Archive for 21 febrero 2013

Sopa con pan

febrero 21, 2013

-¿Y qué? ¿Lo dejamos ahí?

-No sea güevón, ¿con este frío?

El anciano continuó en la misma posición en la que lo encontraron los policías, los codos sobre las rodillas, la cabeza sobre las manos. La chaqueta de pana que vestía y el pantalón de paño no eran protección suficiente para el frío de la madrugada. Gómez levantó la voz para hacerse oír por encima del ruido de los carros que pasaban veloces por la avenida:

-¿Cómo se llama cucho? ¿Dónde vive?

Aguirre se sentó en la acera al lado del viejo. Los tenis del anciano estaban rotos, en el derecho se veía un pedazo de pie descubierto.

-Fresco Gómez, váyase.

Gómez no disimuló el alivio que sintió al escuchar estas palabras, se despidió y caminó hacia el sur en dirección a la parada de buses, aun podría tomar el último. Aguirre tomó del brazo al anciano, con suavidad lo levantó. Adaptó su ritmo al paso vacilante del anciano. Caminaron tomados del brazo hasta una cafetería 24 horas. Pidió una sopa con pan para el viejo y un café negro para sí. El anciano se tomó la mitad de la sopa, la otra mitad la regó sobre su ropa y sobre la mesa. Aguirre lo limpió, partió el pan en pedazos muy pequeños y uno a uno se los dio en la boca.

-Gracias mijo-. Aguirre evitó la mirada del anciano y lo ayudó a ponerse en pie.

Con delicadeza, Aguirre lo ayudó a bajar del taxi. Extendió el sofá cama y le puso sábanas limpias. Acostó al anciano y se encerró en su cuarto. No sería por mucho tiempo, además le hacía falta cuidar de alguien.

Mientras suena:

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Ahí, entre el cactus y el portarretratos

febrero 11, 2013

Envuelta en la toalla camina con lentitud desde el baño hasta su cuarto. Sabe que el vecino del sexto piso la mira. De reojo alcanza a verlo con su taza de café.  Levanta unos centímetros la toalla y le muestra sus nalgas. “Ojalá la esposa lo descubra”, lo imagina con la respiración acelerada, tal vez escupa el café y mire a los lados nervioso.

Sobre su cama está extendido su uniforme, falda de cuadros, saco rojo, medias blancas. Deja caer la toalla y se examina en el espejo colgado detrás de la puerta de su cuarto. Tuerce la boca y arruga la nariz al ver sus pezones endurecidos. Sin mirar su reflejo de nuevo envuelve sus senos en una tela elástica, aprieta con fuerza la faja improvisada. La ha utilizado desde hace cinco meses. Una mañana un hombre de traje, corbata y maletín la siguió las tres cuadras que separan el edificio en el que vive del sitio en el que la recoge el bus del colegio. Durante esas tres cuadras el hombre le explicó con detalles todo lo que le haría. Puso un énfasis especial en todo lo que quería hacer con sus senos. Ese día no entró a la primera clase, se quedó en el baño parada frente al espejo sin parpadear hasta que dominó las lágrimas.

Al lado del computador, entre un cactus y un portarretratos hay una imagen de la virgen. La toma en su mano y la acerca a sus ojos. Hace muchos años dejó de sentir el escalofrío que recorría todo su cuerpo cada vez que veía a la virgen. Estaba convencida de que ese estremecimiento era una clara señal de su vocación religiosa. Los viernes, a la hora de la salida, sor Teresa la llevaba aparte y le enumeraba las cualidades por las que ella sobresalía y que sin duda alguna presagiaban que ella estaba llamada a unirse a la comunidad. La euforia de sentirse diferente a sus compañeras, especial, elegida entre muchas, le duraba hasta que se quedaba dormida. Las pesadillas sobre su vida como monja no le permitían descansar durante todo el fin de semana. Un viernes se puso a llorar frente a sor Teresa, le contó sobre las pesadillas y le confesó que no quería ser monja. Todas las cualidades que la hacían tan especial, tan sobresaliente, de una semana a otra se convirtieron en defectos con los que daba un pésimo ejemplo a sus compañeras.

Amarra fuerte sus zapatos y peina su pelo aun húmedo. Por el reflejo del espejo ve la avenida. Un taxi pasa veloz y toma la vía que sale de la ciudad. Dos meses atrás convenció a sus amigas de no ir al colegio, tomar ese mismo desvío y pasar el viernes en el pueblo de casas de techos rojos y puertas de madera pintada de verde. Tomaron aguardiente desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde. Le gustó el aguardiente, le gustó la sensación de cercanía con sus amigas producida por la borrachera. Prometió a su papá que se portaría bien, que sería “una buena hija de María”, aunque al decir eso tuvo que morderse la lengua y mirar al suelo. Recuerda a su vecino, ojalá la esposa lo descubra, tal vez mañana camine más despacio y deje caer la toalla.

Mientras suena:

Bajo la puerta

febrero 7, 2013

“No está solo”. Una sola línea escrita con bolígrafo de tinta azul, trazos firmes y regulares. Mientras dejaba el abrigo en el perchero imaginó que una de sus vecinas, tal vez la del apartamento del final del corredor, se había deslizado con sigilo y había dejado esa nota bajo su puerta. Tal vez, ella al ver su timidez, que tan bien disfrazaba de formalidad, decidió acercarse empleando el truco de la nota anónima. Pero eso dejaba un problema. En realidad dos, como nota anónima de acercamiento era muy pobre aunque cumplía muy bien si el objetivo era provocar su curiosidad. De otro lado, era la letra de un hombre.

El primer sorbo de café era siempre el mejor, alejaba el frío y sentía con claridad como la energía volvía a su cuerpo. El segundo sorbo lo dedicó a pensar en la nota. Se preguntó a qué se refería. Era evidente que estaba solo. Cama sencilla, estufa de dos fogones, cuatro trajes con sus correspondientes medias, corbata y zapatos; de los que cuidaba con esmero cada dos semanas. Observó su apartamento con detenimiento. El apartamento de un hombre solo. Tal vez la nota se refería a otro tipo de compañía, tal vez había otra persona en sus mismas condiciones y quería decirle que lo acompañaba en su forma de vivir.

Durante el tercer sorbo recordó cómo durante la última junta de habitantes del edificio se enfrentó a la administradora. El descuido en el mantenimiento de la fachada, por no hablar del interior, era evidente. ¿Dónde estaba invertido el dinero que él y los vecinos pagaban antes del décimo día de cada mes? Tal vez era eso. Uno de sus vecinos quería expresarle solidaridad, sin duda estaba de acuerdo con él. Una nota anónima de apoyo a su causa era muy sospechosa. Significaba que su enemiga era poderosa, los demás vecinos temían enfrentarla a cara descubierta. Debía andar con mucho cuidado.

Al terminar el café se desnudó, dobló el traje y lo dejó sobre una silla. Apagó la luz y se metió bajo las cobijas. Entendió el significado de la nota cuando sintió unas manos heladas que le cubrían nariz y boca, un aliento putrefacto que se acercaba a su cara, y unos colmillos que se hundían con facilidad en su cuello.

Mientras suena: