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No hagas locuras Susana

octubre 19, 2012

La abuela sabe que subo al zarzo todas las tardes, que me importa un comino si se mancha el vestido. El zarzo tiene una ventana redonda por la que entra la luz de la tarde. La casa está ubicada de manera tal que en la mañana el sol cae sobre el jardín donde la abuela cultiva flores y plantas ornamentales. En la tarde, el sol cae sobre el patio donde está la huerta con los cultivos caseros de ajo, manzanilla y papa. El abuelo dijo un día que debería dejarme el pelo largo y ayudar más a la abuela. Le respondí que para pelos largos estaban todas las mujeres del pueblo, que mi educación era otra y que la abuela estaba de acuerdo y me apoyaba. Esa noche los escuché discutir hasta tarde. Sé que al abuelo le da miedo que me escape como papá. A la noche siguiente llegó con mapas, libros, un cuaderno de tapas de cuero y hojas blancas, una pluma nueva y tres frascos de tinta. “No hagas locuras Susana”, dijo mientras me revolvía el pelo como seguramente hizo con papá cuando tenía mi edad. Siempre me dice lo mismo.

En el zarzo leo y escribo hasta que el sol desaparece. Dentro de poco necesitaré otro cuaderno de tapas de cuero. No he vuelto al pueblo. La última vez que bajé fui a hablar con el maestro de escuela, le pedí que me dejara tomar clases. Respondió que eso no era para mujeres. Se dio la vuelta y me dejó con la palabra en la boca. Sentí tanto coraje que le robé el frasco de vidrio donde guardaba la culebra a la que llamaba Romelia. Los niños de la escuela decían que la culebra era su esposa, que una bruja la hechizó. A semejantes bárbaros el maestro da clases. Los animales deben ser libres, así que liberé a Romelia en el patio de la escuela y conservé el frasco.

Faltan tres dedos para llenar el frasco. La abuela me ha ayudado con la mitad. El resto lo he ganado escribiendo cartas de amor para los muchachos de la mina. Ojalá las chicas del pueblo nunca sepan quién las está enamorando con cartas perfumadas que les llegan puntuales los domingos en la tarde. Ojalá el abuelo nunca sepa quién tiene su frasco de agua de colonia. Si todo sigue como hasta ahora, en ocho meses estaré tomando un tren que me llevará hasta el puerto. De ahí tomaré un vapor que me dejará en la ciudad. De ahí en adelante todo dependerá de mi buena fortuna. Calculo que en dos años estaré de regreso. Si todo sale bien, encontraré a papá quién seguramente ya habrá encontrado a mamá  “No hagas locuras Susana”, me parece escuchar al abuelo. No sufras abuelo, voy a volver y con mamá y papá, uno de cada brazo. Ya verás. La abuela te cuidará bien.

Mientras suena:

Un siete de diamantes

octubre 4, 2012

Un siete de diamantes como marcador de libros. “¿Por qué no usas uno de verdad? Eso debe significar algo, tal vez no te tomas los libros en serio”. No dice nada, no explica nada, no le interesa esa conversación, ni ninguna otra, está convencido de que la gran mayoría de la gente no entiende las pequeñas razones que dan forma a los hábitos. Explicar hábitos requiere intimidad, al menos confianza, algo que conecte dos miradas sin juegos de poder, sin vencedores ni vencidos, nada de mensajes telepáticos de una pupila a otra; es mejor cuando se comparten tardes de domingo en las que el sol entra oblicuo por la ventana porque son las cuatro de la tarde y la angustia del domingo aun no toma forma de aburrimiento; pero no así, no.

Observa el siete de diamantes en manos ajenas,  son unas manos bonitas, bien cuidadas. Se pregunta si el esmalte en perfecto estado y el esfuerzo por entablar conversación, por hacer preguntas que suenen a medio camino entre interesantes y coquetas; forman parte del mismo plan. Desvía la mirada hacia la ventana, observa a Bicho tomar el sol acostado boca arriba. Trata de concentrarse en el gato, “dame la carta”, dice sin mirarla y estirando la mano. Hay cosas que otras personas no deberían tocar.

Abre el libro y continúa leyendo, el sol de la tarde es perfecto para leer en silencio. Las palabras pasan unas junto a las otras, forman frases que no llegan a ningún lado. Sin darse cuenta acaricia el siete de diamantes y recuerda otra tarde soleada en la que rió sin parar durante horas observando a una maga aficionada hacer truco tras truco. Recuerda que esa tarde se robó un beso, un polvo y un siete de diamantes. Hay cosas que llegan para nunca irse.

Mientras suena: