Archive for the ‘Otra cosa’ Category

Los muchachos

julio 7, 2014

I.

Uno de los primeros recuerdos de infancia que tengo es ver a mi papá saltar y romper una lámpara de techo. Estaba celebrando un gol de Colombia. En aquellos años no ganábamos nunca. Crecí viendo a mi papá sufrir y gozar por el fútbol.

Para el mundial del 94 mi papá fue a Sanandresito y compró el televisor más grande y moderno de la época. Quería ver los goles de la selección de la mejor manera posible. El amor de mi papá por el fútbol murió, ya venía herido, la madrugada en que asesinaron a Andrés Escobar.

II.

En junio de 2014 mi hermano y yo, herederos de la pasión futbolística de mi padre, creíamos. Con cautela, pero creíamos. Mi papá observaba desde lejos, sin involucrarse. Y entonces sucedió. Los muchachos jugaron y ganaron. Y ganaron bien.

III.

El profe Pékerman da una instrucción y Faryd se quita el peto. Faryd a sus cuarenta y tres años va a jugar los últimos minutos de un partido que los muchachos ganan. Faryd y el profe se abrazan y es demasiado para mí. Empiezo a llorar y no pararé hasta cuando se acabe el partido. Mi hermana llora emocionada, mi papá nos mira, parece que va a decir algo, se arrepiente y sigue mirando el partido.

IV.

James la para de pecho, gira y hace el gol más bonito que yo haya visto en un mundial. Grito hasta que me duele la garganta. En medio de la locura alcanzo a ver a mi papá celebrando. Ha vuelto el brillo a su mirada después de dieciséis años.

V.

Esperamos a que pase el bus de la selección. Hay tanto ruido de cornetas, vuvuzelas y cantos que es casi imposible hablar entre nosotros.  Ahí vienen, grita alguien. Veo al profe Pékerman agitar una bandera de Colombia y lloro de nuevo. Mi primo no puede parar de llorar, por fin se libera de cosas que un niño de catorce años no debería haber vivido. Gracias a los muchachos puede desahogarse.

El bus se aleja, miro a mi hermana y a mis primos. Tenemos los ojos rojos y la sonrisa gigante.

VI.

Durante veinte días vivimos un carnaval. Algo que nunca había visto y que deseo repetir. Los muchachos lograron eso. Jugaron con ganas, convencidos de lo que hacían. Cada vez que hacían un gol celebraban juntos, con alegría. Jugaron como amigos y qué difícil es ganarle a un equipo de amigos.

Estos veinte días vi enamorarse de la selección a personas que nunca antes se habían interesado por el fútbol. Nos regalaron veinte días en los que creímos, nos tuvimos fe, nos unimos.

Gracias por tanto, ojalá pudiera abrazarlos a todos, en especial al profe Pékerman, el papá de esa banda de muchachos sonrientes que nos hicieron tan felices.

 

 

 

Apuntes varios en el agua

abril 11, 2014

I.

Después de diecisiete años volví a una piscina. Algunas de mis articulaciones desean retirarse del fútbol antes que yo. Estoy acostumbrado a hacer deporte así que no iba a caer en el sedentarismo. Hice un trato con mis huesos y volví al agua. Dicen que nadie se olvida de cómo nadar o de cómo montar en bicicleta. Bueno, comprobé por el camino largo que de nadar sí se olvida. Al menos a mí me pasó. Visualizo los movimientos, cuando los ejecuto me siento torpe, como un pollo que aletea para no hundirse. Paciencia, me digo, pronto recordaré cómo se nada. Tiempo tengo.

II.

Son varios los amigos que me cuentan que empezaron a correr por salud. Me dicen que no solo se sienten mejor físicamente sino que mentalmente también. Hablan de cómo su mente se va vaciando de malas ideas, de mierda que tienen guardada y que los jode, y así paso a paso van eliminando lo que no les ayuda en nada hasta que su mente en pone en blanco y están tranquilos.

