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No vayas a acabar esto así que me matan

mayo 24, 2013

“El partido más largo de la historia del fútbol lo pité yo. Duró cinco horas y treinta y un minutos. Cuando pité y señalé el centro de la cancha los locales se abrazaron y empezaron a saltar por toda la cancha, dos de ellos aprovecharon los gritos y la oscuridad y trataron de escaparse. Los enfermeros no los dejaron.”

Así empezó el abuelo esa mañana de domingo. Íbamos caminando hacia la cancha del barrio, teníamos un equipo con mis primos, el abuelo era nuestro único y más furioso hincha. Antes iba la abuela también, pero le prohibieron la entrada a los partidos porque una vez persiguió a un árbitro por toda la cancha por pitar un penalti en contra nuestra. En defensa de mi abuela debo decir que no fue falta.

“En esa época, Tomás, el hermano menor de tu abuela, entró a trabajar como enfermero al manicomio. Convenció a los doctores de que la mejor forma de ayudar a los enfermos a reintegrarse a la sociedad, de trabajar en equipo, de recuperar la confianza en sí mismos era a través del deporte. Y qué mejor deporte que el fútbol. La verdad es que Tomás también estaba loco pero por el fútbol.”

Paramos en la panadería, el abuelo compró agua para todo el equipo y se sentó a tomarse un café. Desde hace un tiempo le molestaba una rodilla. Era muy orgulloso como para reconocerlo, así que buscaba excusas para detenerse y descansar.

“Tomás se encargó de entrenar al equipo del manicomio. Seleccionar once muchachos entre los setenta y ocho recluidos fue más difícil de lo que pensó. Muchos de ellos estaban tan medicados que a duras penas podían caminar arrastrando las piernas. Después de un mes de entrenamientos a doble jornada anunció que estaban listos para jugar. El equipo escogido para el primer amistoso fue el de tu papá y tus tíos.”

Por aquellos días el abuelo recordaba a cada rato el pasado. Me hubiera gustado darme cuenta de lo que eso significaba pero era muy niño.

“El manicomio quedaba a dos horas de la ciudad, en esos años los manicomios y las cárceles quedaban afuera, lejos de todo. La ciudad aun era chica, era un pueblo grande en realidad. Quedaban diez minutos para el final y el partido iba 2-1 perdiendo los locos.  En esas se me acerca Tomás y me dice “Hernandito no vayas a acabar esto así que estos me matan.” Lo miré y vi su cara de angustia, así que los dejé seguir jugando. Los locos no embocaban una. Los chicos los dejaban avanzar, llegar hasta la cara del arquero y los locos pateaban a cualquier lado. Por fin, cuando ya estaba oscureciendo, el seis de ellos agarró el balón en la mitad de la cancha, acomodó el cuerpo y pateó. Pateó bien, el arquero se lanzó y te juro que de verdad quiso atajar el tiro. El balón entró limpio por la esquina del arco, nadie hubiera llegado. Los locos corrieron al centro de la cancha y abrazaron al seis que ya se había quitado la camiseta y saltaba celebrando. Pité el final del partido y se desató la locura.”

El abuelo soltó una carcajada, terminó el café, se sobó la rodilla, se levantó y continuamos caminando hacia la cancha.

Mientras suena:

Lee esta pedazo, mira arranca acá

mayo 5, 2013

“…nunca iba a dejar de buscarla entre la gente que pasaba por su vida.”  Era lunes cuando cayó del cielo de Juan Diego Mejía. Página 193, Editorial Alfaguara.

Muchas veces me pasa, cuando estoy leyendo, que llego a una frase o fragmento que me gusta tanto que me dan ganas de voltearme y decirle a alguien “lea este pedazo y dígame si no es una belleza”. Pero volteo y a mi lado no hay nadie.

Hace un tiempo leí “La nostalgia del melómano” de Juan Carlos Garay. Dice ahí Garay que la nostalgia del melómano es esa tristeza tan de domingo por la tarde que se siente porque sin importar el esfuerzo que se haga nadie más va a entender lo que produce una canción en particular en uno. El melómano está solo en su amor por la música. O de pronto no es eso pero así es como yo lo recuerdo y así es como me gusta. Esa misma nostalgia la siente el lector. La siento yo.

En el disfrute de la belleza estamos solos. Bueno, estamos solos. Nada que hacer. A veces nos encontramos con alguien con quien nos entendemos en cosas tan pequeñas y tan importantes como una frase, una escena, par acordes y es maravilloso, pero cuando eso pasa apenas dura un rato. Pensé en hablar acá de Juan Pablo Castell, el pintor de El Túnel de Sabato, hablar de su teoría de los túneles individuales en los que a veces hay ventanas por las que podemos ver a los otros por un tiempo. Pero me parece una teoría pesimista y yo no soy pesimista, si acaso soy un nostálgico.

 

Sarmiento nunca ha estado ahí

mayo 2, 2013

-De rodillas. Lo vi.

Sarmiento mira pasar el hueco negro del cañón de la pistola que el hombre flaco levanta hasta ponerla en su frente, gira los ojos y mira la cara del hombre. El flaco mira a través de él, como si estuviera frente a alguien invisible, sabe que está apuntándole a alguien pero no mira a Sarmiento. Sarmiento nunca ha estado ahí.

-Rozo, me voy a quedar hasta tarde, me avisa cuando vaya a cerrar.

Esa fue la única frase que cruzó con alguien en todo el día. Desde que se levantó, se duchó, preparó el café, salió de la casa donde rentaba una pieza, llegó a su oficina, se sentó frente al computador hasta cuando le pidió al celador que le avisara antes de cerrar, no dijo una sola palabra.

Rozo gruñó y Sarmiento no supo si le decía que sí, que claro, cómo no o si le decía cállese que no me deja escuchar el partido. No quiso asegurarse, Sarmiento no era dado a hacer preguntas. Una vez a los cuatro años preguntó tantas veces por qué que su papá le reventó la nariz.

Sarmiento empieza a doblar las rodillas y a dejarse caer, no puede pasar de un ángulo de veinte grados, queda ahí a mitad de camino, suspendido en el aire, casi congelado, como una escena a la que le pusieron pausa mientras se responde una llamada.

Rozo no le avisó. Sarmiento apagó la luz de su cubículo, caminó hasta la puerta doble fabricada en vidrio y la encontró cerrada con candado desde afuera. Recordó la vez que el jefe gastó empanadas para todos los que se habían quedado hasta tarde y olvidó contarlo. Ninguno de sus cinco compañeros de trasnocho se dio cuenta que para él no hubo empanada. O la vez que el jefe felicitó a Ramos por un trabajo que Sarmiento había hecho. Ramos no se molestó en corregir al jefe.

El flaco apoya una mano huesuda en el hombro de Sarmiento y lo empuja hacia abajo. Las piernas de Sarmiento vuelven a funcionar y se doblan hasta un ángulo de treinta grados. Detrás del flaco las luces del metro se reflejan en los mosaicos que decoran la entrada a la estación. El arquitecto los puso para alegrar la vista bajo la tierra, pero treinta y tres años de humo, de sudor, de mantenimiento mediocre los han dejado opacos y cubiertos por una lama que solo brilla de cuando en cuando.

Sarmiento contempló la idea de romper las puertas de  vidrio con la caneca metálica de la recepción. Continuó fantaseando con la idea de salir a la fuerza, como un hombre de acción incluso mientras se raspaba las costillas al pasar a la fuerza por una pequeña ventana que estaba en el costado izquierdo de la recepción y que daba a un callejón que hedía a orines.

Sarmiento empuja al flaco bajo el metro que aunque disminuye la velocidad aun va tan rápido como para aplastar a un hombre bajo sus ruedas. Los servicios de emergencia de la estación reaccionan con diligencia a pesar de la hora. Acordonan el lugar, interrogan testigos que dan versiones contradictorias acerca de quien empujó al flaco, cubren el cuerpo con una sábana blanca, avisan a las autoridades competentes. Sarmiento se abre paso hasta la calle por en medio de los pocos curiosos que a esa hora aun esperan el metro para volver a su casa. Camina hasta su pieza, cuando llega ya ha amanecido, prepara café, se sienta. Espera, no hace más.

Mientras suena: