Desde el palo y la jaula

abril 5, 2017

Del cuarto sin puertas sale el sonido de la tumbadora y el cencerro, muy a su pesar y sin saber por qué se despereza y se mueve al ritmo de la música. Es muy temprano todavía. No entiende a los humanos con sus afanes y preocupaciones, si la vida es tan sencilla, un palo bien agarrado a la pared, mango fresco, agua y cielos azules que ya no visita pero que día a día examina satisfecha, no necesita nada más. Sabe que es afortunada, ha dado con una buena familia. Es hora de empezar su día también, hunde el pico en el ala y se asea a conciencia. Un movimiento en la jaula la distrae del ritual de limpieza de las alas. Suelta un grito que sobresalta a la mujer del cuarto sin puertas y termina por despertar al inquilino de la jaula.

Ciento tres centímetros más abajo, Al Capone arruga la nariz y cierra los ojos con placer mientras el viento tibio se pasea entre sus bigotes. Al igual que su compañera de casa no entiende a los humanos. Sin embargo su perplejidad no alcanza las alturas filosóficas de su amiga, se encoge de hombros al no comprender por qué su humana decidió bautizarla en honor a un famoso gángster o hámster, no recuerda bien cuál es la palabra, tal vez son sinónimos. Sí, deben serlo, es lo único que tendría sentido. El ritmo de la música se intensifica y siente la incontrolable necesidad de mover sus caderas, la proximidad del nacimiento de sus crías la detiene, no es prudente hacer movimientos bruscos en este momento.

Las dos amigas levantan la cabeza, una olfatea desde los garrotes de su casa y la otra inclina la cabeza en las alturas de su palo, necesitan entender. El aire está más ligero, esa sustancia salada, pesada y gris ha desaparecido. Ya no recuerdan cuando fue la última vez que el aire llenó la casa con esa ligereza tan parecida a la felicidad de comer una mandarina jugosa. El sonido de los cuchillos y platos les avisa que el desayuno se aproxima, las dos amigas se miran desde sus casas y se guiñan un ojo. Ha terminado. Una bate las alas, otra con dificultad a causa de su estado da tres vueltas en su rueda. Al salir de la cocina la mujer de los ojos del color del mar, su humana, sonríe por primera vez en meses. El sol ha vuelto a salir.

 

 

 

Última noche en Pompeya

marzo 31, 2017

¿Dónde guardaste el sol anoche que no lo encuentro? Ya miré por la ventana, sobre las nubes, detrás de las montañas, en la quebrada, bajo la cama y en los charcos de la calle, ¿está en el mar, como esa tarde en la que lo vimos esconderse desde la playa de piedras negras?

Otra vez has caminado en sueños, es por eso que no lo encuentras. Vuelve a la cama y cubre tu cabeza con las sábanas, las almohadas y todas las palabras que conoces, cuando acabes lo encontrarás donde lo dejamos anoche.

Bajé por el olivo y le pregunté al pájaro de ojos amarillos si lo había visto, le pedí que fuera al cielo y lo buscara, me miró con uno de sus ojos encendidos y escondió la cabeza bajo un ala. Tampoco quiso prestarme sus alas, ni sus ojos de fuego que atraviesan paredes, tal vez el sol está con mamá, tal vez la calienta en su cama en la piedra.

Cierra los ojos y cuenta desde tres hasta jirafa, así como haces cuando tus amigos, reales o no, se esconden en la casa hasta que la luna nos ilumina en el patio y hallamos al último de ellos subido en la última rama del cerezo florecido.

Olvídalo, ya recordé. Anoche vi cómo se escondía en el volcán quien furioso escupe sin parar nubes grises. Abrázame fuerte que no volveremos a caminar en sueños, abrázame fuerte que ya casi sale el sol, abrázame fuerte que no volveremos a verlo.

 

Las nubes interiores

marzo 21, 2017

Una vez más la ventana se ha transformado en un espejo. El cielo gris y la cortina de agua no permiten ver hacia afuera. Será otro de esos días en los que solo es posible mirar hacia el interior. Desde el vidrio un hombre lo observa, el pelo revuelto de tantos giros en la almohada, las cejas se juntan en su frente en un gesto que se ha vuelto permanente, los ojos oscuros, opacos cuando está en soledad.

Afuera llueve hace tres días, adentro empieza a llover solo hace media hora. Las nubes interiores se empezaron a formar en el momento en el que dejó salir los pensamientos y las sensaciones. Llevaba dos semanas viviendo fuera de su cuerpo, observando su vida desde un punto exterior. Regresó en la noche anterior, una película italiana lo hizo volver, necesitaba estar en su cuerpo una vez más para pensar con calma.

La melancolía dejó de ser ajena y prestada, se hizo propia, real, palpable en forma de cama revuelta tras una noche en blanco, de barba descuidada, libros empezados y abandonados, caminatas interminables a ningún lado y blues a bajo volumen.

El hombre de la ventana no le quita los ojos de encima, hace mucho no veía a su gemelo rodeado de nubes interiores, quisiera palmearle la espalda y decirle que todo estará bien, lo único que puede hacer es indicarle con los ojos la taza de café que humea en sus manos, toma un sorbo y las nubes empiezan a reducirse. Pronto saldrá el sol.

 

 

El león en el desierto

febrero 22, 2017

El león bosteza, se estira, un suave crujido en la zona lumbar le recuerda los veranos que ha visto pasar. Olisquea el viento, huele a lluvia del norte. Hace tanto que no se aventura por la frontera norte, la última vez que lo hizo el desierto empezaba a adentrarse en sus dominios.

Avanza al trote, hace tiempo dejó de correr a todo lo que dan sus músculos. Es un paso cómodo que le permite cubrir varios kilómetros sin notarlos siquiera. Sigue en forma a pesar de los kilos de carne que ha consumido y los muchos hijos que ha concebido. Se detiene detrás de un arbusto. Además del olor de la lluvia del norte hay otro aroma.

Avanza con precaución. Se acuesta a la sombra de un árbol que resiste los avances del desierto. Justo después de la frontera, donde la arena amarilla es dueña y señora dos figuras caminan una al lado de la otra. Está acostumbrado a acechar, así que se acomoda y deja que el viento traiga sus palabras.

El hombre delgado y de barba gesticula con elocuencia y seguridad, el otro, cuyo aroma no logra identificar y por lo tanto lo descarta como presa, escucha y asiente. La brisa, como empujada por una mano certera, lleva sus palabras nítidas. El hombre delgado hace un recuento alucinado de cuarenta días en el desierto, habla de agua, vino, pan, peces. Sin duda desvaría por el sol. La otra figura lo abraza y desaparece en el aire. Un hombre solo es más fácil de matar. Tensa los músculos, se prepara para el ataque, el hombre delgado trastabilla con sus propios pies débiles y cae, se levanta con dificultad y sigue su camino. Una ráfaga de viento trae de nuevo su aroma, huele a muerte. El león da media vuelta y regresa, se siente bien saber que lo esperan; al hombre delgado, barbado y alucinante parece que nadie lo extraña.

 

Arena, sangre y sudor

enero 27, 2017

El rugido de la multitud lo despierta. Sacude la cabeza para despejarla, entrecierra los ojos para enfocar. Nada, la oscuridad no permite ver ni siquiera la punta de su nariz. El aire huele a arena, sangre y sudor. Afuera la gente grita y ríe excitada tal vez por el olor a sangre, tal vez por el vino.

Una vez escuchó que los romanos organizaban batallas en el circo. Los gladiadores luchaban a muerte hasta que uno de los dos quedaba en pie. A veces ninguno lo hacía. Otros domingos de sol remplazaban a los gladiadores por cristianos, una vez estaban en la arena, asustados y confundidos, soltaban tigres o leones a los que habían privado de comida en los días anteriores para aumentar su necesidad de carne fresca.

No logra recordar si es gladiador o cristiano. ¿Fiera? Es probable. No lo sabe. Tiene hambre y sed, no recuerda el sabor de la comida ni el alivio del agua. Ni siquiera sabe dónde está o cómo llegó allí. Le parece que alguna vez fue rey en una pradera verde que se extendía hasta más allá del sol. El recuerdo se desvanece con el rayo de luz que empieza a entrar por una puerta que se abre.

Las gente lo anima a salir, van a liberarlo, van a alimentarlo, por fin. Emocionado y curioso corre hacia la libertad. Se detiene en seco, la luz lo ciega por un momento. Sus ojos se adaptan, se encuentra en medio de un círculo de arena. Está en el circo romano. Al fondo un hombre de traje ajustado y luminoso saluda a la multitud. No recuerda si es gladiador, cristiano o fiera. Solo sabe que la batalla es injusta, está arreglada y al final de la tarde solo quedará uno en pie.

La pregunta

diciembre 15, 2016

Ni siquiera en la noche se retira los protectores oculares, si lo hace el polvo que el viento arrastra secaría sus ojos y pasaría a engrosar las filas de aquellos que no pueden defenderse y por lo tanto se convierten en alimento de los otros.

La nube de polvo no se ha asentado, uno de los oráculos que aún sobreviven dijo que tardaría doscientos veinte años en hacerlo. Hace cuatro años lo dijo, así que nunca más verá la Luna con el ojo desnudo. Ojalá el oráculo siga vivo, de lo contrario el viaje habrá sido en vano.

Todo empezó en el tercer año del reinado de D. Wig I. Los primeros en desaparecer fueron quienes lo subieron al trono. Murieron de hambre. Los siguientes fueron quienes se atrevieron a denunciar las muertes por hambre. En el tercer año presionó, dicen que por accidente, el botón rojo y a partir de ese momento fue imposible llevar un registro de los muertos. Algunos, impulsados por el hambre que los carcomía se abalanzaron sobre los muertos. Murieron con las entrañas licuadas por la carne envenenada. Ahora el polvo rodea al planeta, los otros merodean durante el día y él viaja en la noche, debe ver al oráculo, solo tiene una pregunta.

El polvo empieza a tomar una coloración violeta, va a amanecer, debe buscar refugio. Aun cuando hace tres semanas no se cruza con ninguno de los otros, su cuerpo, humano todavía, no está adaptado para soportar la radiación del nuevo sol. Mira por última vez el disco redondo color crema del cielo y se interna en un bosque de árboles secos. Una camioneta con dos esqueletos en su interior se convierte en su refugio por ese día. En una mano empuña el revólver, en la otra el hacha y duerme veinte minutos por hora hasta que oscurece.

La Luna llena ilumina el pozo y a la figura que está sentada en su borde. Todavía vive. Observa al oráculo durante un rato. No se acerca, desde esa distancia sus ojos podrían engañarlo. No importa, pronto va a amanecer y debe hacerle la pregunta. El felino de seis patas que acompaña al oráculo salta de entre las sombras y lo atrapa contra el piso. Alista la zarpa y lo huele. Lo reconoce, da un bufido de advertencia y vuelve a las sombras.

El oráculo lo invita a sentarse a su lado en el pozo. Su pelo antes rubio ya es cenizo y le llega a la cintura atado en una trenza. Su boca rodeada de arrugas tiene la misma forma que él recordaba. La mira hacia donde deben estar sus ojos cubiertos por los protectores. Abre la boca para empezar y antes de poder decir algo, ella, el oráculo asiente.

El polvo toma el color violeta que anuncia el amanecer. La Luna brilla y se prepara para cederle su lugar al nuevo sol. Se retiran los protectores y miran la Luna hasta que sus ojos se secan y el mundo se vuelve un borrón gris. Ella, el oráculo, se recuesta en su hombro y se sientan a esperar que el nuevo sol los seque del todo.

 

 

El cric crac de los pasos

noviembre 15, 2016

Papá me despertó hablándome muy suave al oído como si fuera parte de un sueño. Dijo que en la nueva casa tendría mi propio cuarto. Esa mañana nos levantamos todos muy temprano. Mis hermanos estaban muy emocionados porque íbamos a conocer la casa, decían que si era tan grande como parecía por fin podríamos tener perro. Papá y mamá no decían nada, solo reían y no respondían las preguntas que hacíamos, trataban de distraernos al decir los nombres de las calles por las que pasábamos mientras el bus subía y bajaba lomas.

Mis hermanos entraron en una carrera hasta el patio, dieron la vuelta por la casa y subieron hacia el segundo piso. Desde el jardín, de prado sin recortar y lleno de libélulas, escuché cómo se apropiaban de un cuarto y dejaban para mí el más pequeño. Ojalá papá me dejara dormir en el jardín, era tan bonito, el prado era suave y muy verde. Tardé mucho rato en entrar a la casa, no quería hacerlo. Tuve la rara sensación de que las ventanas del segundo piso eran ojos que me miraban. Papá dice que desde que me descubrió hablando con la luna supo que tengo mucha imaginación.

Al principio, mientras arreglaban el segundo piso, tuvimos que dormir en la sala. Pusimos los colchones en el piso unos junto a otros, mis hermanos pasaban saltando de colchón a colchón mientras yo escuchaba las historias que papá contaba sobre los vecinos con los que se cruzaba por las mañanas cuando salía a trabajar.

Esos días fueron mis favoritos, estábamos juntos todo el tiempo y las risas y gritos de mis hermanos no permitían descubrir los ruidos que la casa guardaba. Ahora, en mi cuarto siempre silencioso, los cric cracs del piso de madera suenan como pasos cortos que se acercan a mi puerta. Mis hermanos también los han escuchado pero se burlan de mí, y eso que no les he contado que duermo con la cabeza tapada para no ver a la niña que cada noche llega a la puerta de mi cuarto y me invita a jugar.

Hoy cometí un error. Salí a tomar agua, cuando regresé no cerré la puerta de mi cuarto. Cuando quise salir de la seguridad de mi cama y cerrar ya era muy tarde. Escuché el sonido de los pasos cortos de la niña ya junto a mi cama. Levanté el cobertor lo suficiente para mirar con un ojo. Unos pies pequeños y blancos, un vestido a los tobillos y una bolsa llena de canicas fue todo lo que alcancé a ver. Cerré los ojos y me apreté contra la almohada cuando sentí cómo la niña se subía a mi cama y se acercaba gateando a la cabecera. Quiero gritar pero la voz me ha abandonado, solo puedo pensar en las manos blancas y delgadas que tratan de quitarme el cobertor.

 

 

En una isla muy al norte

octubre 11, 2016

Rodea la casa, espera a que el sol salga desde el otro lado del mar, lo saluda con un silbido y charlan un momento mientras termina de salir. Domina su fortaleza y con delicadeza entra por debajo de la puerta. Recorre la sala, la cocina, sube por la escalera, pasa con lentitud por el estudio y observa el trabajo de la noche anterior. Cada día mejor, piensa y sigue hacia el cuarto.

Entra al cuarto, la luz del sol entra libre por la ventana que da hacia la playa, pasa por debajo de la cama y sube por la cabecera, acaricia su pelo negro revuelto sobre la almohada, la frente tibia y la boca entreabierta, el cuello largo, pasa por encima de la colcha y se enreda entre sus dedos. Sube por la pared, se queda un momento en el techo, ya no puede esperar más, debe salir, la va a esperar en la playa.

Sale por la puerta de la cocina, recorre la playa de sur a norte, se eleva hacia las nubes. Hace mucho no se interesaba por una humana. Recuerda a la bella princesa que raptó cuando era conocido como Bóreas. Ese nombre, y todos los demás, han sido olvidados. Los humanos lo han olvidado y él altivo decidió ignorarlos. Hasta esa mañana en la que la vio caminar por la playa. No se protegía de él, como los demás habitantes de la isla, y eso fue lo que lo atrajo. La sintió caminar por medio de sí con los brazos estirados, el pelo suelto y la cara vuelta hacia el cielo, tocó su boca, y ella no la escondió, por el contrario sonrió y elevó más la cara.

Desde esa mañana la acompaña desde que despierta hasta que agotada se va a dormir. La acompaña en su caminata diaria por la playa, va a su alrededor cuando se sube a la bicicleta y visita el pueblo. En la tarde entra por la ventana del estudio y la mira dibujar. Es ilustradora de libros infantiles, a veces, juguetón, revuelca sus papeles, eleva su libreta de bosquejos y vuelve a poner todo en su sitio. Menos esa vez que la vio dibujarlo como un anciano cascarrabias, una y otra vez tomó el papel y lo llevó hasta el mar hasta que ella entendió y lo dibujó como era debido.

Los pescadores de las islas vecinas se preguntan dónde ha ido, lo extrañan y lo necesitan pero han olvidado cómo hablarle. Los pájaros esperan en tierra a que él los recuerde y los ayude a llegar al sur, los niños hablan con sus cometas y tratan de convencerlas de volar, no saben que ellas también lo esperan aburridas de no pasear entre las nubes. Él, ajeno a todo, menos a su puerta, espera en las alturas a que se abra y salga la dueña de esa cabellera salvaje que cada mañana lo espera gozosa en la expectativa del encuentro.

 

Sed

agosto 10, 2016

Enciende el celular, queda un 10% de batería, saca la mano por la ventana de la camioneta y extiende el aparato en todas direcciones. Nada. No hay señal. Se quita la camisa empapada en sudor, se la amarra a la cabeza y se baja del vehículo. La pequeña colina de arena sobre la que se detuvo no se diferencia en nada de las otras cuatro en las que se detuvo con anterioridad.

Frente al morro de la camioneta se extiende un océano de arena amarilla, da la vuelta, nada cambia, solo arena. Se sienta en la sombra producida por el enorme vehículo. Respira con dificultad por el calor, tiene los labios resecos y se siente muy débil. Tiene sed, mucha sed. No ha bebido agua en catorce horas, desde que se perdió.

Era una visita de rutina. Debía visitar a un anciano en un rancho ofrecerle la consabida indemnización y listo, que no jodiera más. Nada de estrados judiciales, ni de periodistas metidos que no entendían nada. El viejo tampoco tenía la culpa de haber construido su rancho y de cultivar justo sobre la reserva de crudo más grande de la zona norte del país. Él tampoco tenía la culpa de que el método de explotación hubiera secado la región, así eran las cosas. Pobre viejo, en todo caso. Además estaban los bonos por rendimiento, y él rendía mucho.

Entra en la camioneta, le queda medio tanque de combustible todavía, suficiente para encontrar un sitio habitado. Ignora la voz que insiste que ya no queda nada habitado en ese desierto. Esa voz tiende al pánico y él jamás cae en el pánico. La solución es elaborar un plan y llevarlo a cabo. Es muy sencillo, debe avanzar hacia el sur, hacia donde la sequía no se ha apoderado del todo de la tierra. Si tan solo supiera donde es el sur.

Arranca hacia donde cree que es el sur, las dunas pasan por los costados de la camioneta y se convierten en manchas amarillas sin forma. Siente la cabeza pesada, está a punto de dormirse. La voz le dice que no es sueño sino la muerte la que quiere apoderarse de él. Se detiene una vez más, el sol está muy abajo, queda a lo sumo dos horas de luz, si la noche lo encuentra en el desierto…

Un punto negro a la izquierda de la trompa de la camioneta llama su atención. Entrecierra los ojos para enfocar mejor. Puede ser una construcción, una roca, o un espejismo. Sea lo que sea debe llegar. Lo importante para no caer en el pánico es elaborar un plan y ejecutarlo.

A medida que se acerca al punto negro éste va tomando la forma de una construcción humana. Acelera en una carrera contra el sol y la sed, lleva el pie pegado al piso y sabe que va a perder, sin embargo no deja de acelerar. El sol se oculta detrás de las dunas, el frío del desierto lo asalta, el cambio de clima lo pone a temblar. Tiene la garganta seca, le duele la cabeza, se siente débil y siente mucho frío.

Detiene la camioneta frente al rancho y se arrastra hasta la puerta. Un viejo de piel apergaminada arrastra los pies y con dificultad lo ayuda a entrar. El hombre lo mira y hace señas de beber algo, no puede hablar, la garganta cerrada se lo impide. El viejo camina despacio hasta una cocineta en ruinas, el sonido de un líquido que cae en un recipiente llena la única habitación del rancho. El hombre cierra los ojos y sonríe.

-Lo esperaba más temprano, doctor. Tome, es lo único que me queda.

El hombre recibe el cuenco de barro lleno hasta el borde de un líquido negro, espeso y de olor fuerte. El cuenco cae al piso y se hace pedazos, el silencio y la oscuridad rodean y se tragan al hombre.

