Errante

septiembre 17, 2019

La última vez que hice, por escrito, un inventario de mis temores vi cómo se acumularon sobre el papel y saltaron a mi cara. Entraron por los ojos, se abrieron camino hasta mis venas y de ahí a mi corazón. Escapé.

Soy ese que huye lleno de palabras que nunca sucedieron. Corro tan rápido que debo detenerme en los parques de la ciudad, tomo aire hasta que seco los árboles, paso las tardes viendo caer las hojas secas en un otoño provocado por mis pulmones anhelantes. Camino despacio y escucho el sonido de las hojas secas bajo mis pies. Las huidas no precisan de zapatos.

El reflejo de los charcos de la llovizna de las cinco de la tarde muestra a alguien que no conozco. Ese de las aguas estancadas es diferente del que fui en los espejos. Esa no es mi cara, esa no es mi voz, esa tal vez sea mi mirada que vigila, esas tal vez sean mis manos, esos son mis pies que me llevan de aquí para allá, esos tal vez no sean mis pies que nunca me traen, ese es mi corazón ya limpio de temores.

Esa es mi sombra, ese es el camino, este no es el final.

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Máquinas inútiles

septiembre 5, 2019

“Conservar el espíritu de la infancia dentro de sí para toda la vida quiere decir conservar la curiosidad de conocer, el placer de entender, el deseo de comunicar.”

Bruno Munari, artista italiano (Milán 1907 – 1998)

Una de los trabajos más conocidos de Munari es su obra “Máquinas inútiles” (Macchine inutili). Las máquinas inútiles, según la definición del artista, “no fabrican nada, no eliminan mano de obra, no ahorran tiempo ni dinero, no producen nada comercializable. No son más que objetos móviles de colores… Objetos para ser observados como se mira un complejo móvil de nubes después de estar sentado siete horas dentro de una oficina de máquinas útiles”

Encuentro tanta belleza y poesía en las máquinas inútiles de Munari, tanta humanidad. Son ese momento en el que bajamos el apuro para mirar un gato en una ventana, un balcón lleno de flores. El afán por la productividad ha hecho que dejemos de mirar al cielo, caminamos con los ojos en el piso, vemos sin mirar, perdidos en nuestros pensamientos cotidianos.

Las obligaciones y responsabilidades del día a día hacen que perdamos la mirada de la niñez, que como dice Munari, está llena de curiosidad y deseos de saber y entender. Me pregunto si mi afición por buscar la belleza en lo cotidiano no es otra forma de fabricar máquinas inútiles. Leer a Munari y conocer sus magníficas ideas sobre la creatividad me llevan a preguntarme por el papel de la mirada en el día a día, por la capacidad que tenemos para detenernos y descansar con la mirada en las nubes. Me pregunto si cada uno de nosotros tiene la capacidad de encontrar sus propias máquinas inútiles y con ellas un instante de regocijo sencillo, casi como volver a mirar con ojos de niño.

El fuego en la chimenea

agosto 27, 2019

—¿Vas a alimentar el fuego toda la noche?

Sonrió y siguió alimentando el fuego que había encendido en la chimenea de la cabaña. Apiló las ramas secas que había reunido ese día al lado de la chimenea, extendió una cobija en el suelo y me invitó a acostarme junto a ella. Apagué la vela y nos acostamos uno al lado del otro a ver cómo las sombras de los objetos de la cabaña bailaban en el techo y las paredes. De tanto en tanto se levantaba y agregaba una rama a la chimenea.

El ritual de la pregunta, el fuego y la cobija se repetía todas las noches desde esa tarde, faltaba poco para que se ocultara el sol, en la que la encontré sentada en los escalones afuera de la cabaña. De haber querido entrar lo habría hecho, la puerta no tenía candado ni cerradura, no era necesario. Era la primera persona que veía en los siete meses que llevaba en el bosque. Me contó la historia del bosque, de cada árbol y la invité a entrar.

Desde esa tarde me esperaba sentada en los escalones con un atado de ramas secas a sus pies. En su bolsillo de su vestido llevaba hierbas aromáticas silvestres para la sopa de conejo que yo preparaba en el fogón mientras ella cuidaba y alimentaba el fuego como si este fuera un niño al que deseaba ver grande y fuerte.

Cada mañana se internaba en el bosque y desaparecía durante todo el día hasta la llegada de la tarde. A veces veía su vestido rojo entre los árboles, nunca en los mismos sitios ni a la misma hora, apenas un destello rojizo veloz e inconfundible.

Una noche quise jugarle una broma y escondí las ramas que había reunido ese día. Se levantó de la cobija y caminó hacia la chimenea, palpó el suelo donde había dejado el atado. En ese momento comprendí la naturaleza de su relación con el fuego. Se giró y me miró a los ojos. Durante un instante toda la tristeza del mundo se concentró en su mirada y su cuerpo se deshizo en cenizas.

