Sed

agosto 10, 2016

Enciende el celular, queda un 10% de batería, saca la mano por la ventana de la camioneta y extiende el aparato en todas direcciones. Nada. No hay señal. Se quita la camisa empapada en sudor, se la amarra a la cabeza y se baja del vehículo. La pequeña colina de arena sobre la que se detuvo no se diferencia en nada de las otras cuatro en las que se detuvo con anterioridad.

Frente al morro de la camioneta se extiende un océano de arena amarilla, da la vuelta, nada cambia, solo arena. Se sienta en la sombra producida por el enorme vehículo. Respira con dificultad por el calor, tiene los labios resecos y se siente muy débil. Tiene sed, mucha sed. No ha bebido agua en catorce horas, desde que se perdió.

Era una visita de rutina. Debía visitar a un anciano en un rancho ofrecerle la consabida indemnización y listo, que no jodiera más. Nada de estrados judiciales, ni de periodistas metidos que no entendían nada. El viejo tampoco tenía la culpa de haber construido su rancho y de cultivar justo sobre la reserva de crudo más grande de la zona norte del país. Él tampoco tenía la culpa de que el método de explotación hubiera secado la región, así eran las cosas. Pobre viejo, en todo caso. Además estaban los bonos por rendimiento, y él rendía mucho.

Entra en la camioneta, le queda medio tanque de combustible todavía, suficiente para encontrar un sitio habitado. Ignora la voz que insiste que ya no queda nada habitado en ese desierto. Esa voz tiende al pánico y él jamás cae en el pánico. La solución es elaborar un plan y llevarlo a cabo. Es muy sencillo, debe avanzar hacia el sur, hacia donde la sequía no se ha apoderado del todo de la tierra. Si tan solo supiera donde es el sur.

Arranca hacia donde cree que es el sur, las dunas pasan por los costados de la camioneta y se convierten en manchas amarillas sin forma. Siente la cabeza pesada, está a punto de dormirse. La voz le dice que no es sueño sino la muerte la que quiere apoderarse de él. Se detiene una vez más, el sol está muy abajo, queda a lo sumo dos horas de luz, si la noche lo encuentra en el desierto…

Un punto negro a la izquierda de la trompa de la camioneta llama su atención. Entrecierra los ojos para enfocar mejor. Puede ser una construcción, una roca, o un espejismo. Sea lo que sea debe llegar. Lo importante para no caer en el pánico es elaborar un plan y ejecutarlo.

A medida que se acerca al punto negro éste va tomando la forma de una construcción humana. Acelera en una carrera contra el sol y la sed, lleva el pie pegado al piso y sabe que va a perder, sin embargo no deja de acelerar. El sol se oculta detrás de las dunas, el frío del desierto lo asalta, el cambio de clima lo pone a temblar. Tiene la garganta seca, le duele la cabeza, se siente débil y siente mucho frío.

Detiene la camioneta frente al rancho y se arrastra hasta la puerta. Un viejo de piel apergaminada arrastra los pies y con dificultad lo ayuda a entrar. El hombre lo mira y hace señas de beber algo, no puede hablar, la garganta cerrada se lo impide. El viejo camina despacio hasta una cocineta en ruinas, el sonido de un líquido que cae en un recipiente llena la única habitación del rancho. El hombre cierra los ojos y sonríe.

-Lo esperaba más temprano, doctor. Tome, es lo único que me queda.

El hombre recibe el cuenco de barro lleno hasta el borde de un líquido negro, espeso y de olor fuerte. El cuenco cae al piso y se hace pedazos, el silencio y la oscuridad rodean y se tragan al hombre.

 

Sesenta y cinco pasos

julio 12, 2016

Las tablas húmedas, en algunas partes podridas, tambalean bajo sus pies. En algunas zonas el muelle está tan deteriorado que el agua helada del lago lame sus tobillos en corrientazos que suben por sus piernas hasta la mitad de su vientre en una extraña y reconfortante sensación. Tambalea al saltar el espacio dejado por una tabla rota, no permitiría que ninguno de sus nietos caminara por ahí, pero están lejos, muy lejos, y no la ven.

Recuerda el muelle robusto y bien cuidado de su infancia, las casas que en aquellos años rodeaban el lago aun estaban de pie se llenaban de familias, niños y jóvenes ruidosos durante los asfixiantes meses de verano, con lo cual el lago se convertía en el centro obligatorio de toda actividad. Aún está en pie la casa de la colina, la más grande y lujosa, allá donde cada verano se organizaban las fiestas de despedida hasta que el chico Ormazábal fue encontrado muerto en el garaje. Ahora, tantos años después se da cuenta que ese fue el punto de inflexión, a partir de ahí todo fue cuesta abajo.

Las demás casas ahora solo son escombros en los que crecen las plantas propias del bosque que reclama sus dominios con la exuberancia de la naturaleza libre de la mano humana. La que fue la casa de sus padres ahora es un muro amarillento cruzado de grietas, rodeado de arbustos de flores amoratadas como chicos quinceañeros que se quedan sin aire en un garaje típico de 1958.

El chico Ormazábal estuvo más silencioso ese verano que de costumbre. No participó de la obra de teatro que escribían los padres siempre tan preocupados por las actividades constructivas para sus hijos, aunque para sí mismos organizaban fiestas salvajes cada noche. Tampoco asistió a las fogatas en las que se metían mano chicos y chicas con la excusa de las historias de miedo que hacía mucho habían dejado de asustarlos. Lo que sí hizo fue ayudar en el jardín de la esposa del general, a pintar la cerca que rodeaba la casa, a mover los muebles, a golpear las alfombras para librarlas del polvo del encierro. Al general no le gustó que el chico Ormazábal entrara a su casa sin anunciarse y a cualquier hora del día o de la noche. Tampoco le gustó que su esposa volviera a usar faldas y que se burlara de él cuando la disciplinaba para enseñarle quién estaba a cargo.

Esa noche el general abandonó la fiesta temprano. Año tras año era de los últimos en salir, borracho hasta la inconsciencia, nunca parecía recordar que pellizcaba traseros de hombres en cuanto el ron se le subía a la cabeza. El chico Ormazábal fue encontrado con una media negra entre la boca y una soga alrededor de su cuello. El año siguiente los Ormázabal no volvieron a la casa del lago, el general y su esposa tampoco, ese año no hubo fiesta, ni obras de teatro, a duras penas hubo saludos entre los dientes y una distancia insalvable entre quienes una vez fueron amigos. Los únicos que parecían felices fueron los demás chicos, por fin podían nadar tranquilos y quedarse hasta el amanecer en bañador a la orilla del lago libres de las miradas del general, ya no tenían que ignorar sus señas lascivas, ni las invitaciones a caminar por el bosque.

Detiene su caminata, ha llegado al final del muelle, el sol empieza a descender, pronto se ocultará detrás de los árboles del bosque que rodea el lago. Se sienta en la madera húmeda y mete los pies en el agua, peina su pelo gris en una trenza por lo demás igual a la que se hacía a los quince años y corría por el muelle hasta lanzarse al agua. Se pregunta si aún podrá correr por el muelle como hace cincuenta años. Su cadera derecha duele, para compensar la rodilla izquierda también, pero ha llegado hasta allí, sería una pena no averiguarlo. Mueve los pies en círculos en el agua, piensa en la familia Ormazábal, todos en el lago, hasta los jóvenes, sabían que su hijo había muerto a manos de un hombre celoso que lo quería para sí. Se pone de pie y retrocede sesenta y cinco pasos, puede correr esa distancia, un paso por cada año hasta el presente, hasta el final. Toma aire, siente volver la energía de su adolescencia, empieza a correr, paso a paso los dolores desaparecen y se siente parte del viento, la trenza se deshace y su pelo gris se agita en el viento tras ella, llega al final del muelle, salta y deja salir una carcajada que es mitad grito de júbilo, ve el agua brillante acercarse, cierra los ojos y sonríe esperando la caída.

La carta interrumpida

junio 16, 2016

La lluvia empezó a caer desde la madrugada, las primeras gotas, gruesas como monedas, golpearon el cristal de mi ventana, el viento la abrió y desperté, de no haber sido por la lluvia seguiría durmiendo y no estaría escribiendo estar carta. Sé que prometí escribirte todas las semanas, dejamos tantas cosas pendientes. Déjame volver sobre eso en un rato. Ahora quiero contarte por qué no te he escrito en las últimas tres semanas. Alguien ha estado cortejándome. No te alarmes, no es lo que crees. Tal vez debería escribir “algo ha estado cortejándome” pero entonces creerías que estoy loca y retirarías tu propuesta.

Imagino que paseas por el salón mientras lees, ahora debes estar sentado con una mano en la frente al encontrar mi torpe explicación. Como te darás cuenta, me cuesta concentrarme, las ideas corren desbocadas una tras otra en actividad febril, ningún pensamiento termina de formarse cuando otro ya está tomando su lugar…ojalá estuvieras acá, todo esto deben ser tonterías mías, ya sabes que a veces se me alteran los nervios cuando el tío se va y me deja sola en la hacienda, si tan solo estuviera en la ciudad, pero este páramo helado y solitario exacerba mi imaginación, no me hagas caso.

El viento de la tormenta acaba de apagar la vela, qué extraño, creí levantarme de inmediato para encenderla pero la luz gris de la mañana ya entra por la ventana, no sé en qué momento me quedé dormida. En fin, como te venía diciendo, quiero explicarte la razón de mi silencio. Cada día alrededor de las seis de la tarde, a veces desde las cuatro, cuando el día está más gris que de costumbre, me quedo sin fuerzas y debo arrastrarme hasta mi aposento en el segundo piso. Una vez me quedé dormida en la escalera y desperté en mi cama, le pregunté al tío y a los criados, todos negaron haberme ayudado, seguro me levanté sonámbula y caminé hasta mi cama. El viejo doctor del pueblo me ha aplicado sanguijuelas dos veces, dice que tengo un exceso de humor nervioso y eso alimenta mi melancolía y de ahí mi debilidad. Debo decirte que el tratamiento no ha funcionado. No le digas nada al tío,por favor, ni te preocupes,solo queda un mes y volveré a la ciudad y a la normalidad.

Ahora debo decirte lo más extraño de mi condición y el por qué de mi afirmación sobre el cortejo, jura que no pensarás que estoy loca, ¡júralo! Bien, cada mañana, cuando logro vencer la debilidad que me atrapa desde la tarde anterior, encuentro en el marco de mi ventana un ramo de claveles. Atención, el ramo siempre está por dentro de mi aposento, no importa que sea el tío quien cierra las ventanas ni que yo cierre la puerta con llave. En principio pensé que era yo misma quien dormida iba al camposanto a robar flores. Pero nunca habían marcas de pisadas, ni de hierba, nada que indicara que saliera por mis propios pies.

Hace tres días el tío clavó la ventana por dentro, al día siguiente encontré el ramo de claveles, como todos los días. Ese mismo día empacó y fue a buscar ayuda, no sé si va a buscar un médico o un sacerdote. Ya se acerca la noche y con ella mi debilidad y mi perdición. Fíjate, me ha tomado todo el día escribirte estos disparatados y desiguales renglones y aún no consigo terminar la carta, debo apurarme y ponerla en el sobre antes de que el sol se oculte, de otro modo dormida la lanzaré a la chimenea como ha pasado con las otras que dejé sin terminar. Los últimos rayos de sol entran por la ventana, una corriente helada me sube por la espalda y me paraliza, tengo sueño. Ven por favor, te necesito acá conmigo, alguien, algo, me está cortejando y tengo la sensación de que que va a hacerme suya para siempre a menos que me ayudes, cada segundo estoy más débil, no sé cuánto tiempo pueda resistir…ven por favor.

Postdata: Tengo la horrible sensación de que alguien está leyendo por encima de mi hombro y que si volteo voy a

 

En este punto se interrumpe la carta. El cuerpo de la joven Irene nunca fue encontrado. Las batidas en su búsqueda se prolongaron durante siete semanas sin resultados. La investigación permanece abierta.

 

Burbuja

mayo 20, 2016

El sol de las cinco de la tarde entra por las persianas de madera, minúsculas partículas de polvo vuelan a contraluz, un murmullo de voces llena el espacio sobre su cabeza, alrededor no, el silencio lo envuelve en una capa protectora. Una burbuja de silencio lo rodea desde hace tres semanas.

Esa madrugada, tres semanas atrás, se levantó plácido y descansado, una sensación que recordaba de las mañanas de vacaciones de su niñez cuando dormía doce horas seguidas. El reloj de números rojos y brillantes le confirmó que en efecto había descansado durante once horas y cuarenta y tres minutos. Corrió a la ducha, aplastó el pelo marcado por la almohada, se puso una camisa cualquiera-sin corbata, no había tiempo- y el mismo traje del día anterior. No escuchó el saludo del vigilante del edificio, ni la frenada en seco del camión de mudanzas que arrancaba, tampoco escuchó las preguntas de su secretaria preocupada por su tardanza.

Apenas en la tarde notó la burbuja de silencio que lo rodeaba, en principio pensó que se había quedado sordo, se preguntó si era posible perder el oído sin previo aviso, sin síntomas en apenas una noche. Soltó un gemido seguido de un monólogo de groserías, insultos y maldiciones, al universo, al sistema, a sus padres, al tipo que le robó las onces cuando tenía siete años, estaba maldiciendo a su ex esposa cuando se detuvo en seco al notar que se oía perfectamente. Aplaudió, tronó sus dedos, zapateó. Todo lo oía. Todo, menos lo que fuera producido en un radio de cincuenta centímetros alrededor de su cuerpo.

Tres semanas de arduo estudio para aprender a leer los labios le habían demostrado que no era tan fácil como había visto en películas. No tuvo cómo saber que sus compañeros de trabajo y sus superiores preocupados por su salud mental preparaban su ingreso a una institución en la que se recuperaría del estrés y cansancio que lo aquejaba, sin duda era esa la causa de que llevara tres semanas ignorándolos, respondiendo cosas que no habían preguntado, riendo cuando no era, y diciendo sí cuando debía decir no.

Una corriente de aire lo saca de sus recuerdos, dos hombres vestidos de blanco lo toman de los brazos, a uno le da un cabezazo, a otro una patada en la espinilla, corre sin saber si lo persiguen, si lo llaman, solo escucha su respiración agitada y el sonido de sus pasos contra el piso de madera, sale a la calle, cruza la avenida,  serpentea por las calles, llega a un parque. Agitado se sienta en una banca, pone la cabeza entre las rodillas hasta que recupera el ritmo normal de la respiración. Levanta la cabeza, el sol se oculta detrás de los cerros, nota que es el primer atardecer que ve desde que empezó a trabajar a los veinticuatro años, hace veintiséis años. Un perro lo observa y ladra. Escucha el ladrido como si estuviera a kilómetros, es el primer sonido externo que penetra la burbuja en tres semanas. Acaricia al perro y le susurra las gracias con cariño, mira hacia el edificio donde pasó encerrado los últimos veintiséis años de su vida, se aleja de la mole que lo mira con sus ventanas que son ojos vacíos, se aleja paso a paso mientras nota que la burbuja se disipa con lentitud, se dirige hacia el norte, hacia las playas, le tomará varios días, cuando llegue la burbuja habrá desparecido.

 

La mansión al final del camino

abril 19, 2016

Esta vez pudo acercarse más. Un par de pasos más que la noche anterior, no es mucho, pero sí ayuda a definir un poco más el contorno de su cara y sobre todo la textura de su pelo. Tuvo la sensación de que ella se sintió observada y en cuanto se agitó, el escenario cambió y se la llevó, como si el equilibrio del momento dependiera de la tranquilidad de la mujer.

Ni siquiera desayunó ni se duchó, subió corriendo las escaleras, destapó el cuadro y trabajó hasta que pudo incorporar los detalles que había visto la noche anterior. Se alejó, observó la pintura desde varios ángulos, hizo unos cuantos retoques a los trazos que conformaban la melena crespa cogida en un moño alto, y volvió a cubrirla. No podría agregar nada más durante ese día, tendría que esperar al día siguiente.

Sus días eran largos, como si transcurrieran en una sala de espera víctima de un dolor insoportable, en cierta medida así era, durante el día lo atacaba un dolor indefinido en todo el cuerpo lo bastante suave como para no quejarse y lo bastante fuerte como para impedirle concentrarse en sus quehaceres habituales. El dolor remitía con la llegada de la oscuridad y desaparecía al empezar a soñar.

El sueño siempre era el mismo. Un jardín enorme, de mansión aristocrática, venados bebían de espejos de agua ubicados en distintos puntos del jardín, rosales de flores azules, estatuas de ninfas que huían graciosas de faunos lujuriosos, un camino recubierto de baldosas de mármol y al final del camino la mansión de paredes blancas y amarillas. Ya había recorrido la mansión en sueños anteriores, conocía de memoria los salones decorados con elegancia y sencillez, la biblioteca enorme cuyo final no se veía a simple vista, era necesario recorrerla con atención por su construcción tipo laberinto, los cuartos y estancias en los que cabían varias veces su pequeña casa de dos pisos y altillo, el salón comedor con mesa para cincuenta y dos personas, la sala en la que estaba la chimenea decorada con cuadros de Pan, Afrodita, y Eros.

El cuarto que le interesaba estaba ubicado en la sala este de la mansión, lo descubrió en la segunda semana de sueños, cuando ya empezaba a aburrirse de soñar cada noche lo mismo. Lo atrajo el sonido de una risa, abrió la puerta con la confianza ciega experimentada en los sueños recurrentes y la vio. Su cuello largo y elegante lo dejó paralizado con la mano en el pomo de la puerta sin fuerzas para entrar. Su turbación fue el elemento que cambió la escena y se vio en otro sueño, uno corriente y sin importancia. En cuanto despertó empezó a dar pinceladas, no quería olvidar a la mujer del sueño. Así noche tras noche, durante un año y tres meses, buscó el mismo cuarto, experimentó la misma turbación y con paciencia y haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad y autodominio paso a paso empezó a acercarse a la mujer hasta que algo perturbaba la atmósfera tranquila y el sueño se desvanecía en otro cualquiera.

Esa noche durmió a la misma hora acostumbrada, el sueño transcurrió igual que las noches anteriores, salvo que solo pudo llegar al mismo punto de la noche anterior antes de que el sueño se convirtiera en otro. Al despertar corrió al altillo y mejoró un par de detalles que se le habían pasado por alto. La noche siguiente sucedió lo mismo, la siguiente, igual. No podría acercarse más a la mujer a la que visitaba cada noche desde hacía un año y tres meses y de la que solo conocía una risa a través de una puerta, una melena crespa cogida en un moño alto, un cuello largo y elegante, una oreja pequeña, una bella nariz en la que le parecía ver unas cuantas pecas, y unas pestañas oscuras y enormes. Su cuadro nunca estaría completo, suspiró y se sentó en el suelo del cuarto de la mansión dispuesto a permanecer en el sueño y si era posible no despertar nunca.

 

Ricardito

marzo 18, 2016

Ese día mamá trajo un nuevo novio a casa. Vino un domingo a almorzar, mamá nos levantó desde antes que empezaran los dibujitos y nos metió a la ducha. A Rafa le refregó duro las rodillas y lo hizo llorar, lo regañó por botarse tanto al pasto, mamá no entiende que Rafa quiere ser arquero y necesita botarse al pasto hasta que no le duela. A mí me bañó después, ya no se veía nada por el vapor, parecía como si un fantasma me estuviera desenredando el pelo. Los brazos de mamá salían de una nube blanca y caliente, mamá bajaba duro la peinilla mientras me regañaba por no ser una señorita, por no ser femenina como ella, mamá no sabe que me da tristeza verla pintada como un payaso y metida entre esos pantalones tan apretados. La dueña de la casa donde estamos viviendo ahora golpeó la puerta del baño y nos tocó salir. No me gusta este barrio, tenemos que entrarnos temprano, y tengo prohibido acercarme al señor de la tienda así quiera regalarme chocolatinas, lo único que me gusta es la estatua de la niña en el cementerio, ella sí es linda y femenina.

Linda, le dije a mamá cuando me preguntó cómo se veía. Una vez le dije que tenía las mejillas muy rojas y me reventó la boca. Desde ese día siempre le digo que está linda. Mamá nos encerró en el cuarto y salió a correr, apenas sonaba en chancleteo de las sandalias cuando bajó la escalera. Volvió con pollo asado y gaseosa. Rafa se puso a saltar de felicidad, quiso coger una papa salada pero mamá le pegó en la mano. Espere a la visita, gran pendejo, le dijo. Este año mamá ha tenido muchos novios, debe ser que extraña mucho al papá de Rafa, a mi papá no lo conocí. El que llegó ese día fue el que más duró, a mí me gustaba más cuando se iba que cuando llegaba.

Mamá estuvo pegada a la ventana hasta que lo vio llegar. Un carro blanco y rojo, largo como una lancha subió la loma y mamá corrió al espejo a alborotarse más el pelo. No me gustaba como se veía con el pelo rojo, pero era preferible eso a como está ahora. Cuando entró a la pieza le pregunté cuántos años tenía porque se veía como un abuelito y no como un novio para mamá. Nos trajo helado y galletas. Alzó a Rafa y lo abrazó, le dijo que su hijo menor era igualito a él y que un día lo traía para que jugaran. Después de almorzar, mamá se quedó lavando la loza y fuimos con él al parque, nos compró algodón de azúcar, a Ricardo le encantaba, nos dijo. Soy separado, dijo, vivo solo desde el accidente, mi esposa se fue y no quiso volver a saber de mí. Le preguntamos por el accidente y no nos escuchó, no dijo nada, solo le acarició la cabeza a mi hermano.

El siguiente domingo llegó más temprano, llevó un balón de fútbol, era de Ricardo, nos dijo pero él ya no lo usaba, Rafa le preguntó por qué pero no lo escuchó porque se encerró en el baño. Ese y todos los domingos fuimos al parque después de almorzar. A veces le daba plata a mamá para que comprara conos y mientras tanto le acariciaba la cabeza a Rafa y le decía Ricardito, Ricardito. La primera vez que se quedó a dormir roncó tanto que pasé toda la noche mirando al techo, lo vi cuando se levantó y se sentó en la cama de Rafa, Ricardito, dónde estabas, Ricardito volviste, le decía y lloraba.

Bajen a conocer a Ricardito, nos dijo esa tarde, había llegado después de almorzar. Mamá no lo dejó entrar, estaba brava con él desde hacía días, es un mentiroso, nos dijo. Ricardito quiere jugar contigo, le dijo a Rafa y le pegó a mamá en la cabeza. Cogió a Rafa de la mano y lo arrastró por las escaleras, yo bajé detrás de ellos. Míralo, son igualitos, le dijo a Rafa mientras le mostraba un muñeco sentado en el andén al lado del carro. Ricardito, Ricardito, dijo y metió a Rafa al carro. Mamá bajó y me encontró llorando al lado del muñeco. Mamá agarró el muñeco y salió a correr, corrí detrás de mamá hasta que la alcancé al lado del cementerio. Acá nos conocimos, dijo mamá antes de volver a correr. Llevamos muchos días corriendo detrás de todos los carros blancos con rojo y largos como lanchas. Mamá empieza a mirar al muñeco como él miraba a mi hermanito. A veces hasta le habla. Le dice Rafa.

El apetito

febrero 29, 2016

Las nubes grises tapan el sol , levanta la cabeza al cielo, piensa “si llueve no voy”. Cuenta en silencio hasta trescientos sesenta, se muerde el nudillo del índice derecho, tiene tan arraigado ese tic que la piel ya no crece , es un muñón amoratado e insensible.

Camina hasta la parada de buses, se sube en el primero que pasa sin mirar hacia donde va, lo que importa es moverse, salir de ahí, escapar de los pensamientos, ser más rápido que ellos, que no lo vean, que no lo alcancen, que no lo sientan porque llegan todos en manada, lo rodean y lo consumen.

Abre la ventana y respira el aire lleno de humo que deja el bus en cada aceleración. Se seca el sudor que cae desde el pelo negro descuidado, no ha tenido mucho tiempo en los últimos días, los pensamientos no lo han dejado. Todo iba bien, se levantaba temprano, salía a trabajar y volvía cansado, con ganas de comer y dormir. La rutina hizo su trabajo con paciencia, día a día. Un día no llegó cansado, ni con ganas de comer. Se acostó y miró el techo, sintió como esa parte de su mente despertaba, bostezaba y miraba hacia los lados. Tenía hambre. Se había despertado el apetito.

Durante algunos días corrió en el parque después de llegar del trabajo, el apetito se iba al fondo de su mente y lo dejaba en paz. Por unos días, un día, un rato. Nunca. En este momento es su dueño, no hay pensamiento, idea, sensación que no provenga del apetito. No quiere alimentarlo, no más, nunca más.

El bus gira, las calles son conocidas, hace mucho tiempo no las veía, pero sí, esas son. El cielo sigue gris, casi negro, pero no llueve, el bus lo lleva a donde no debería ir. Ya son dos señales le grita esa parte de su mente que ahora lo controla. Cuenta las cuadras, una, dos…seis, siete, acá es. Se baja, busca la casa, toca la puerta, entra llorando de rabia y felicidad, saca el manojo de billetes arrugados y compra lo que no iba a comprar nunca más, lo que con seguridad está comprando por última vez.

 

El llamado del mar

enero 21, 2016

La visión del vaivén de las olas llega una vez más a su mente. En los últimos días ha sido una imagen recurrente que se presenta con mayor asiduidad, sacude la cabeza para despejarla, cierra los ojos para recordar qué estaba haciendo, a veces se pierde durante varios minutos en la visión. Se levanta del sofá amarillento y raído, al lado del sofá en una mesa de madera burda, hecha por él mismo una mañana de domingo, está la estufa eléctrica de un fogón.  Retira el agua hirviendo de la estufa, la vierte con lentitud en un pocillo desportillado y amarillento, gira y toma una bolsita de té de una caja que reposa sobre la mesa de noche al otro lado del sofá.

Enciende el televisor, una imagen azulada muestra a un político gordo y de bigote arengar en el Congreso. Destapa una lata de maíz tierno y una de salchichas vienesas, come de las latas con un tenedor de plástico, entre mordisco y mordisco pasa sorbitos de té. Afuera se apagan las luces del alumbrado público, la sombra que la luna proyecta sobre las torres de libros de segunda mano simulan un pequeño castillo digno de un rey gnomo.

Vacía los bolsillos sobre el sofá, un billete y tres monedas. Hoy solo vendió un libro, una edición vieja y maltrecha de Mujercitas a una madre joven con una niña pequeña en sus brazos. Tal vez debería buscar a su nieta y regalarle un libro similar pero en mejor estado, tal vez su hija llore al verlo al creerlo muerto después de tantos años, tal vez le cierre la puerta en la cara.

Escucha el sonido del mar junto a su puerta. Cierra los ojos y enciende el radio de pilas para ahuyentar el sonido, no hay playa en la ciudad construida a dos mil seiscientos metros sobre el nivel del mar. El aire huele a sal, extrañado mira por la única ventana libre de torres de libros, la luna se refleja sobre la superficie de un océano negro y tranquilo. Se asoma y respira el aire cálido de la playa.

Sale a la calle cubierta de arena suave y caliente, se quita las pantuflas y las medias de lana. Sonríe al sentir la arena caliente entre sus dedos, camina por la playa al lado del mar, recuerda cuando su hija, niña por aquel entonces, creía que la Luna la seguía, recuerda esa mañana en la que algo se le quebró por dentro, salió de su apartamento y volvió a saber de sí en ese cuarto minúsculo lleno de libros usados en el que llevaba cincuenta y tres años.

Con esfuerzo y varias paradas sube una pendiente, al final encuentra un risco en el que el viento ruge salvaje, abajo el mar de su niñez lo llama por su nombre , sonríe feliz y tranquilo, por fin ha llegado. Toma impulso y se lanza al negro océano, el olor a sal se hace más fuerte a medida que cae, se prepara para el golpe del agua helada y se estrella de cara en el asfalto de una de las avenidas que llevan al centro de la ciudad.

Crónicas del Nuevo Mundo III

diciembre 10, 2015

Detener la sobre población de la Tierra fue un plan imperativo determinado por La Junta para evitar la guerra civil que poco a poco se incubaba. Dicho plan fue tan exitoso que condujo a la Gran Escasez de mano de obra* del siglo XXII. Los historiadores, nombrados -y controlados-por La Junta Central, decidieron bautizar así al oscuro período que por poco condujo a la raza humana a su extinción.

Todo comenzó, como siempre, con un gran avance técnico en el área del entretenimiento. Desde que La Junta descubrió que la forma de controlar a la población era mediante la búsqueda y satisfacción del placer inmediato, todos los avances tecnológicos eran enfocados en la enorme industria del entretenimiento, controlada por La Junta, por supuesto.

Fue durante la Feria Mundial de las Ciencias Aplicadas que hizo su aparición el novedoso dispositivo que permitía al espectador ingresar y participar de lo que estuviera viendo en su pantalla interactiva. Se le llamó Suprarealidad. Deportes, viajes, acción, drama, romanticismo, pornografía, etc. El espectador jugaba en el equipo de sus sueños, salvaba a la humanidad en su propia película de acción, conquistaba a la persona de sus sueños, viajaba por los mundos deseados… los límites se hicieron difusos y se extinguieron. La realidad empezó a ser un lastre aun más difícil de sobrellevar que de costumbre.

El plan, trazado a largo plazo por La Junta, contemplaba que con el correr del tiempo la raza humana terminaría por concentrarse en la satisfacción sexual mediante la Suprarealidad. Si bien el plazo determinado por La Junta para que eso sucediera se cumplió, la concentración de la raza humana en esa posibilidad de entretenimiento sucedió en menos tiempo del planeado, lo cual desbarajustó los planes de disminución demográfica paulatina. Las personas dejaron de relacionarse, se quedaban viviendo toda clase de fantasías sexuales con seres de hermosura imposible de replicar en la realidad. Las tasas de nacimientos cayeron a niveles catastróficos. Nunca antes La Junta estuvo tan cerca de caer.

Sin embargo, una vez más la tecnología aplicada salvó a la humanidad del desastre gracias a la introducción de los Reproductores, cuya historia queda para una próxima entrega.

 

*El uso de mano de obra fue abolido a finales del siglo XXI. Los trabajos creados desde entonces eran más una suerte de labor de entretenimiento que evitaba que las masas controladas por La Junta pensaran sobre su situación y se levantaran en su contra.

Otra vez he caminado en sueños

noviembre 11, 2015

De nuevo ese trozo de papel arrancado de afán, esa caligrafía ya familiar a fuerza de encontrarla. “Otra vez he caminado en sueños”. El inspector Allende se rascó la cabeza sudorosa, el cuarto cerrado en pleno verano era demasiado para sus cincuenta y tres años y su sobrepeso. Hizo a un lado una pila de crucigramas resueltos casi en su totalidad y se sentó sobre una cama revuelta que indicaba una salida apresurada. De nuevo un papel blanco de esos que se encuentran en cualquier bloc, una pista que no conducía a ninguna parte. La caligrafía elegante, en tinta azul, también común. La letra nunca cambiaba aunque su autor fuera otra persona.

A veces era una mujer joven, ingenua, proveniente del sur, otras veces era una mujer madura, sofisticada y elegante, en otras ocasiones era una estudiante de enfermería, de derecho, publicista, fotógrafa, escritora de crónicas de viajes, profesora de idiomas, paseadora de perros, secretaria ejecutiva…lo único que se mantenía era la denuncia de desaparición puesta por novios abandonados, jefes preocupados, vecinas que se habían vuelto la mejor amiga, dueños de apartamentos a los que le debía varios meses de renta y una nota que decía “otra vez he caminado en sueños”.

Allende sabía que la mujer era todas esas mujeres, así como cada persona es un mar de posibilidades de ser que pocas se desarrollan por completo. Se preguntaba si los sueños en los que la mujer caminaba eran esas vidas disímiles que podían durar semanas, meses, una vez dos años y siete meses, y que un buen día sin previo aviso, “despertaba” y emprendía una nueva vida “real” que al cabo de un tiempo demostraba no ser otra cosa que un sueño. Allende no estaba habituado a ese tipo de reflexiones, para él las cosas eran o no eran, no había más vueltas, enfrentar una posibilidad de vida que se salía de sus esquemas mentales lo llenaba de algo a medio camino entre la furia y el horror.

“La tenemos, Allende”, bramó su superior en el celular. Allende se dejó caer al suelo. No puede ser, no puede ser, no puede ser. ¿Cómo sería? ¿Y su voz? ¿Tendría los ojos fríos que algunas descripciones habían dibujado? ¿O serían cálidos y soñadores, como habían establecido otras? Once años y tres meses de persecución a un fantasma habían terminado. ¿Y ahora? ¿Qué historia se iba a contar en las noches de insomnio? Allende sacudió la cabeza, como si despertara de un sueño pesado de media mañana. Allende lanzó su celular al suelo y lo destrozó de un golpe con el tacón. Tal vez era eso. Estaba soñando. Él no era el inspector Allende, era un tranquilo comerciante de arte menor, sí eso era, tan solo había estado caminando en sueños.


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