 

Sesenta y cinco pasos

julio 12, 2016

Las tablas húmedas, en algunas partes podridas, tambalean bajo sus pies. En algunas zonas el muelle está tan deteriorado que el agua helada del lago lame sus tobillos en corrientazos que suben por sus piernas hasta la mitad de su vientre en una extraña y reconfortante sensación. Tambalea al saltar el espacio dejado por una tabla rota, no permitiría que ninguno de sus nietos caminara por ahí, pero están lejos, muy lejos, y no la ven.

Recuerda el muelle robusto y bien cuidado de su infancia, las casas que en aquellos años rodeaban el lago aun estaban de pie se llenaban de familias, niños y jóvenes ruidosos durante los asfixiantes meses de verano, con lo cual el lago se convertía en el centro obligatorio de toda actividad. Aún está en pie la casa de la colina, la más grande y lujosa, allá donde cada verano se organizaban las fiestas de despedida hasta que el chico Ormazábal fue encontrado muerto en el garaje. Ahora, tantos años después se da cuenta que ese fue el punto de inflexión, a partir de ahí todo fue cuesta abajo.

Las demás casas ahora solo son escombros en los que crecen las plantas propias del bosque que reclama sus dominios con la exuberancia de la naturaleza libre de la mano humana. La que fue la casa de sus padres ahora es un muro amarillento cruzado de grietas, rodeado de arbustos de flores amoratadas como chicos quinceañeros que se quedan sin aire en un garaje típico de 1958.

El chico Ormazábal estuvo más silencioso ese verano que de costumbre. No participó de la obra de teatro que escribían los padres siempre tan preocupados por las actividades constructivas para sus hijos, aunque para sí mismos organizaban fiestas salvajes cada noche. Tampoco asistió a las fogatas en las que se metían mano chicos y chicas con la excusa de las historias de miedo que hacía mucho habían dejado de asustarlos. Lo que sí hizo fue ayudar en el jardín de la esposa del general, a pintar la cerca que rodeaba la casa, a mover los muebles, a golpear las alfombras para librarlas del polvo del encierro. Al general no le gustó que el chico Ormazábal entrara a su casa sin anunciarse y a cualquier hora del día o de la noche. Tampoco le gustó que su esposa volviera a usar faldas y que se burlara de él cuando la disciplinaba para enseñarle quién estaba a cargo.

Esa noche el general abandonó la fiesta temprano. Año tras año era de los últimos en salir, borracho hasta la inconsciencia, nunca parecía recordar que pellizcaba traseros de hombres en cuanto el ron se le subía a la cabeza. El chico Ormazábal fue encontrado con una media negra entre la boca y una soga alrededor de su cuello. El año siguiente los Ormázabal no volvieron a la casa del lago, el general y su esposa tampoco, ese año no hubo fiesta, ni obras de teatro, a duras penas hubo saludos entre los dientes y una distancia insalvable entre quienes una vez fueron amigos. Los únicos que parecían felices fueron los demás chicos, por fin podían nadar tranquilos y quedarse hasta el amanecer en bañador a la orilla del lago libres de las miradas del general, ya no tenían que ignorar sus señas lascivas, ni las invitaciones a caminar por el bosque.

Detiene su caminata, ha llegado al final del muelle, el sol empieza a descender, pronto se ocultará detrás de los árboles del bosque que rodea el lago. Se sienta en la madera húmeda y mete los pies en el agua, peina su pelo gris en una trenza por lo demás igual a la que se hacía a los quince años y corría por el muelle hasta lanzarse al agua. Se pregunta si aún podrá correr por el muelle como hace cincuenta años. Su cadera derecha duele, para compensar la rodilla izquierda también, pero ha llegado hasta allí, sería una pena no averiguarlo. Mueve los pies en círculos en el agua, piensa en la familia Ormazábal, todos en el lago, hasta los jóvenes, sabían que su hijo había muerto a manos de un hombre celoso que lo quería para sí. Se pone de pie y retrocede sesenta y cinco pasos, puede correr esa distancia, un paso por cada año hasta el presente, hasta el final. Toma aire, siente volver la energía de su adolescencia, empieza a correr, paso a paso los dolores desaparecen y se siente parte del viento, la trenza se deshace y su pelo gris se agita en el viento tras ella, llega al final del muelle, salta y deja salir una carcajada que es mitad grito de júbilo, ve el agua brillante acercarse, cierra los ojos y sonríe esperando la caída.