Desde ese momento paso las noches alimentando el fuego de la chimenea, tengo la esperanza de verla una tarde cualquiera sentada en la escalones de la cabaña.

Picnic entre amigos

julio 8, 2019

En esa época ignorábamos que esa suave ondulación se convertiría en una cordillera. Cuando la ondulación empezó a crecer y a convertirse en una pendiente hicimos unas cuantas llamadas y organizamos una reunión -un picnic- de amigos que habían dejado de verse para actuar como adultos. Algunos se habían metido tanto en su papel de personas importantes y productivas que dijeron cosas como “déjame revisar mi agenda y te aviso”, “ese día tengo una reunión importantísima con unos clientes potenciales”, “no tengo tiempo de nada, me ascendieron y por fin tengo la vida que había soñado solo que no puedo vivirla”.

Al final confirmamos asistencia quince personas entre amigos y amigas, sus parejas, hijos e hijas. También se unieron un par de perros que se pegaron al plan al sentir el olor a pan que salía de las canastas en las que llevamos la comida. Al llegar a la cima de la pendiente ya esta se había convertida en una pintoresca colina desde la que se veía el centro de la ciudad. “A esta colina le quedarían muy bien unos cuantos árboles”, dijo Simona, quien por lo general tenía ese tipo de ideas que mejoraban la vida de la humanidad y nunca tomaba crédito por ello. Ramírez, entusiasmado por la idea, se quitó la camisa y los pantalones y con ayuda de materiales reciclables que cargaba en una bolsita de tela improvisó un bosque que pronto se pobló de pájaros y de unos pequeños roedores autodenominados ‘clémisos’.

Para la hora del postre y el café llegaron a la cima del cerro unas personas muy importantes, se les notaba por la forma de hablar como si fueran los dueños del mundo y nos hicieran un favor al dirigirnos la palabra. Nos mostraron unos permisos oficiales llenos de sellos de dependencias municipales y nacionales de nombres tan largos que ocupaban varias hojas unidas entre sí con cinta pegante. Los permisos demostraban que eran los dueños del cerro y que tenían licencia para construir un condominio, un hotel, un centro comercial, talar el bosque, exterminar a los pájaros y a los clémisos, todo de manera amigable con el ambiente.

Empezamos el descenso contrariados y a la vez preocupados porque los perros expresaron su deseo de llevar el caso a los tribunales de la ciudad. De tanto en tanto mirábamos hacia arriba y veíamos a las personas muy importantes hacer cuentas de cuánto cobrar por metro cuadrado, cómo lograr exenciones en impuestos y contratar por la mitad del salario legal. Estaban tan ocupados que no notaron que el cerro ya no estaba solo sino que hacía parte de una cadena montañosa. La última vez que los vi se gritaban a través de las máscaras de oxígeno sin entenderse unos a otros. Al volver a la ciudad nos abrazamos y aseguramos que volveríamos a reunirnos.

El último enero

junio 6, 2019

En enero pasado los negocios de la calle principal fueron abandonados. Los primeros en irse fueron los Ibáñez, dueños de la única heladería del pueblo, las cosas se pusieron feas para ellos, para todos. Mi tía dejó de darme las monedas para el helado después del almuerzo, a mis amigos les pasó lo mismo. No volvimos a la heladería, empezaron a vender helados de agua apenas untada de leche. Además no era cualquier agua, porque el agua empezó a ser muy cara, era la de los pozos que quedaron cuando el río desapareció. Esa mañana madrugamos a meternos a los pozos con Joaco y Santa pare refrescarnos del bochorno de la noche, después de las diez de la mañana el sol es tan picante que la piel se ampolla y después de las cuatro de la tarde salen los mosquitos que transmiten la fiebre, tocaba aprovechar la mañana. Nos escondimos detrás de una piedra y vimos a don Ibáñez llenar de agua apozada las cantinas que antes llegaban llenas de leche de las haciendas de la sierra.

Mi tía y los demás adultos dejaron de hablar de los Ibáñez como si los hubieran olvidado apenas se asentó el polvo del camino detrás de su salida, aunque tal vez fue olvido por el calor,  respirar y pensar es difícil así estemos bajo techo. Primero dejó de llegar la leche, después la carne, al poco tiempo las frutas y verduras. Lo poco que se sigue produciendo es para las ciudades porque allá queda gente con plata para pagar las millonadas que vale ahora lo natural. Después de los Ibáñez se fueron los San Roque, los Domingo… casi todos. Cada noche se iba una familia, como si no quisieran que nadie los viera partir y para aprovechar las horas sin sol.

