Archive for 25 marzo 2012

Torta de chocolate

marzo 25, 2012

“Deme uno de esos osos disfrazados de conejo, por favor”. La chica sube a la butaca, baja el oso y se lo entrega. Lo examina, sonríe satisfecho. “Es para mi hija, mañana cumple cuatro años”. La chica sonríe enternecida mientras trata de recordar si su padre le regaló alguna vez un oso; le pregunta si se lo envuelve para regalo, el hombre asiente, paga y sale silbando. Cambia de acera, entra a un almacén de ropa interior femenina. Sonríe a las empleadas que lo miran curiosas. “Ayúdeme a escoger un conjunto para mi esposa, por favor”, le pide a una atractiva pelirroja de pecas minúsculas en la nariz. “La próxima semana estamos de aniversario y quiero sorprenderla”, la mujer entrecierra los ojos en un gesto pícaro mientras piensa en su novio, ojalá la sorprendiera, ojalá volviera a ser el hombre de los primeros años. Le pide al hombre que describa a su esposa para mostrarle las mejores opciones de acuerdo a su color de piel y tipo de cuerpo. Le muestra cinco opciones, el hombre se concentra y cierra los ojos tratando de imaginar a su esposa finalmente suspira indeciso y se lleva tres conjuntos distintos, uno azul, uno negro, y otro rojo. El rojo es minúsculo, obsceno, el que quisiera recibir de regalo la pelirroja. Sale del almacén satisfecho de lo que ha comprado. Camina tres cuadras buscando un restaurante sobre el que leyó una muy buena reseña, lo encuentra, entra e inmediatamente pide el menú. Pide un risotto ai calamari. Cierra los ojos y trata de evitar un gemido de satisfacción con cada bocado. Es casi imposible. Al finalizar pide que le den una torta de chocolate para llevar, “para compartir con la familia, usted sabe cómo son”, le dice al mesero en tono de camaradería.

Camina silbando y balanceando las bolsas con las compras. Se detiene frente al edificio donde vive, sube los escalones de dos en dos hasta el tercer piso. Sin hacer ruido introduce la llave en la cerradura y abre la puerta. Enciende la luz. Con un golpe de vista recorre todo su minúsculo apartamento tipo loft. La cama revuelta, las sábanas amarillentas piden a gritos ser lavadas, la estufa de dos puestos chorrea manchas de comida en los bordes, un pan duro y latas de gaseosa lo esperan en la mesa. Siente un golpe en su pecho, cada vez que entra a su apartamento siente lo mismo. Se sienta tratando de calmar su respiración acelerada. Saca la torta de chocolate, toma un cuchillo sucio de la mesa y corta un pedazo. Mira maravillado las venas azules que recorren sus muñecas. Come y llora a la vez. Indeciso. Termina el trozo de torta que ha cortado, se limpia la boca con la manga. Seguirá viviendo en su mundo de fantasías. Al menos mientras dure la torta.

Mientras suena:

Su vida es buena

marzo 12, 2012

Abre los ojos, recuerda que es domingo y suelta una larga carcajada. -No hagas bulla -, oye al otro lado de la cama. Mira con rabia el bulto desde el que sale la voz somnolienta que le reclama. Se rasca el culo, fuerte, con ganas, durante un buen rato. Con sigilo se acerca a la mujer que duerme a su lado y pone la mano con la que se acaba de rascar bajo su nariz. -¡Puerco de mierda! -grita la mujer mientras lo golpea en el hombro.

Sale del cuarto riendo a carcajadas. “No me dejo de nadie”, piensa lleno de orgullo mientras se apura. Si baja lo suficientemente rápido podrá robarle el periódico a la vecina. “Quien la manda dar papaya”, se dice mientras baja de dos en dos los escalones. Nadie a la vista. No ha bajado. Toma el periódico, sacude el polvo que ha recogido, lo dobla y lo pone bajo el brazo. Sube silbando alegremente, su vida es buena. Pocos son tan vivos como él. Piensa en los pobres diablos que hacen filas, los que devuelven el cambio cuando les dan de más; él si sabe aprovechar cada oportunidad.

Un delicioso olor impregna su nariz en cuando ingresa al apartamento. “Tocino”, piensa y siente cómo su estómago reclama un buen desayuno de domingo. Su vida es buena. Se sienta al lado de la ventana a leer el periódico y a esperar a que le sirvan el desayuno. Así deberían ser todos los días.

“Tocino” piensa ella. Camina hacia la alacena, se tropieza contra la maleta que tiene lista. Con esmero mezcla el vidrio molido que ha preparado desde hace dos semanas con el desayuno que está casi listo. “Un poquito en el tocino, un poquito en el sandwich, un poquito  los huevos revueltos”. Sabe que él come a grandes bocados, que no habla mientras come, que come en cinco minutos. Cinco minutos nada más. Su vida es buena.

Mientras suena: