Archive for 30 noviembre 2011

Análoga y a mano

noviembre 30, 2011

La luz de las cinco de la tarde es su preferida. Por una lado, le permite escabullirse de las miradas indiscretas; por otro le da a las objetos un aire de nostalgia, como de algo que se acaba, algo que no va a volver, que lo conmueve.

Empezó como una travesura, la primera. Su excelente historial, sus buenas notas, las felicitaciones que recibía de sus profesores, el orgullo de su familia por sus “logros”…nada, una gran nada. Le dio la vuelta a lo que los demás consideraban su identidad cuando sucedió lo de su tío. El que le regaló la cámara con la que ahora retrata objetos a las cinco de la tarde. Ese al que nadie en la familia le hablaba. Al que abandonaron. Nadie más fue a su entierro. Solo él. “Tome pelao” le dijo y le dio un estuche con su amada cámara adentro. “En el cajón de arriba está el manual”, terminó y señaló con la cabeza la cómoda que estaba frente a su cama. Entendió que esa era la despedida.

Tres cuadras más abajo el reloj de la iglesia da las cinco. Salta la tapia y entra a la casa. Lleva abandonada siete meses. Todo el primer piso está debidamente documentado. Fotos y anotaciones en un cuaderno rayado que se cierra con una banda elástica. Le gusta escribir a mano. Le gusta la fotografía análoga.

Hoy se dedicará al cuarto principal, el más grande del segundo piso. La luz es perfecta para retratar la butaca de madera carcomida, el brazo de muñeca de plástico y la porcelana rota del perro frente al niño. Sube despacio las escaleras. Observa las huellas de sus zapatos en el polvo acumulado. Su corazón late acelerado, sabe que se calmará cuando se concentre en buscar los mejores ángulos.

Escucha el ruido de la patrulla al llegar. No le importa, ya le ha pasado. Se toma el tiempo para hacer la mayor cantidad de trabajo posible. El policía que lo busca ya lo conoce. Han tomado Coca Cola con chocorramo. El agente lo mira desde la puerta del cuarto meneando la cabeza. Lo deja tomar la mayor cantidad de fotos hasta que la luz natural desaparece. Bajan juntos en silencio. Sabe que dentro de la patrulla el policía tratará de hacerlo “entrar en razón”, que vuelva a estudiar, que haga algo “de provecho”. Él solo mirará por la ventana. Se bajarán en la panadería, comeran lo de siempre y luego lo dejará cerca a su casa. Un día igual al anterior e igual al siguiente. Nada, una gran nada.

Mientras suena:

Calentado y café con leche

noviembre 21, 2011

Hace tanto sol en el patio que al entrar al cuarto de piso de madera todo lo ve azul. En una butaca de madera rústica hay una bandeja. Sobre la bandeja hay un plato con calentado hecho de pega, pasta del día anterior, papas picadas, carne cortada en trocitos. Café con leche y un pan. El olor de la comida entra a raudales por su nariz, le gusta oler lo que va a comer. Se le hace agua la boca. Come a grandes bocados, masticando muy rápido, tiene afán por volver al patio. La batalla de soldados de plástico está en un punto clave, aun no se sabe si gane el ejército negro o el ejército verde. La batalla debe terminar pronto. El campo de guerra dentro de poco será ocupado por cajas que el abuelo va a bajar del desván. La abuela sacará los muñecos del pesebre y los pondrá a lavar en un balde con agua y jabón. Ya sabe como funciona el ritual. Después llegarán los tíos, los que aun no se han casado, y armarán el árbol y el pesebre. Su labor consiste en ayudar a secar los muñecos, separar los rebaños, alistar un soldado y cuando nadie esté mirando ponerlo junto a la figura de José, alistar cinta pegante para los adornos de las ventanas, desdoblar clips para los adornos del árbol y tachar en el calendario los días que faltan para que sea veinticuatro.

Termina el último sorbo de café, corre al patio, hoy debe ganar el ejército verde, lo ha decidido mientras come. Esquiva al abuelo que ya apila las cajas en el patio. No tiene ni idea que esa mañana tan igual a las otras, sin nada extraordinario se le va a quedar grabada en la memoria y será uno de sus recuerdos más felices de infancia.

Mientras suena:

El suave tacto de su piel

noviembre 14, 2011

Baja la ventana, el sol cae directo sobre el parabrisas del carro y se empieza a sentir el calor. Sube el volumen de la música. Mueve la cabeza al ritmo de la canción y tamborilea sobre el timón. La carretera está casi vacía, puede acelerar escuchando con placer el rugido del motor. Si tuviera que dar una definición de felicidad, sin duda alguna, describiría ese instante. Le gustaría que ella fuera a su lado. Se consuela al pensar que al llegar a su destino la verá.

Baja la velocidad fascinado por los árboles que en esa época del año cambian de verde a un inversímil color morado. Se detiene en un puesto de jugos y frutas frescas. Pide el jugo favorito de ella, lulo sin azúcar, camina hasta un improvisado mirador y se pierde en las ensoñaciones, recuerda el suave tacto de su piel, el olor de su pelo. Un fuerte zumbido lo distrae, gira la cabeza y ve un enjambre de moscas que se da un festín con una caja de frutas podridas. No soporta la visión de las moscas, nunca antes le había sucedido. Sin terminar el jugo corre hasta su carro y arranca. Su corazón acelerado solo se calma cuando deja de ver por el retrovisor el aviso que anuncia el puesto de jugos y frutas frescas.

Sin detenerse consulta el mapa que imprimió en la mañana antes de iniciar el viaje. Faltan dos kilómetros para la entrada. Disminuye la velocidad y busca emocionado el ingreso a la cabaña. Ya casi la ve, falta poco. Sube la suave pendiente y se estaciona frente a la puerta delantera. Gira la llave, el motor se detiene. Por fin. La va a ver. Baja del carro y camina hacia el maletero. Pone la llave en la cerradura, la gira, recuerda las moscas comiendo fruta podrida y por un instante piensa que se va a desmayar. Se domina y continúa. Saca su morral y se lo pone en la espalda. Ahí está. Finalmente. Toma el cadáver de su novia, aun en buen estado, y lo pone sobre su hombro derecho, pasa con ternura su mano por el muslo izquierdo de ella. Qué suave es. Todavía es muy suave.

Mientras suena: