Archive for 28 agosto 2014

Tomás y la memoria del anciano

agosto 28, 2014

El sol de las tres de la tarde se cuela entre las ramas del árbol del patio y caen directo sobre el lomo de Tomás. Bosteza y gira para quedar de cara al sol. El sonido de la silla de ruedas rozando contra la hierba lo obliga a abrir un ojo. La gigante venida del campo empuja desde la oscuridad de la casa la silla del anciano que mira maravillado las flores del jardín. Tomás bosteza y estira todo su cuerpo, se sienta sobre sus patas traseras y acicala sus orejas, le gusta estar presentable cuando habla con el anciano.

Hoy está en uno de sus buenos días, lo nota por la mirada de asombro. Esta ha sido la semana de las primeras veces. Observa cada rincón del patio como si lo viera por primera vez, no recuerda que fue él quién plantó las flores y el mango. Tres días antes interrogó con educación a la señora que fue a visitarlo, no recordó que era su hija mayor. En este momento se quita el sombrero que lo protege del sol, lo examina confundido, aprieta la boca y trata de meter su brazo en el sombrero. La mujer gigante se lo quita con suavidad y vuelve a ponérselo sobre la cabeza.

Por fin lo ve. Sonríe y levanta un brazo tembloroso. La mujer gigante entiende y ubica la silla debajo del árbol de mango junto a Tomás que los mira con indiferencia. Dentro de la casa suena el teléfono que está pegado a la pared junto a la nevera. Con dificultad la mujer gigante corre hacia el sonido haciendo temblar el suelo. En cuanto la oscuridad de la casa se traga a la gigante, Tomás salta sobre las piernas heladas e inservibles del anciano. El viejo sonríe y lo reconoce, Tommy, Tommyboy, gato vagabundo, dice en un susurro lleno de saliva. Tomás apoya las patas delanteras en el pecho del anciano y pega su nariz a la del anciano.

Tomás escucha y asiente. Se restriega contra el anciano y permite que le ponga su temblorosa y pesada mano derecha sobre su lomo. Ese es el contacto necesario. Tomás ronronea con suavidad al principio, aumenta la frecuencia, el anciano cierra los ojos y siente la vibración bajo su mano. Desde la punta de sus dedos siente cómo ascienden las imágenes que llenarán su memoria durante veinte minutos, el tiempo máximo que su cerebro cansado logra retener. Tomás le muestra cómo trabajó en el jardín, cómo jugaba con sus hijos, cómo acariciaba las piernas de su esposa por debajo de la mesa en las cenas familiares. Tomás cambia el tipo de ronroneo y le muestra fragmentos de su propia vida, una rata gorda que huye, una gata bella y ruidosa, un salta de dos metros perfecto. El anciano ríe, su corazón se acelera y por unos segundos siente su cuerpo lleno de vida una vez más. Tomás disminuye el ronroneo, el anciano abre los ojos reconoce su casa, recuerda su vida, llora en parte de felicidad de poder recordar, en parte de rabia. Los ojos del anciano se nublan y se fijan en el vacío, se ha ido de nuevo. Tomás restriega su nariz contra la del anciano, esta vez duró menos la memoria. Tomás suspira y se prepara para la despedida, pronto llegará la hora. Por ahora debe ocuparse de una familia de ratones que acaba de instalarse en el desván.

 

 

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Postales de la casa de la abuela

agosto 22, 2014

I.

Rocky llegó a la casa de la abuela por un enredo de celos que terminó en divorcio. La primera vez que la vi aun era macho, por eso se llamaba Rocky, cabía sobre una de mis manos a pesar de mis doce años. Rocky empezó a temblar y se orinó sobre mi chaqueta. La acaricié y le hablé con suavidad hasta que dejó de temblar. Rocky salía al patio a jugar con todos los primos, movía su cola y perseguía una pelota con la torpeza de los cachorros. Al poco tiempo mi abuela descubrió que Rocky era hembra y la regaló. Cuentan que su nueva dueña la llamó Pinina.

II.

Menudencias era un pollo de piñata. Nadie daba un peso por él. Se suponía que no iba a sobrevivir. Mis tíos, que eran muy jóvenes en esa época, tanto como para ir a piñatas, le armaron una casa en el patio. Yo bajaba a jugar con el pollo, aún no tenía hermanos ni primos. De algún modo Menudencias sobrevivió y se convirtió en un gallo de cresta roja y ojos alertas. Un día lo cocinaron y yo no quise comer.

III.

Mi abuelo tenía un Renault 4 blanco con una franja roja. El único R4 bicolor que ha existido en Bogotá. Cuando yo lo conocí ya era lento, los puentes los subía con esfuerzo, parecía que no iba a poder pero siempre podía. En el R4 paseábamos mi abuelo, mi abuela, dos de mis tíos, mi hermana y yo. Cuando pasábamos bajo algún puente mis tíos nos decían a mi hermana y a mí que nos agacháramos, de no hacerlo no cabríamos. Siempre lo hicimos.