III.

Cuando estoy en el agua me siento ligero y libre a pesar de la torpeza de mis movimientos. Por momentos siento como brazos, piernas y respiración se coordinan en movimientos fluidos, esos momentos pasan pronto y vuelvo a sentirme como un pollo. Lentamente voy mejorando, muy lentamente. Poco a poco se hacen más frecuentes esos momentos en los que no pienso en lo que hago, sino que lo hago, mi cuerpo lo hace, mientras mi cabeza está en otro lado.

IV.

No todas las toxinas vienen de alimentos o bebidas. Muchas vienen de adentro. No todo lo bello y bueno es benéfico. No todos los dolores son negativos. Los dolores llegan, se instalan y se van.

 

Apuntes sueltos

septiembre 3, 2013

1. Los días soleados en Bogotá, que cada vez son más frecuentes, me hacen sentir en diciembre. Durante mucho tiempo renegué del sol, me gustaba el cielo gris, las sombras y el frío. Ahora, me imagino que por los años que lo liberan a uno de tanta pendejada, me gusta mucho el sol. Dejé de encontrarle sentido a escoger algo para denigrar de lo opuesto como si la identidad, el yo, lo que sea, se soportara en las bases de las preferencias; como si fuera un error poder disfrutar de los opuestos.

2. Llevo muchos días sin escribir acá, lo cual no quiere decir que haya dejado de escribir. Si algo me hace feliz es sentarme a inventar historias. Eso he hecho en los últimos días. He escrito a diario, en los ratos que saco, he luchado contra, y a veces vencido a,  la pereza. La pereza, me parece a mí, es pariente no tan lejana del miedo.

3. Tengo dos novelas cortas escritas. Aún les falta mucho trabajo para que me sienta con el valor de mostrárselas a alguien. Mi objetivo es pulirlas, dejarlas legibles y, en la medida de lo posible, buenas. Espero publicarlas, y que las personas que las lean las disfruten.

4. Leí hace poco “El jardín de los senderos que se bifurcan” de Borges. Me emocioné tanto que tuve que salir a caminar y a pensar un rato.

5. Una canción que me gusta mucho: 

Lee esta pedazo, mira arranca acá

mayo 5, 2013

“…nunca iba a dejar de buscarla entre la gente que pasaba por su vida.”  Era lunes cuando cayó del cielo de Juan Diego Mejía. Página 193, Editorial Alfaguara.

Muchas veces me pasa, cuando estoy leyendo, que llego a una frase o fragmento que me gusta tanto que me dan ganas de voltearme y decirle a alguien “lea este pedazo y dígame si no es una belleza”. Pero volteo y a mi lado no hay nadie.

Hace un tiempo leí “La nostalgia del melómano” de Juan Carlos Garay. Dice ahí Garay que la nostalgia del melómano es esa tristeza tan de domingo por la tarde que se siente porque sin importar el esfuerzo que se haga nadie más va a entender lo que produce una canción en particular en uno. El melómano está solo en su amor por la música. O de pronto no es eso pero así es como yo lo recuerdo y así es como me gusta. Esa misma nostalgia la siente el lector. La siento yo.

En el disfrute de la belleza estamos solos. Bueno, estamos solos. Nada que hacer. A veces nos encontramos con alguien con quien nos entendemos en cosas tan pequeñas y tan importantes como una frase, una escena, par acordes y es maravilloso, pero cuando eso pasa apenas dura un rato. Pensé en hablar acá de Juan Pablo Castell, el pintor de El Túnel de Sabato, hablar de su teoría de los túneles individuales en los que a veces hay ventanas por las que podemos ver a los otros por un tiempo. Pero me parece una teoría pesimista y yo no soy pesimista, si acaso soy un nostálgico.

