Los tristes

agosto 8, 2017

Miércoles

El niño vino otra vez. No tocó el arroz con huevo que le dejé a la entrada del cuarto tal y como me dijo el Africano que hiciera para entretenerlo. Me quedó tan maluca esa vaina, debe ser por los problemas con Juana, no me sale bien ni el agua tibia, no me extraña que el niño ni lo haya olido.

Jueves

Mañana me encuentro con Juana. Quiere sacar la ropa y las otras cosas que dejó acá, yo creo que es excusa para tantear el terreno y ver qué podemos hacer. Voy a ponerme la camisa que me regaló. El niño no vino hoy. No voy a volver a cocinarle nada, el Africano no sabe nada.

Viernes

Juana quedó de pasar el sábado por la tarde por las cosas. Parece que no tiene reversa eso. No me dijo nada de la camisa, no me dijo nada de nosotros, nada personal, era como si estuviera haciendo una diligencia bancaria, ese tono de voz neutro, sin perrenque, sin color, como si hablara con un desconocido, cordial pero lejana. No dijo nada cuando le dije que volviera, apenas me miró como se mira a un niño chiquito que se queja del ratón Pérez. El único momento en el que me miró a los ojos fue cuando le hablé del niño. Aunque bajó la mirada de una y cambió de tema. No me gustó eso, ¿será que sabe algo?

Sábado

Esta madrugada vino el niño. Otra vez se sentó a los pies de la cama, no dice nada cuando le hablo, no hace nada distinto a mirarme a los ojos. Esta vez la herida de la cabeza se le veía más fresca, la sangre se veía brillante y no seca y opaca como las otras veces. Me da la impresión que se sentó más cerca esta vez.

Juana recogió las cosas entre unas cajas y unas maletas. Las maletas no las conozco, tampoco son nuevas, alguien se las prestó. Quise ayudarle a bajar todo pero no quiso. No alcancé a ver quién manejaba la camioneta en la que vino.

Domingo

Me vomité esta madrugada apenas entró el niño. Hoy era un cadáver podrido sentado en mi cama. No sé si me miraba a los ojos porque los suyos estaban vacíos, sentí que sí. Me tapé la cabeza con las cobijas hasta que sentí que se levantó. Voy a hacerle una comida bien rica a ver si me deja en paz. Juana cambió el celular.

Lunes

El niño se quedó en la puerta, no pudo cruzar la sal. El Africano esta vez sí acertó. Aunque dijo que si eso pasaba no era un niño el que me visitaba sino algo con forma de niño. ¿Será un enano? Juana me sacó de Facebook y me bloqueó.

Martes

Hay un animal muerto. El olor no me deja dormir. Levanté todo el tablado del apartamento, encontré un hueso seco envuelto en pelos rojizos debajo de donde estaba la silla de leer de Juana. Eché desinfectante y ambientador y el olor no se va, se queda escondido, como agazapado y vuelve en rachas tan nauseabundas que vomito sin alcanzar a correr al baño. Estoy cansado de limpiar mi propio vómito. No sé cómo mis pasos me llevaron a la casa de la mamá de Juana, no quiso decirme donde está viviendo, no quiero volver con ella, lo único que quiero es que me devuelva las llaves, le dije a la doña. No me creyó. Cuando le grité que Juana había metido un animal muerto al apartamento, que no la encubriera, vieja hijueputa, llamó a la policía y me sacaron de ahí.

Miércoles

No llegué a trabajar. Salí como todos los días y me perdí, o no, no sé. Cuando me di cuenta estaba en el último paradero de los buses y eran las tres y diecisiete de la tarde. No sé qué hice desde las ocho de la mañana. Juana le echó algo a mi comida. Voy a botarla toda y a cambiar las cerraduras. Si cree que así me va a sacar del apartamento está muy equivocada.

Jueves

No tuve que cambiar las cerraduras. El portero me entregó un sobre. Adentro estaba la llave y un papel que decía “Gracias por todo”. Siete años y todo lo que recibo es un graciasportodo. Come mierda, Juana, nunca vas a leer esto, pero come mucha mierda. El portero dice que Juana dejó el sobre con la llave desde el sábado cuando salió. ¿Desde el sábado y hasta hoy me lo entregó? No le creo. También está confabulado con ella. El niño lleva todo el día sentado en el sofá al lado de la ventana. Esta noche no duermo acá.

Domingo

Tengo que ir al apartamento. Da igual. No recuerdo dónde he estado. Sé que salí el jueves en la noche a dormir a un hotel del centro. Decidí caminar para no gastar plata. Ya no tengo trabajo. Nunca llegué al hotel. Desperté el sábado mientras caminaba. La sombra alargada del niño iba detrás. No fui capaz de voltear a mirar, estoy muy nervioso y no quiero verlo. Grité a una muchacha que era igual a Juana por detrás, el mismo pelo, la misma ropa, la misma estatura, pero otra cara, otra edad. Juana la contrató para enloquecerme. Le grité que no me siguiera más y que se llevara al hijueputa niño.

Lunes

Creo que el niño está adentro. Apenas puse pie en el apartamento vi una sombra que corría hacía mí. Creí que era Juana que por fin había recapacitado y abrí los brazos para abrazarla. Abracé el aire y sentí que se me entró un frío que se apoderó de mi estómago y desde ese momento empezó a crecer y a llenarme. Tengo la lengua quemada de tomar agua hirviendo.

¿Quién es esa Juana a la que tanto llamo? ¿Tuvimos un hijo? No lo encuentro.

Martes

Tengo cuerpo nuevo. Está muy flaco y tiene la boca destrozada por las quemaduras. No sé por qué los tristes son más fáciles de dominar.

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¿Sí me entiende?

julio 28, 2017

Pues es que los cuchos me enseñaron a no dejarme, ¿sí me entiende? a mí no me la monta es nadie, eso sí el que da papaya, lleva, ¿quién los manda no estar en la juega? Vea, por ejemplo, el otro día la cucha de la tienda me dio cien pesos de más en las vueltas, me los embolsillé y me pisé de ahí, culpa de ella por no estar abeja. Es como en los buses, yo no voy a pagar por ese servicio de mierda, uno bien espichado ahí y los de arriba sí se roban todo, de malas, papá, es como una forma de protesta que tenemos con mis amigos, ¿sí me entiende? que paguen otros, yo no voy a pagar, ¿no ve que eso es un negocio? eso debería ser para la gente, yo no les voy a dar plata a esos perros. La otra vez casi enciendo a un mancito todo salsa, dizque porque me colé, yo que me voy a poner a hacer fila, ¿no ve que iba de afán? dizque respete la fila, que la respete su agüela. A las hembritas les encanta eso, si viera como me miraban, es que así digan que no a todas les gusta un tipo bien macho que no se deje de nadie no un güevoncito de esos todos miedosos, es que con las hembritas toca así, dicen que no pa’ que uno les ruegue, dicen que no y es que sí, así es la vuelta, se hacen las asustadas y hasta miran mal, pero eso es puro visaje, ¿sí me entiende? yo sé cómo es la vuelta; vea toca es ser la cagada que eso les encanta y se cagan de risa y ahí ya fue, por ejemplo la otra vez que con mis amigos nos pusimos a madrear por internet al técnico ese calvo, ¿cómo es que se llama? o al ciclista, Jairo Nosequé, eso es puro balseo, ganas de joder la vida y reírnos con los parceros, es que yo sí soy la cagada, ¿sí me entiende? todo me vale güevo y mis amigos se cagan de la risa conmigo, ¿sí o qué que soy la cagada? ¿Y usté por qué no se ríe, hijueputa? ¿Muy salsita? Ríase, pirobo que es jodiendo, lo vi, quihubo, pues.

El pasillo infinito

junio 27, 2017

Manotazos, puños y rasguños que se quedan en el aire, esa sensación de pesadez y torpeza propia de los sueños, ya no sabe si sueña o está despierta. El corredor se extiende hasta el infinito, el patrón selvático de la alfombra se une con el techo un poco más allá de la última bombilla. Día o noche da igual, ya no hay diferencia, qué va importar si existen el sol o la luna, o la tierra, lo único que queda es ese pasillo infinito. Y la cosa.

A ellos sí les importa si es de día o de noche. Para ellos sí existe el sol, la luna y la tierra. El pasillo infinito solo lo verán en las pesadillas posteriores en las que ella agita su mano delgada y huesuda, en un movimiento que es a la vez saludo y despedida, sonríe feliz y espantada, sus ojos abiertos hasta el máximo ya no miran nada distinto al horror.

Otra luz se apaga en el fondo del pasillo, la oscuridad está más cerca y en ella contenida y a la vez formada la cosa que la persigue desde esa noche sin estrellas en la que por primera vez no pudo dormir y decidió pintar el techo de su casa de colores luminosos que brillaban en la oscuridad en el primer intento por escapar de eso.

La anciana señala el frasco con las pastillas que su hija debe tomar para evitar que la oscuridad se la trague, el anciano se lleva la mano a la boca, logra contener un grito para no asustar más a su esposa. Bajan juntos con la lentitud exasperada de quien se sabe viejo y frágil, ella aprieta contra el pecho el frasco y murmura una letanía histérica y monocorde, él la sostiene del brazo y se aferra por llenar su mente de luz blanca que envía a su hija. Salen a la máxima velocidad que alcanza su carro familiar esperanzados en que aún están a tiempo.

La oscuridad se traga el pasillo infinito, está a solo unos metros de su nariz, sabe que es por ahí y por sus ojos por donde entrará. En un intento vano y desesperado por despistar a la cosa se quita la ropa y arma un torpe espantapájaros/espantacosas que no logra su cometido y que tan solo confundirá a la policía unas horas más tarde. Con su último pensamiento se arranca los ojos y destroza su nariz, la cosa envuelta en la oscuridad entra y se apodera de su mente. Vivirá a pesar de todo, pero no será nunca más una persona.

Crónicas desde el futuro vol. IV

junio 9, 2017

El origen de esta curiosa y efímera moda surgió de las tradicionales Encuestas Mundiales de Satisfacción. El objetivo del Consejo era recabar la mayor cantidad de información posible sobre sus gobernados para de esa manera determinar las políticas a seguir para mantenerlos bajo su dominio.

Los preocupantes incrementos en los índices de satisfacción con la vida ocasionaron acalorados debates en el Consejo, aunque durante varios meses no acordaron una solución que le ofreciera a la humanidad algún tipo de divertimento que los sacara de su miseria espiritual, el consenso era unánime: debían hallar pronto el remplazo del consumismo desaforado porque una masa de personas con tiempo para pensar e insatisfacción permanente era la puerta de entrada a una revolución y por lo tanto peligraban los privilegios de los miembros del Consejo, sus familias y amigos cercanos.

La solución pronto fue hallada por el Departamento de Entretenimiento. Un agresivo plan de expectativa promocionó Las Vacaciones de Sí Mísmo. “¿Ha soñado con ser una estrella del deporte? ¿O tal vez un artista reconocido? ¿Un ermitaño en los bosques de Birmania?*” Por supuesto, no toda la población estaba en capacidad de pagar los planes Premium, por lo tanto fueron diseñados planes de vacaciones al alcance de todos los presupuestos.

Las Vacaciones de Sí Mismo permitían que cada persona adulta, una vez firmara los permisos de rigor y pagara por adelantado, podría vivir la vida de otra persona durante una semana. El procedimiento era muy sencillo, se recurría al Volcamiento de Memoria (ya usado como método para prolongar la vida aunque los filósofos no se ponían de acuerdo si trasladar “el ser” a un artefacto era vida), de manera que dos personas intercambiaban sus cuerpos. Algunas personas no soportaban estar en un cuerpo distinto y se suicidaron, es decir asesinaron a otra persona, otros se hallaron tan a gusto que huyeron en sus nuevos cuerpos, otros los aprovecharon para llevar a venganzas terribles, otros sometieron al cuerpo prestado a un desgaste tan acelerado durante esa semana que los devolvían casi inservibles. Aun así los estimados del Departamento de Entretenimiento establecieron una tasa de buen uso de los cuerpos intercambiados superior al 63%. Sin embargo, el porcentaje de quejas y problemas fue tan alto que el Consejo clausuró el programa y prohibió su reapertura.

*Desde el incendio de la Amazonía los bosques de Birmania fueron el último reducto verde en el planeta.

 

Los ojos del abuelo

mayo 2, 2017

Mamá no me ve. Toda la tarde he tratado de que me escuche y no lo hace. Solo mira por la ventana, me acaricia la cabeza de la misma forma como acaricia al perro cuando se le acerca, es como si no estuviera ahí, sus ojos miran a través de las pared y no me escucha ni me ve. Sé que mira al abuelo que sigue en su silla en el frente de la casa, igual que ayer, que el día antes de ayer y que mañana. Yo no puedo verlo a través de la pared, debo ir y mirarlo. Me siento en el escalón de la puerta al lado de su silla, de tanto en tanto da un sorbo a su café negro como el petróleo con el que cocinaba la abuela antes de enfermar, murmura cosas que a veces entiendo y a veces no. Estos días ha hablado mucho en su idioma que parece una canción larga, hermosa y triste. Cuando le pregunto me mira como si me viera por primera vez, sonríe y responde en español, me habla de su infancia lejana en el tiempo y al otro lado del mar.

Esta mañana el abuelo hablaba en voz baja, concentrado en sus recuerdos y en el ritmo como de letanía de su lengua, le pregunté qué decía y no me oyó, tampoco me vio aunque le mostré la trenza que yo sola pude hacer por primera vez. Me acerqué despacio a su cara y salté frente a sus ojos inmóviles y felices. Fue entonces cuando lo vi y puedo jurarlo a ver si así mamá me cree. Me senté en sus rodillas y le di un beso en el cachete seco y arrugado. En sus ojos el viento corre libre por un desierto en el que nunca he estado pero que conozco por las historias de los abuelos y mis tías, una casa blanca, rodeada de otras casas iguales se alza en la piedra desnuda, sin plantas, tan diferente a las colinas de acá, veo al abuelo salir de su casa seguido de su familia para no volver, la imagen se disuelve en una lágrima y el abuelo me ve otra vez por primera vez, me toma de la mano y me lleva a la cocina, va a partir una patilla que compartiremos. Mamá sigue inmóvil, me acerco a ella, en sus ojos un barco atraviesa el océano, ahora entiendo, por eso no me ve, ni me escucha. Tomo la patilla con mis manos, la muerdo y siento como el líquido resbala por mi quijada y mancha mi vestido, no importa, me pregunto qué historia contarán mis ojos.

 

Desde el palo y la jaula

abril 5, 2017

Del cuarto sin puertas sale el sonido de la tumbadora y el cencerro, muy a su pesar y sin saber por qué se despereza y se mueve al ritmo de la música. Es muy temprano todavía. No entiende a los humanos con sus afanes y preocupaciones, si la vida es tan sencilla, un palo bien agarrado a la pared, mango fresco, agua y cielos azules que ya no visita pero que día a día examina satisfecha, no necesita nada más. Sabe que es afortunada, ha dado con una buena familia. Es hora de empezar su día también, hunde el pico en el ala y se asea a conciencia. Un movimiento en la jaula la distrae del ritual de limpieza de las alas. Suelta un grito que sobresalta a la mujer del cuarto sin puertas y termina por despertar al inquilino de la jaula.

Ciento tres centímetros más abajo, Al Capone arruga la nariz y cierra los ojos con placer mientras el viento tibio se pasea entre sus bigotes. Al igual que su compañera de casa no entiende a los humanos. Sin embargo su perplejidad no alcanza las alturas filosóficas de su amiga, se encoge de hombros al no comprender por qué su humana decidió bautizarla en honor a un famoso gángster o hámster, no recuerda bien cuál es la palabra, tal vez son sinónimos. Sí, deben serlo, es lo único que tendría sentido. El ritmo de la música se intensifica y siente la incontrolable necesidad de mover sus caderas, la proximidad del nacimiento de sus crías la detiene, no es prudente hacer movimientos bruscos en este momento.

Las dos amigas levantan la cabeza, una olfatea desde los garrotes de su casa y la otra inclina la cabeza en las alturas de su palo, necesitan entender. El aire está más ligero, esa sustancia salada, pesada y gris ha desaparecido. Ya no recuerdan cuando fue la última vez que el aire llenó la casa con esa ligereza tan parecida a la felicidad de comer una mandarina jugosa. El sonido de los cuchillos y platos les avisa que el desayuno se aproxima, las dos amigas se miran desde sus casas y se guiñan un ojo. Ha terminado. Una bate las alas, otra con dificultad a causa de su estado da tres vueltas en su rueda. Al salir de la cocina la mujer de los ojos del color del mar, su humana, sonríe por primera vez en meses. El sol ha vuelto a salir.

 

 

 

Última noche en Pompeya

marzo 31, 2017

¿Dónde guardaste el sol anoche que no lo encuentro? Ya miré por la ventana, sobre las nubes, detrás de las montañas, en la quebrada, bajo la cama y en los charcos de la calle, ¿está en el mar, como esa tarde en la que lo vimos esconderse desde la playa de piedras negras?

Otra vez has caminado en sueños, es por eso que no lo encuentras. Vuelve a la cama y cubre tu cabeza con las sábanas, las almohadas y todas las palabras que conoces, cuando acabes lo encontrarás donde lo dejamos anoche.

Bajé por el olivo y le pregunté al pájaro de ojos amarillos si lo había visto, le pedí que fuera al cielo y lo buscara, me miró con uno de sus ojos encendidos y escondió la cabeza bajo un ala. Tampoco quiso prestarme sus alas, ni sus ojos de fuego que atraviesan paredes, tal vez el sol está con mamá, tal vez la calienta en su cama en la piedra.

Cierra los ojos y cuenta desde tres hasta jirafa, así como haces cuando tus amigos, reales o no, se esconden en la casa hasta que la luna nos ilumina en el patio y hallamos al último de ellos subido en la última rama del cerezo florecido.

Olvídalo, ya recordé. Anoche vi cómo se escondía en el volcán quien furioso escupe sin parar nubes grises. Abrázame fuerte que no volveremos a caminar en sueños, abrázame fuerte que ya casi sale el sol, abrázame fuerte que no volveremos a verlo.

 

Las nubes interiores

marzo 21, 2017

Una vez más la ventana se ha transformado en un espejo. El cielo gris y la cortina de agua no permiten ver hacia afuera. Será otro de esos días en los que solo es posible mirar hacia el interior. Desde el vidrio un hombre lo observa, el pelo revuelto de tantos giros en la almohada, las cejas se juntan en su frente en un gesto que se ha vuelto permanente, los ojos oscuros, opacos cuando está en soledad.

Afuera llueve hace tres días, adentro empieza a llover solo hace media hora. Las nubes interiores se empezaron a formar en el momento en el que dejó salir los pensamientos y las sensaciones. Llevaba dos semanas viviendo fuera de su cuerpo, observando su vida desde un punto exterior. Regresó en la noche anterior, una película italiana lo hizo volver, necesitaba estar en su cuerpo una vez más para pensar con calma.

La melancolía dejó de ser ajena y prestada, se hizo propia, real, palpable en forma de cama revuelta tras una noche en blanco, de barba descuidada, libros empezados y abandonados, caminatas interminables a ningún lado y blues a bajo volumen.

El hombre de la ventana no le quita los ojos de encima, hace mucho no veía a su gemelo rodeado de nubes interiores, quisiera palmearle la espalda y decirle que todo estará bien, lo único que puede hacer es indicarle con los ojos la taza de café que humea en sus manos, toma un sorbo y las nubes empiezan a reducirse. Pronto saldrá el sol.

 

 

El león en el desierto

febrero 22, 2017

El león bosteza, se estira, un suave crujido en la zona lumbar le recuerda los veranos que ha visto pasar. Olisquea el viento, huele a lluvia del norte. Hace tanto que no se aventura por la frontera norte, la última vez que lo hizo el desierto empezaba a adentrarse en sus dominios.

Avanza al trote, hace tiempo dejó de correr a todo lo que dan sus músculos. Es un paso cómodo que le permite cubrir varios kilómetros sin notarlos siquiera. Sigue en forma a pesar de los kilos de carne que ha consumido y los muchos hijos que ha concebido. Se detiene detrás de un arbusto. Además del olor de la lluvia del norte hay otro aroma.

Avanza con precaución. Se acuesta a la sombra de un árbol que resiste los avances del desierto. Justo después de la frontera, donde la arena amarilla es dueña y señora dos figuras caminan una al lado de la otra. Está acostumbrado a acechar, así que se acomoda y deja que el viento traiga sus palabras.

El hombre delgado y de barba gesticula con elocuencia y seguridad, el otro, cuyo aroma no logra identificar y por lo tanto lo descarta como presa, escucha y asiente. La brisa, como empujada por una mano certera, lleva sus palabras nítidas. El hombre delgado hace un recuento alucinado de cuarenta días en el desierto, habla de agua, vino, pan, peces. Sin duda desvaría por el sol. La otra figura lo abraza y desaparece en el aire. Un hombre solo es más fácil de matar. Tensa los músculos, se prepara para el ataque, el hombre delgado trastabilla con sus propios pies débiles y cae, se levanta con dificultad y sigue su camino. Una ráfaga de viento trae de nuevo su aroma, huele a muerte. El león da media vuelta y regresa, se siente bien saber que lo esperan; al hombre delgado, barbado y alucinante parece que nadie lo extraña.

 

Arena, sangre y sudor

enero 27, 2017

El rugido de la multitud lo despierta. Sacude la cabeza para despejarla, entrecierra los ojos para enfocar. Nada, la oscuridad no permite ver ni siquiera la punta de su nariz. El aire huele a arena, sangre y sudor. Afuera la gente grita y ríe excitada tal vez por el olor a sangre, tal vez por el vino.

Una vez escuchó que los romanos organizaban batallas en el circo. Los gladiadores luchaban a muerte hasta que uno de los dos quedaba en pie. A veces ninguno lo hacía. Otros domingos de sol remplazaban a los gladiadores por cristianos, una vez estaban en la arena, asustados y confundidos, soltaban tigres o leones a los que habían privado de comida en los días anteriores para aumentar su necesidad de carne fresca.

No logra recordar si es gladiador o cristiano. ¿Fiera? Es probable. No lo sabe. Tiene hambre y sed, no recuerda el sabor de la comida ni el alivio del agua. Ni siquiera sabe dónde está o cómo llegó allí. Le parece que alguna vez fue rey en una pradera verde que se extendía hasta más allá del sol. El recuerdo se desvanece con el rayo de luz que empieza a entrar por una puerta que se abre.

Las gente lo anima a salir, van a liberarlo, van a alimentarlo, por fin. Emocionado y curioso corre hacia la libertad. Se detiene en seco, la luz lo ciega por un momento. Sus ojos se adaptan, se encuentra en medio de un círculo de arena. Está en el circo romano. Al fondo un hombre de traje ajustado y luminoso saluda a la multitud. No recuerda si es gladiador, cristiano o fiera. Solo sabe que la batalla es injusta, está arreglada y al final de la tarde solo quedará uno en pie.