Mi tía también quiso irse, empacamos lo que podíamos cargar en las manos. Solo quedaba gasolina para la mitad del camino y el resto tendríamos que hacerlo caminando. La gasolina solo se consigue en las ciudades y a precio de oro. La noche que íbamos a partir el chevrolet no encendió, alguien le sacó la gasolina. Mi tía dijo, nos vamos mañana caminando apenas se oculte el sol. Ha dicho lo mismo todas las noches.

El tiempo se ha estirado como plástico derretido al sol, los días son largos y las noches cortas. Dormimos durante el día y salimos a buscar comida en la noche. Al principio nos ayudábamos con los vecinos que se quedaron, ahora son nuestra competencia. Algunas familias cazan los perros y gatos que vagabundean por los alrededores del pueblo. Ya se están acabando, como todo ahora, me pregunto si seguirán los viejos y los niños. Mi tía está cada día más flaca y débil y hace dos noches que no dice nos vamos mañana, ya algunos vecinos han empezado a merodear por la casa en las noches. No sé si vienen por ella o por mí.

La belleza

abril 25, 2019

Desde la ventana ve la Avenida Caracas. Las prostitutas de la 22 caminan de una esquina a la otra y de vuelta, los recicladores descargan bulto tras bulto frente a un local oscuro y de techo bajo, un muchacho joven camina con torpeza mientras huele un frasco de pegante. El semáforo cambia y los buses rojos de Transmilenio aceleran y llenan la calle de humo negro. Ella mira hacia arriba, hacia el pedazo de cielo azul que llena sus ojos.

Se acomoda con lentitud sobre la silla que acercó a la ventana para aprovechar el rato de sol que de tarde en tarde, cuando no llueve, entra por la ventana de su apartamento. Descubre con cuidado la cabeza del bebé, cualquier movimiento brusco puede despertarlo, la doctora dijo que debía darle baños de sol, era bueno para su evolución. Qué bonito suena eso, baños de sol. Repite la frase y sonríe.

El bebé, demasiado pequeño para sus seis meses, se estira y bosteza, parece que va a despertar, arruga la boca en ese gesto particular tan suyo antes de empezar a llorar y vuelve a acomodarse sobre el pecho. Ese ligero movimiento, como de mariposa al viento, es, sin embargo, suficiente para que la cánula que lleva oxígeno a los pulmones del bebé se mueva de sitio.

Con la facilidad de movimientos que solo se consigue con la práctica acomoda la cánula para que su bebé siga dormido al sol. Afuera un perro que camina al lado de una carreta de reciclaje ladra y mueve la cola ante la vista de medio pan que su dueño, tan hambriento y flaco como él, le comparte. Un perro bonito, mira, guaguau, dice la mujer en voz baja y besa al bebé en la frente.

Duerma cuando duerme el bebé, fue uno de los primeros y más repetitivos consejos que escuchó durante los últimos meses de embarazo. Sonríe y cierra los ojos, la luz del sol que cae directo sobre sus párpados se vuelve rojiza, cálida como un abrazo, como si viera su interior. Nunca antes se había dado cuenta de eso. Algo cambió desde que el bebé fue dado de alta, de repente se encontró inmersa en un mundo diferente. La belleza antes tan esquiva y escasa empezó a mostrarse frente a sus ojos en cada momento. Cuando la doctora dijo que el bebé sobreviviría algo cambió e inundó su cabeza. Ese mundo, lleno de sencillas maravillas, es el que quiere mostrarle a su hijo.

El cantante

marzo 28, 2019

Apila sobre el mostrador las monedas que logró reunir durante el día. Palpa la gabardina, llena de remiendos y casi transparente en los codos, hasta que está seguro de haber sacado hasta la última y más pequeña de las monedas que recibió por su acto.

El hombre tras el mostrador suspira y cuenta el dinero con la agilidad que le dan los veintiséis años de experiencia como dueño, administrador, recepcionista y conserje del viejo hotel del centro que acoge sin discriminación a quien quiera pasar una noche allí, sin preguntas, sin nombres, sin miradas vigilantes porque a algunos huéspedes no les gusta ser mirados y están dispuestos a emplear los medios necesarios para hacerlo saber sin dejar lugar a dudas.

-Le faltan tres mil, viejito, desocupe la pieza, hay gente que la necesita.

El hombre de la gabardina le jura que mañana al medio día tendrá lo que falta y suficiente para tres noches más, vea le aseguro que mañana sí será el día, tengo el presentimiento, no me saque que este frío me hace daño en la garganta, vea que hasta le compuse una canción al hotel, lo voy a volver famoso, ¿la quiere oír?

El hombre detrás del mostrador niega con la cabeza y le entrega la llave. Tuvo tiempo de revisar la pieza del hombre de la gabardina,  si no paga podrá “confiscarle” la maleta, la ropa y el estuche vacío de la guitarra que ya empeñó.

-Gracias, hermano, gracias, no se va a arrepentir.

El hombre de la gabardina entra a su pieza, se quita los zapatos y las medias, se masajea los pies adoloridos, estar de pie el día entero es más duro de lo que imaginaba, no le importa los sueños tienen un precio. Se para al lado del catre y hace los ejercicios para la voz que le enseñó el anciano de la iglesia. Mañana será el día, mañana sí lo van a apoyar, mañana lo van a descubrir y será famoso. Mañana, como todos los días desde que llegó a la ciudad hace tres semanas, se colará en los buses y cantará por monedas. De nuevo cerrará los ojos frente a los pasajeros de cada bus e imaginará que canta frente a una multitud que grita su nombre y corea sus canciones, recibirá unas cuantas monedas, por pesar no por apoyo a su escaso talento, y de nuevo no le va a importar porque estará cumpliendo su sueño de cantar frente a un público.

Dos postales sobre la dignidad

enero 9, 2019

Uno

Esa noche esperaba al cambio de semáforo para cruzar la Caracas y entrar a la estación de la calle cincuenta y tres. Pasé al lado de un hombre que escarbaba entre las bolsas de basura que los comerciantes de la zona habían dejado en la calle. Pasé a su lado y lo ignoré como si fuera parte del paisaje. Lo miré con detenimiento en el momento en que rompió un cristal contra el borde del andén. Para cualquier habitante de una ciudad el sonido de una botella rota a propósito es señal de alarma y esa vez no fue la excepción. Giré, listo para correr si era necesario y lo que vi me desarmó. El hombre había roto el pico de un frasco de loción y se echaba sobre sus ropas sucias, muy sucias, los restos de un perfume.

Dos

Los animales, al igual que los humanos, crean hábitos, rutinas que siguen día a día. Cerca a mi oficina hay un árbol pequeño en el que Moncho, mi perro, orina todos los días. Cerca a ese árbol duerme un habitante de calle. Un día de diciembre este hombre consiguió guirnaldas y cds viejos y decoró el árbol. Al ver que me acercaba con Moncho me pidió que no dejara que el perro orinara su árbol de navidad. Por supuesto accedí y durante todos estos días he mantenido a Moncho lejos de ese árbol. Esta mañana al pasar por ahí vi que el árbol ya no estaba decorado, se acabó la navidad.

***

Hay pequeños triunfos de la humanidad, hay una dignidad que ni siquiera la dureza de la calle puede arrebatar.

 

 

¿De dónde vienen las ideas?

noviembre 2, 2018

Vuelan libres por el cielo, juguetonas descienden y se posan en una que otra cabeza, como mariposas impulsadas por el viento. Algunas personas se sacuden aterradas al haber tenido un pensamiento propio —no saben la verdad, ni pueden imaginarla— y vuelven a la programación mental habitual que apenas contempla lo inmediato.

Otras sonríen y dejan que las ideas se abran paso en sus mentes, las acarician, las alimentan con sus experiencias, las ven crecer y cuando han madurado las dejan salir para que grandes, libres y fuertes vuelen, toquen otras cabezas.

Algunos aunque las dejan entrar las ponen cabeza abajo, les dan mil y un vueltas, las examinan desde todos los ángulos mientras se muerden las uñas, al final, aliviados las guardan en un cajón en el fondo de su cerebro donde no hagan (tanto) ruido.

Hay ideas traviesas que vuelan erráticas y esquivan la mayoría de las cabezas. Escogen a una persona al azar, juguetonas vuelan a su alrededor, apenas se insinúan, hacen que la persona elegida sonría, mire al vacío y es en ese momento en que se posan y llenan la menta. La mayoría de los elegidos por las ideas traviesas las acoge, se deja llevar por su imaginación y vive una vida paralela y opuesta a lo que muchas personas llama “lo normal” durante unos minutos; vuelve a sonreír y libera a la idea traviesa para que siga su vuelo. Sin embargo,  una minoría las acoge y las nutre, nunca las libera y las hace parte de su ser. Son ellos los que a veces salen en las secciones insólitas de las noticias.

La buena memoria también es un castigo

agosto 28, 2018

Por fin terminé la carta más larga del mundo, no por extensión, por tiempo. La empecé hace un año. La lluvia que caía por dentro la disolvió, la tinta escurría y se arremolinaba en las esquinas de la hoja. La chimenea quiso leerla, la aprendió de memoria.

Las palabras se escondieron bajo la almohada para contarme cada madrugada historias de futuros posibles y pasados imposibles. Fui desterrado del sueño, me arrullan los ronquidos del perro.

Hoy, en un impulso que todavía hace que mis manos tiemblen, cerré los ojos y escribí. Mal y poco. Puse la carta en el buzón y recibí un telegrama como respuesta.

Recordar cada palabra con su respectivo tono, reorganizar los días, las noches y las conversaciones, encontrar la palabra justa con su tono justo.

La buena memoria también es un castigo.