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No recordaba tener una alfombra

enero 24, 2013

Como todos los días, Antonio se levantó a las cinco y treinta de la mañana. Su rutina empezaba con tres series de veinticinco abdominales, seguidas por tres series de treinta flexiones de brazos. Tuvo que esforzarse para ignorar el pelo negro y largo que reposaba sobre una de las baldosas blancas y brillantes del piso de su loft. En cuando terminó se apuró a la cocina, tomó la escoba y el recogedor, mientras limpiaba recordó a Daniela.

Dani. Daniela. Sin duda ese pelo era de ella. Desde que la vio se propuso conquistarla y llevarla a su cama. No fue fácil. “Es de las que toca enamorar”, se dijo a la segunda salida. Lo que más le costó fue abrazarla durante la noche y soportar las ganas de echarla de su apartamento. Inspeccionó el piso, inmaculado. Debía inventar una excusa creíble. En teoría irían a cine el próximo fin de semana.

Estuvo a punto de devolverse, miró el reloj y se dio cuenta que tenía el tiempo justo, en la noche barrería de nuevo, barrería a conciencia. No entendía cómo se le habían escapado otros tres pelos largos y negros. Imposible no haberlos visto, estaban a tres baldosas del pelo que casi interrumpe su rutina de ejercicios.

Consideró la posibilidad de almorzar algo ligero y pasar por su apartamento y limpiarlo. No se sentía en paz. Como cuando intentaba dormir y un cajón de la cocina había quedado abierto. Una llamada de Daniela lo obligó a cambiar de planes. No, este fin de semana no podía, no se acordaba que se iba a encontrar con unos amigos que no veía hace años. De pronto el siguiente. “Que tengas buen día, amor” se despidió Daniela. Antonio no disimuló la carcajada al escuchar su despedida.

“Debo pedir cita al oftalmólogo” pensó al entrar a su apartamento. No veía bien, era eso. No eran tres pelos largos y negros los que había dejado de barrer. Eran por lo menos diez o doce. Incluso podrían ser quince. Barrió, pasó el trapero y aspiró. No le importaron las quejas de los vecinos, su apartamento debía estar impecable.

Antonio amaba la sensación de poner los pies descalzos sobre el piso frío, miró extrañado hacia abajo. No recordaba tener una alfombra, las alfombras se llenan de polvo, no las soportaba. Encendió la lámpara y sintió su corazón acelerarse al ver el piso lleno de pelos largos y negros. Subió de nuevo a su cama y comprobó horrorizado que su colcha de plumas estaba cubierta de pelos largos y negros, quiso llevarse las manos a la cabeza y no pudo, una maraña de pelos largos y negros enredaba con lentitud sus brazos, tampoco pudo gritar, en cuanto abrió la boca una serpenteante masa de pelos largos y negros se introdujo hasta su garganta, hacia sus pulmones.

Mientras suena: 

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El paseo de olla

enero 18, 2013

Regalar cosas no sirve para nada. Sin darse cuenta, el regalar pronto se convierte en deber, y quien recibe estará más que dispuesto a exigir su derecho a obtener cosas sin esfuerzo.

En Bella Flor tenemos muy claros los peligros del asistencialismo. Evitamos regalar cosas, buscamos que sea a través del esfuerzo y del reconocimiento a ese esfuerzo que los niños y las familias obtengan cosas. Sin embargo, detectamos que durante la navidad los niños y sus familias esperan que les demos regalos, comida, fiesta. Y ellos ahí, sentados, incluso en años anteriores no agradecieron lo que recibían o simplemente se portaban muy mal.

Con esa experiencia en mente, nos dimos a la tarea de buscar una actividad feliz que les permitiera ayudar, sentirse parte del esfuerzo que implica una celebración navideña para más de quinientas personas. Fue así como decidimos hacer un paseo de olla al estilo de las familias colombianas. En un paseo de olla alguien lleva la carne, otro las papas, otro el arroz, otro la bebida, igual con el postre y todo lo que se desee comer. Todos aportan, reparten, comparten; y al final del día, casi sin darse cuenta, se pasa muy bien.  Claro, es importante agregar que en todo paseo de olla se juega. Fútbol, perseguidos, a la lleva…hay muchas posibilidades.

Fue muy conmovedor y bonito ver a las familias llevar sus ollas llenas de papas saladas, yucas fritas, plátanos cocinados, postres, ensaladas…nos encontramos con una hermosa, y deliciosa variedad. La fundación se encargó de suministrar el pollo, las papas y la bebida. El resto fue labor de las familias.

Durante toda la mañana nos dedicamos a jugar: padres, hijos, voluntarios, abuelas, invitados, todos. Hubo muchas risas, gente caída en el suelo agarrándose el estómago porque no podían parar de reír. Así es como me gusta ver reír a la gente. Llegada la hora del almuerzo, nos sentamos todos juntos a compartir. Padres, madres, niños, voluntarios; todos ayudamos a armar y a repartir los almuerzos. Fuimos una verdadera familia.

Al final, la gente nos agradecía, nos dijeron que era una de las mejores celebraciones de navidad que habían tenido. Estaban felices. Y nosotros los voluntarios también. Logramos nuestro objetivo.

Más información de Bella Flor aquí: Fundación Bella Flor