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Mejor el cine que la realidad

febrero 13, 2015

La pantalla muestra unas figuras en blanco y negro que mueven los labios sin emitir ningún sonido. No importa, se sabe de memoria los diálogos de esa y de las otras seis películas que quedaron. Primero falló el color. A los catorce minutos de iniciada la película la pantalla se tornó naranja, empalideció a tonos grises, volvió al color durante unos segundos para quedarse en blanco y negro en definitiva. Recuerda que detuvo la película, movió algunos cables, los desconectó para volver a conectarlos. Nada. A los pocos minutos se acostumbró y hasta le tomó gusto, se sentía viendo los clásicos que nunca vio; nadie de su generación los vio, mes a mes se lanzaban espectaculares superproducciones casi despojadas de diálogos y hasta de lógica, nadie tenía tiempo de ver cosas viejas.

Su primer impulso fue correr a casa de sus viejos, tuvo que abandonar el plan cuando aun le faltaba un tercio de ciudad por recorrer y la probabilidad se ser asesinado se convertía en riesgo inminente. ¿La tienda o el decrépito cine club? La tienda estaba llena y ya se escuchaban los gritos. El viejo cine club, entonces. Maíz de microondas, gaseosas, agua, dos cajas de helado, una bolsa de pan mohoso, tres chocolates, una bolsa de mentas. Suficiente si lo racionaba con esmero. Apiló sillas, mesas, el computador, los tableros con publicidad y los retablos. Selló la puerta y las ventanas. Refugio, comida, ¿y la mente que se iba por caminos insospechados y lo amenazaba? ¿Cómo distraerla? Conectó cables, encendió interruptores, probó distintas combinaciones hasta que funcionó. Cine. Esa era la respuesta. Ya no necesitaba nada más.

Ahora las figuras no solo no emiten sonido alguno sino que se resisten a moverse. Sabe lo que deben hacer. La chica debe caminar por el callejón empedrado y el chico debe hacerla reír y besarla contra una pared. Sin embargo están ahí parados sin hacer nada. Ensaya la vieja solución, mueve cables, presiona interruptores. Nada. Más de eso no puede hacer. No sabe hacer. Cierra los ojos. Afuera los muertos siguen alimentándose de los vivos. Se pregunta si queda algún vivo. ¿Vale la pena averiguarlo? Camina hacia una ventana, con precaución descubre una pequeña rendija. Un muerto camina hacia ninguna parte arrastrando los pies. En silencio vuelve a su posición anterior, cierra los ojos, puede ver a la pareja, caminan por el callejón empedrado, él dice algo, ella ríe…no necesita la realidad, tiene todo lo que le hace falta.

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