 

El paseo de olla

enero 18, 2013

Regalar cosas no sirve para nada. Sin darse cuenta, el regalar pronto se convierte en deber, y quien recibe estará más que dispuesto a exigir su derecho a obtener cosas sin esfuerzo.

En Bella Flor tenemos muy claros los peligros del asistencialismo. Evitamos regalar cosas, buscamos que sea a través del esfuerzo y del reconocimiento a ese esfuerzo que los niños y las familias obtengan cosas. Sin embargo, detectamos que durante la navidad los niños y sus familias esperan que les demos regalos, comida, fiesta. Y ellos ahí, sentados, incluso en años anteriores no agradecieron lo que recibían o simplemente se portaban muy mal.

Con esa experiencia en mente, nos dimos a la tarea de buscar una actividad feliz que les permitiera ayudar, sentirse parte del esfuerzo que implica una celebración navideña para más de quinientas personas. Fue así como decidimos hacer un paseo de olla al estilo de las familias colombianas. En un paseo de olla alguien lleva la carne, otro las papas, otro el arroz, otro la bebida, igual con el postre y todo lo que se desee comer. Todos aportan, reparten, comparten; y al final del día, casi sin darse cuenta, se pasa muy bien.  Claro, es importante agregar que en todo paseo de olla se juega. Fútbol, perseguidos, a la lleva…hay muchas posibilidades.

Fue muy conmovedor y bonito ver a las familias llevar sus ollas llenas de papas saladas, yucas fritas, plátanos cocinados, postres, ensaladas…nos encontramos con una hermosa, y deliciosa variedad. La fundación se encargó de suministrar el pollo, las papas y la bebida. El resto fue labor de las familias.

Durante toda la mañana nos dedicamos a jugar: padres, hijos, voluntarios, abuelas, invitados, todos. Hubo muchas risas, gente caída en el suelo agarrándose el estómago porque no podían parar de reír. Así es como me gusta ver reír a la gente. Llegada la hora del almuerzo, nos sentamos todos juntos a compartir. Padres, madres, niños, voluntarios; todos ayudamos a armar y a repartir los almuerzos. Fuimos una verdadera familia.

Al final, la gente nos agradecía, nos dijeron que era una de las mejores celebraciones de navidad que habían tenido. Estaban felices. Y nosotros los voluntarios también. Logramos nuestro objetivo.

Más información de Bella Flor aquí: Fundación Bella Flor

El gallo que vivió en casa de mi abuelo

diciembre 14, 2012

Una paloma vive en promedio entre nueve y once años. Su esperanza de vida depende de las condiciones de su hábitat. Anoche la tía N llamó a mi papá a contarle que la paloma que vivía en la casa de mi abuelo había amanecido ahogada dentro de la alberca.

-¿Dónde está el gallo?- preguntaba mi abuelo a diario. Así se refería a la paloma. “El gallo”. Todos aprendimos a llamarla así. El gallo era el último sobreviviente de una bandada de palomas que mi abuelo crió y mantuvo en su casa.

Los últimos ocho días de su vida mi abuelo los pasó acostado sobre el lado izquierdo de su cuerpo. Las enfermeras  no le permitían subir su mano izquierda hasta la cara, en su posición tradicional para dormir, porque el suero dejaba de gotear. En parte, también, porque mientras estuvo consciente, con disimulo se arrancaba la máscara de oxígeno. Los médicos dijeron que con su cuadro clínico no iba a durar más de dos días. Mi abuelo siempre fue un hombre recio y voluntarioso; decidió llevarles la contraria y vivir ocho días. El abuelo tenía sus razones para hacer eso.

Mi abuela murió un nueve de diciembre cuatro años atrás. Ver a mi abuelo estirar sus fuerzas durante ocho días nos convenció que estaba esperando a que llegara el nueve de diciembre para morir el mismo día que su esposa. Le faltaron cuarenta minutos. Esa es una de las cosas de la vida que solo puedo interpretar a partir del amor. Es tan escaso y escurridizo el amor. En ocasiones pensé que al amor se lo gastaron todo los abuelos, a las generaciones venideras nos dejaron el anhelo de encontrarlo. Vi la lucha de mi abuelo y me di cuenta de mi error, solo hace falta paciencia, convicción y una voluntad de hierro, como la del abuelo.

Ver la muerte del abuelo lleva a pensar en la muerte del padre. Y ningún hijo quiere pensar en eso. Mucho menos ver al padre con la cara alargada de tristeza. Hijos y nietos admiramos el tesón demostrado por el abuelo hasta el final. Ser testigos de eso, en medio de la tristeza del adiós, reconforta. Y observar que el abuelo descansó y se reunió con su esposa, incluso llega a aligerar el ánimo.

La tía N le dijo a mi papá que estaba consternada. ¿Pueden suicidarse los animales? ¿Qué tanto entienden los animales? ¿Qué tanto se compenetran con sus amos? El gallo sintió la ausencia del abuelo y vivió tres días más que él. El gallo vivió veintidós años, desafiando a los expertos, mostró fuerza y voluntad, como su amo, como el abuelo. En una semana y media fui testigo de actos hermosos y maravillosos, y solo puedo pensar en que estoy agradecido por eso, en que ojalá tenga una vida larga como mi abuelo, quisiera ver más cosas hermosas y maravillosas.

En el cerro

diciembre 7, 2012

Tenía mucho miedo de ir. Confieso que lo hice obligado, era un requisito para aprobar una materia de la universidad. Y ahí estaba, en un bus verde que nunca antes había tomado, dirigiéndome a un sitio al que en teoría no se debe ir. No es fácil ir a una de las zonas más peligrosas de Bogotá.

Recuerdo que no pude despegar los ojos de la ventana durante el recorrido. Al parecer el ascenso no terminaba nunca, mientras más subía el bus más y más cambiaba el paisaje. Metro a metro aparecían casas más pobres. Me sentí mal, muy mal. Me di cuenta que vivía en una burbuja, que no conocía mi ciudad y que no sabía cómo es la vida de millones de personas. Me sentí ignorante y superficial.

La última parada del bus era mi destino. La cima del cerro. El viento corría loco, con fuerza, helado, como solo he sentido cuando he ido a caminatas por el páramo. Seguí las indicaciones que habían llegado a mi correo y busqué la casa. Toqué el timbré, me presenté, entré. Cinco niños entre los cuatro y los ocho años corrieron a abrazarme. Había llegado a la Fundación Bella Flor.

Ese recibimiento, ese abrazo comunal, dado por niños que nunca me habían visto (ni yo a ellos),  me cambió la vida. De eso han pasado siete años y ya no imagino mi vida sin ser voluntario de la Fundación Bella Flor. A partir de ese día me convertí en “el profe Danilo”, así me han llamado cientos de niños y con seguridad serán más.

En todos estos años los he visto crecer, madurar, convertirse en adolescentes y adultos. Los he visto convertirse en personas maravillosas, me han enseñado que sí podemos hacer una diferencia, que sí se pueden cambiar vidas. El mundo es una mierda en muchas ocasiones, sin embargo recuerdo a mis niños, las ganas que le ponen a todo, su curiosidad infinita, su bondad, su entereza, su alegría a pesar del entorno tan difícil en el que les tocó nacer; y me doy cuenta que, a riesgo de caer en el lugar común, el que ha aprendido todos estos años soy yo. Y bueno, tengo muchas ganas de seguir aprendiendo. No se sabe todo lo que un niño puede enseñar. Y lo mejor: todo vale la pena.

Así será nuestra celebración de navidad: El paseo de olla

Esta es la Fundación Bella Flor.

Que cuenten en tu memoria[1]

septiembre 3, 2012

Hay varias formas de hacerse inmortal. Dejar una gran obra ya sea música, literatura, pintura, cine…, descubrir o inventar algo que cambie la vida humana, liberar a un pueblo, morir joven de manera heroica, ser un deportista único e inigualable…

Jimmy García no fue un boxeador típico. Lector voraz de clásicos de la literatura universal, cinéfilo, estudiante de inglés, buen chico, de esos que a todos les cae bien [2]. En el ring se caracterizó por no rendirse nunca. Varias veces enfrentó a rivales que lo superaban en condiciones y técnica, eso no lo amilanó, los enfrentó convencido de poder ganar. Y si le iban a ganar tendrían que esforzarse, Jimmy García no se rendía.

Su último combate fue muy largo. Duró trece días. Lo peleó hasta el final convencido de poder ganar. El 6 de mayo de 1995 se enfrentó al mexicano Gabriel Ruelas. Fue una carnicería. Jimmy no tenía, aún, las armas para derrotar a un campeón mundial. No ganó ningún asalto. La pelea estaba pactada a diez asaltos, los resistió todos, sin rendirse sin dejarse derribar; buscando ese golpe que cambiara la historia. Cuando terminó el décimo asalto caminó hacia su rincón, dijo “me duele la cabeza” [3] y se desplomó. Nunca más se volvió a levantar. Estuvo trece días en cuidados intensivos. Luchando por levantarse una vez más. Como siempre. Como Jimmy García. Murió a los 23 años.

La historia de Jimmy García siempre me ha conmovido. Tengo un respeto y admiración especial por las personas que nunca se rinden, que luchan hasta el final.  Jimmy García perdió esa pelea, pero ganó un lugar en el olimpo de los héroes particulares. Aunque tantos años después su nombre suene cada vez menos, un grupo de personas se ha encargado de inmortalizarlo de la manera más bonita que se me puede ocurrir: con música. Y acá estoy, recorriendo las últimas palabras que me separan del punto final de lo que pretende ser un homenaje a Jimmy García, sé que me quedo corto, que estas palabras no están a la altura de su vida. Que ningún escrito podrá hacer justicia a ninguna vida por sencilla o corta que esta sea. Por eso, prefiero parar acá y cederle la palabra a quienes me inspiran a recordar a Jimmy y a su espíritu inquebrantable. Bajo Tierra logró lo que él buscó en el ring, le hicieron el homenaje más bonito y duradero que haya recibido, lo inmortalizaron en una canción.

Jimmy García. Bajo Tierra:

[1] Fragmento de la canción “Jimmy García” de Bajo Tierra. (Esta canción es otra razón para quererlos tanto)

[2] Leído en: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-290512

[3] Leído en: http://www.elheraldo.co/deportes/hace-17-anos-jimmy-garcia-dejo-todo-en-el-ring-67170

También leí estos artículos:

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-325176

http://www.boxeomundial.net/boxeo.php?category=NOTICIAS&id=4168

http://boxeototal.com/2012/05/19/17%C2%BA-aniversario-de-la-muerte-de-jimmy-garcia/

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-338022

El conejo

agosto 22, 2012

Lo que voy a narrar sucedió durante la segunda mitad del 2002. Tenía una clase que me producía mucho sueño, empezaba un poco después de almuerzo, eso y la voz monótona del profe no ayudaban a mantenerme despierto. Una tarde, en la que luché mucho contra el sueño, salí por la puerta del edificio de ingeniería, el w. Me detuve a comprar un chocorramo. Mientras alistaba las monedas, vi salir a un conejo gigante por la misma puerta por la que yo acababa de pasar. Era más alto que yo, café con la barriga blanca, patas grandes y anchas, además llevaba una maleta de cuero de esas que tienen letras y dibujos de muñecos de Disney. Lo seguí con la vista, caminó por toda la segunda y se perdió camino a la 19. Quedé paralizado, no fui capaz de seguirlo. Vaya usted a saber si de haberlo seguido hubiera caído por el hoyo que cayó Alicia.

Nunca dije nada, no estaba seguro de si era real, o estaba soñando despierto. Entre más lo pensaba más inverosímil me parecía, sin embargo sabía lo que había visto.

Meses después volví a verlo. Todo igual. Salió después de mí por la puerta del w, con su maleta al hombro, caminando hacia la 19. Ahí comprobé que no era una visión y respiré aliviado. A los pocos días estaba hablando con una gente y les dije que así no me creyeran y se burlaran, había visto a un tipo disfrazado de conejo salir por el w. En ese momento dos personas, un hombre y una mujer, saltaron gritando: “¡yo también lo he visto!” Confesaron que nunca habían dicho nada porque les parecía muy loco.

Tiempo después, conté la historia en la casa y mi hermana abrió los ojos como platos, también lo había visto. El mismo tipo disfrazado de conejo, con la maleta, caminando hacia la 19.

Más o menos en el 2005 conocí a una ex alumna de la u, mayor que yo unos dos años; hablando de todo un poco le conté la historia del conejo y se cagó de la risa. También lo había visto.

Aunque aliviado tengo muchas preguntas. ¿Por qué solo sale por las tardes?, ¿Por qué la gente que lo ve siempre está sola?, ¿Por qué la maleta de cuero de muñequitos?, ¿Para dónde va?, ¿Por qué nadie lo ha seguido?, ¿Será un profesor?, y sobre todo, ¿por qué carajos un adulto se viste de conejo y sale así a caminar por el centro de Bogotá?

No tiene nada que ver pero la tengo pegada:

El hongo del sifón

agosto 12, 2012

Mi papá siempre ha dicho que los cuartos más importantes de una casa son la cocina y el baño. La primera casa en la que vivimos la construyó él. Los padres de mi generación saben hacer de todo y además fueron papás jóvenes, antes de los treinta ya tenían hijos y casa; y la plata les alcanzaba para colegio, mercado, servicios y un paseo en diciembre. Héroes.

En esa primera casa mi papá construyó un baño para él. De nadie más. Su refugio, su reino. Era más grande que los demás cuartos de la casa, estaba enchapado en baldosas rectangulares azules. “Baño de rico”, decían mis tíos cuando nos visitaban.  En ese baño no había instalación para agua caliente, otra razón para que nadie más lo utilizara. Recuerdo el sonido del chorro de agua helada cayendo fuerte sobre el piso y a mi papá saliendo de su baño con el pelo mojado y parado, se veía como el pájaro loco. Cuando niño nunca entendí cómo alguien podía bañarse con agua fría. No sabía que veintisiete años después no soportaría el agua caliente y que, al igual que mi papá, me bañaría a diario con agua fría.  Hay días en los que me pregunto si algo anda mal en nuestras cabezas, no es fácil el agua fría en las madrugadas bogotanas.

Una mañana, cuando tenía cinco años, mi papá me dijo: “¿quiere ver un hongo?” y me llevó al patio. Levantó la tapa del sifón y señaló una de las paredes del desagüe de donde se aferraba  una cosa blanca que tenía un sombrero en la punta. “Eso es un hongo”, dijo, “echémosle agua para que crezca”.  Desde ese día todas las mañanas nos levantábamos a echarle agua al hongo. Cada día lo veía un poco más grande. Me preguntaba si debía ponerle un nombre. Tal vez Pipo, como al perro que tuvimos. O ninguno, no sabía si la gente le ponía nombre a los hongos.

Una mañana nos levantamos y al quitar la tapa del sifón el hongo ya no estaba. No dije nada pero me puse triste. Lloré. Lloré porque el hongo se había ido, porque no le puse nombre, porque a Pipo se lo robaron y no lo quisieron devolver. Pero sobre todo porque las mañanas ya no serían lo mismo, ya no tenía un plan con mi papá.

Mientras suena: