuello largo y elegante, una oreja pequeña, una bella nariz en la que le parecía ver unas cuantas pecas, y unas pestañas oscuras y enormes. Su cuadro nunca estaría completo, suspiró y se sentó en el suelo del cuarto de la mansión dispuesto a permanecer en el sueño y si era posible no despertar nunca.

 

El apetito

febrero 29, 2016

Las nubes grises tapan el sol , levanta la cabeza al cielo, piensa “si llueve no voy”. Cuenta en silencio hasta trescientos sesenta, se muerde el nudillo del índice derecho, tiene tan arraigado ese tic que la piel ya no crece , es un muñón amoratado e insensible.

Camina hasta la parada de buses, se sube en el primero que pasa sin mirar hacia donde va, lo que importa es moverse, salir de ahí, escapar de los pensamientos, ser más rápido que ellos, que no lo vean, que no lo alcancen, que no lo sientan porque llegan todos en manada, lo rodean y lo consumen.

Abre la ventana y respira el aire lleno de humo que deja el bus en cada aceleración. Se seca el sudor que cae desde el pelo negro descuidado, no ha tenido mucho tiempo en los últimos días, los pensamientos no lo han dejado. Todo iba bien, se levantaba temprano, salía a trabajar y volvía cansado, con ganas de comer y dormir. La rutina hizo su trabajo con paciencia, día a día. Un día no llegó cansado, ni con ganas de comer. Se acostó y miró el techo, sintió como esa parte de su mente despertaba, bostezaba y miraba hacia los lados. Tenía hambre. Se había despertado el apetito.

Durante algunos días corrió en el parque después de llegar del trabajo, el apetito se iba al fondo de su mente y lo dejaba en paz. Por unos días, un día, un rato. Nunca. En este momento es su dueño, no hay pensamiento, idea, sensación que no provenga del apetito. No quiere alimentarlo, no más, nunca más.

El bus gira, las calles son conocidas, hace mucho tiempo no las veía, pero sí, esas son. El cielo sigue gris, casi negro, pero no llueve, el bus lo lleva a donde no debería ir. Ya son dos señales le grita esa parte de su mente que ahora lo controla. Cuenta las cuadras, una, dos…seis, siete, acá es. Se baja, busca la casa, toca la puerta, entra llorando de rabia y felicidad, saca el manojo de billetes arrugados y compra lo que no iba a comprar nunca más, lo que con seguridad está comprando por última vez.

 

El llamado del mar

enero 21, 2016

La visión del vaivén de las olas llega una vez más a su mente. En los últimos días ha sido una imagen recurrente que se presenta con mayor asiduidad, sacude la cabeza para despejarla, cierra los ojos para recordar qué estaba haciendo, a veces se pierde durante varios minutos en la visión. Se levanta del sofá amarillento y raído, al lado del sofá en una mesa de madera burda, hecha por él mismo una mañana de domingo, está la estufa eléctrica de un fogón.  Retira el agua hirviendo de la estufa, la vierte con lentitud en un pocillo desportillado y amarillento, gira y toma una bolsita de té de una caja que reposa sobre la mesa de noche al otro lado del sofá.

Enciende el televisor, una imagen azulada muestra a un político gordo y de bigote arengar en el Congreso. Destapa una lata de maíz tierno y una de salchichas vienesas, come de las latas con un tenedor de plástico, entre mordisco y mordisco pasa sorbitos de té. Afuera se apagan las luces del alumbrado público, la sombra que la luna proyecta sobre las torres de libros de segunda mano simulan un pequeño castillo digno de un rey gnomo.

Vacía los bolsillos sobre el sofá, un billete y tres monedas. Hoy solo vendió un libro, una edición vieja y maltrecha de Mujercitas a una madre joven con una niña pequeña en sus brazos. Tal vez debería buscar a su nieta y regalarle un libro similar pero en mejor estado, tal vez su hija llore al verlo al creerlo muerto después de tantos años, tal vez le cierre la puerta en la cara.

Escucha el sonido del mar junto a su puerta. Cierra los ojos y enciende el radio de pilas para ahuyentar el sonido, no hay playa en la ciudad construida a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. El aire huele a sal, extrañado mira por la única ventana libre de torres de libros, la luna se refleja sobre la superficie de un océano negro y tranquilo. Se asoma y respira el aire cálido de la playa.

Sale a la calle cubierta de arena suave y caliente, se quita las pantuflas y las medias de lana. Sonríe al sentir la arena caliente entre sus dedos, camina por la playa al lado del mar, recuerda cuando su hija, niña por aquel entonces, creía que la Luna la seguía, recuerda esa mañana en la que algo se le quebró por dentro, salió de su apartamento y volvió a saber de sí en ese cuarto minúsculo lleno de libros usados en el que llevaba cincuenta y tres años.

Con esfuerzo y varias paradas sube una pendiente, al final encuentra un risco en el que el viento ruge salvaje, abajo el mar de su niñez lo llama por su nombre , sonríe feliz y tranquilo, por fin ha llegado. Toma impulso y se lanza al negro océano, el olor a sal se hace más fuerte a medida que cae, se prepara para el golpe del agua helada y se estrella de cara en el asfalto de una de las avenidas que llevan al centro de la ciudad.

Mi niña no duerme

octubre 23, 2015

-Mi niña no duerme, doctor. Camina desde la puerta hasta el patio, se sienta al lado del perro, lo acaricia y le habla al oído hasta que el pobre animalito se va a un rincón y cae profundo, sube a la terraza y se sienta en el muro, la primera vez que la vimos casi nos un soponcio, dijo que estaba hablando con una estrella, ahora nos toca echarle candado a la puerta, pero no le hace, abre las ventanas y saca medio cuerpo, cuando las noches están nubladas y no puede ver las estrellas se va al jardín a correr con las luciérnagas, también le hablan, doctor, me toca entrarla de un brazo y acostarla en mi cama, en medio del papá y yo, pero es peor el remedio que la enfermedad porque empieza a hablar con nosotros, nos cuenta lo que le dicen las estrellas y las luciérnagas, no nos deja pegar ojo en toda la noche, mi pobre marido está a esto de ser despedido, no rinde en el trabajo, y si al menos durmiera durante el día, pero tampoco, se sienta en el jardín a mirar la forma de las nubes, habla con las flores, lee, dibuja, cuando no sabe qué más hacer, vuelve y me busca y habla y habla y habla, no sé qué hacer, doctor, estoy desesperada, dice que cuando cierra los ojos el mundo desaparece, le he explicado que al abrirlos el mundo estará ahí, tal y como lo dejó la noche anterior, pero no hay caso, dice que no, no duerme y no deja dormir, me voy a enloquecer.

El doctor observa en silencio a la niña que mira por la ventana, sigue su mirada hacia las nubes que se juntan en los cerros, la niña mueve los labios en silencio, se queda callada, inclina la cabeza como si escuchara una respuesta dicha en voz muy baja, asiente y gira la cabeza hacia el doctor que le sonríe y le indica una silla de tamaño adecuado a una niña de su edad. El doctor se dirige a un archivador ubicado al lado de su escritorio, saca de uno de los cajones un ringlete de colores conectado a una batería, lo acomoda sobre una mesita frente a la niña, se sienta y habla con voz calmada y suave, le dice a la niña que se relaje, que mire el ringlete, mira cómo gira, mira sus colores, siente cómo te pesa el cuerpo, cómo te pesan los párpados, tienes sueño, mucho sueño.

La niña lucha contra el sueño, con esfuerzo abre sus ojos mientras niega moviendo la cabeza, se clava las uñas en las palma de las manos, una gota de sangre escurre entre sus pequeños dedos, sus ojos llenos de lágrimas se dirigen a su mamá, lentamente se cierran y deja caer la cabeza contra el pecho.

Una sensación de desvanecimiento atrapa al doctor y a la mamá, pero es más que eso, es como si sus huesos empezaran a asimilarse con la carne que los cubre, como si la carne a su vez se fundiera con la silla, la silla con el piso del consultorio, como si el mundo entero empezara a desvanecer, a fundirse en una sola masa de materia que decrece mientras se funde en sí misma, el doctor comprende que ha cometido un error, con las escasas fuerzas que le quedan a algo que fueron sus dedos apaga el ringlete, una voz que es un graznido grita sin parar ¡despierta, despierta, despierta…!

El último acto

octubre 1, 2015

Baja la ventana con la esperanza de que entre algo de brisa, las calles están cubiertas de polvo, una mínima sombra se forma bajo los árboles, se seca las gotas que se forman sobre el labio superior y retoma su labor.Cuenta en voz baja, apenas mueve los labios, mueve las agujas con lentitud, está aprendiendo. Acaricia su voluminosa barriga e imagina a su bebé con los patines verdes que está tejiendo.

Una familia aparece en la esquina, sube la ventana cubierta de polvo, el aire caliente del carro le corta la respiración. Los observa de reojo, una madre voluminosa que camina bamboleante de la mano de una niña de unos tres años, la niña llora y estira los brazos a su padre que camina dos pasos más atrás y se abanica con un papel doblado. Van hacia el banco. A esa hora nadie va al banco, no deberían ir al banco. La niña grita histérica y la mamá cruza la calle con la majestuosidad de una elefanta que protege a su cría, el papá las mira, duda, consulta su reloj, se encoge de hombros y cruza la calle, entran a una frutería. La mujer del carro suspira y retoma la labor. No vuelve a abrir la ventana.

Cierra los ojos, solo será un momento, siente la cabeza pesada, no debería estar ahí, se dejó convencer de las ventajas que podría sacar de su condición en caso de que algo salga mal. Deja que su imaginación vague, una cuna con tigres sobre plataformas y un domador, papel tapiz de circo, móvil de payasos. Sí, quiere una habitación temática para su bebé, nada de paredes peladas, ni caja de fruta mal pintada. Que valga la pena.

Ruido de cristales rotos, gritos de furia y de miedo mezclados, un payaso corre desde el banco, en medio de la carrera cae su peluca verde y descubre una cabeza casi pelada, el payaso no está en buena forma física y el calor no le ayuda en su carrera. El anciano guardia del banco logra disparar su arma de dotación una vez, dos veces, tres veces. El payaso cojea, le falta poca distancia y mucha sangre. Logra abrir la puerta del carro, lanza un bulto hacia el asiento de atrás, antes de que pueda sentarse la mujer le entierra las agujas de tejer en el ojo izquierdo. No va a complicarse con un moribundo, nadie la vio, el carro es robado, además, las madres solteras abundan.

La pelota que se aburrió de la física

septiembre 15, 2015

A esa hora de la tarde la luz del sol entra oblicua por la ventana, las sombras empiezan a estirarse y pronto crecerán hasta cubrir todo el cuarto. Bajo la cama hace mucho frío y no hay con quién hablar, junto a la pata de la cabecera el cadáver de una cucaracha descansa boca arriba, unos centímetros a su izquierda una media  suspira por su compañera perdida hace mucho tiempo, el brazo de una muñeca le da palmaditas reconfortantes y con voz ahogada, por sus propias penas, trata de darle ánimo. A unos centímetros del cubrecama, la pelota de caucho observa cómo las sombras le ganan la partida a la luz y reflexiona sobre su vida.

Hace muchos años llegó a su cuarto, era reluciente, lisa y hermosa, la pelota más redonda que había sido fabricada por Rubber Toys Inc en la lejana Louisiana. No recuerda nada del viaje que la llevó hasta ese bello cuarto del barrio La Soledad porque una vez terminada fue inducida a un sueño artificial y sin sueños en una cámara de conservación plástica.

Los primeros días fueron maravillosos. La niña la llevaba a todos lados. Dormían juntas, tomaban el desayuno juntas y hasta a la tina la llevaba, donde estaba una de ellas estaba la otra. Fueron días soleados, como una tarde eterna de verano en la que corría una brisa refrescante. Todavía recuerda los veranos ardientes de Lousiana. Por un momento piensa en su amigo Ignatius, una pelota loca con serios problemas de adaptación, espera que haya tenido una vida mejor que la suya.

Todo empezó a rodar cuesta abajo el día que en medio de una pataleta la niña la lanzó con todas sus fuerzas contra la pared. A pesar del dolor del golpe no pudo detener su viaje y regresó mansa a las manos de la niña. Durante un tiempo volvieron a ser las mejores amigas, la niña hasta le pidió perdón por sus impulsos, debes entenderme, así soy, le dijo. Pero volvió a pasar, una y otra y otra vez.

La pelota observa su silueta en la luz ya escasa del atardecer. Ya no queda rastro de su redondez perfecta, está llena de marcas de golpes. Cierra los ojos con fuerza, frustrada por volver a las manos de la niña una y otra vez en contra de su voluntad. Ya no quiere seguir con esa vida, merece algo más, un mejor trato, alguien que sí la aprecie. No más, decide. Ese rebote que la llevó bajo la cama fue el último.

Unas manos pequeñas, untadas de arequipe palpan bajo la cama, la pelota rueda a su encuentro, la niña la levanta, da un grito mitad furia histérica, mitad euforia y la lanza con todas sus fuerzas contra la pared. La pelota, concentra toda su voluntad en ese instante definitivo de su vida, lucha contra su naturaleza y en un esfuerzo que casi la consume se endurece y atraviesa la pared. Afuera, vuela sobre el patio, sobre las calles, sobre el parque. Sonríe, es un día de verano en el lejano sur y la brisa la alcanza.