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Última noche en Pompeya

marzo 31, 2017

¿Dónde guardaste el sol anoche que no lo encuentro? Ya miré por la ventana, sobre las nubes, detrás de las montañas, en la quebrada, bajo la cama y en los charcos de la calle, ¿está en el mar, como esa tarde en la que lo vimos esconderse desde la playa de piedras negras?

Otra vez has caminado en sueños, es por eso que no lo encuentras. Vuelve a la cama y cubre tu cabeza con las sábanas, las almohadas y todas las palabras que conoces, cuando acabes lo encontrarás donde lo dejamos anoche.

Bajé por el olivo y le pregunté al pájaro de ojos amarillos si lo había visto, le pedí que fuera al cielo y lo buscara, me miró con uno de sus ojos encendidos y escondió la cabeza bajo un ala. Tampoco quiso prestarme sus alas, ni sus ojos de fuego que atraviesan paredes, tal vez el sol está con mamá, tal vez la calienta en su cama en la piedra.

Cierra los ojos y cuenta desde tres hasta jirafa, así como haces cuando tus amigos, reales o no, se esconden en la casa hasta que la luna nos ilumina en el patio y hallamos al último de ellos subido en la última rama del cerezo florecido.

Olvídalo, ya recordé. Anoche vi cómo se escondía en el volcán quien furioso escupe sin parar nubes grises. Abrázame fuerte que no volveremos a caminar en sueños, abrázame fuerte que ya casi sale el sol, abrázame fuerte que no volveremos a verlo.

 

Las nubes interiores

marzo 21, 2017

Una vez más la ventana se ha transformado en un espejo. El cielo gris y la cortina de agua no permiten ver hacia afuera. Será otro de esos días en los que solo es posible mirar hacia el interior. Desde el vidrio un hombre lo observa, el pelo revuelto de tantos giros en la almohada, las cejas se juntan en su frente en un gesto que se ha vuelto permanente, los ojos oscuros, opacos cuando está en soledad.

Afuera llueve hace tres días, adentro empieza a llover solo hace media hora. Las nubes interiores se empezaron a formar en el momento en el que dejó salir los pensamientos y las sensaciones. Llevaba dos semanas viviendo fuera de su cuerpo, observando su vida desde un punto exterior. Regresó en la noche anterior, una película italiana lo hizo volver, necesitaba estar en su cuerpo una vez más para pensar con calma.

La melancolía dejó de ser ajena y prestada, se hizo propia, real, palpable en forma de cama revuelta tras una noche en blanco, de barba descuidada, libros empezados y abandonados, caminatas interminables a ningún lado y blues a bajo volumen.

El hombre de la ventana no le quita los ojos de encima, hace mucho no veía a su gemelo rodeado de nubes interiores, quisiera palmearle la espalda y decirle que todo estará bien, lo único que puede hacer es indicarle con los ojos la taza de café que humea en sus manos, toma un sorbo y las nubes empiezan a reducirse. Pronto saldrá el sol.