Archive for 26 octubre 2009

Apartamento

octubre 26, 2009

A propósito de Halloween, un cuento escrito hace un buen tiempo.

-Por la libertad- dijo alzando su cerveza. Todos sus amigos, asistentes a la inauguración oficial de su primer apartamento alzaron las suyas riendo y gritando. El alcohol había corrido desde las 5.17 de la tarde, momento en el que se cerró la puerta dejando adentro todas las cajas y maletas en las que había empacado sus 24 años de vida. -Oigan son las 11 ya- dijo una rubia flaca de pelo crespo y cerveza en mano que respondía al nombre de Catalina y que debía cerrar un ojo para poder enfocar la pantalla del celular donde veía la hora. Pidieron 5 cajas de pizza, todas de pollo con champiñones. Los últimos en salir fueron Checho y Natalia, querían inaugurar a su manera todo el apartamento, es decir un cuarto, una salita, un baño y una cocina. El entusiasmo solo les permitió inaugurar cocina y salita, cuando iban por el baño decidieron que querían únicamente abrazarse, despedirse, dormir y dejar dormir.

“Por fin algo solo mío”, pensó en medio de la bruma de la borrachera, mientras se tiraba en el colchón que al día siguiente haría parte de una cama. Despertó dos o tres veces, un niño muy pequeño no dejaba de llorar, una mujer, tal vez la madre del niño decía -por favor duerme, cállate déjame dormir-.

Hubo varias señales, pero él se empecinaba en ignorarlas, como por ejemplo que no hubiera madres con niños pequeños en todo el edificio, que cada noche llorara más fuerte el niño, que la madre desesperada llevaba varias noches amenazando con matarlo si no dejaba de llorar. Debe ser en el edificio de al lado (sí claro el de oficinas, decía una vocecita en su cabeza), bueno el del otro lado (sabes que no, proseguía la vocecita), debe ser mi imaginación, no estoy acostumbrado a estar solo, pensaba cada noche antes de dormir, sabiendo que despertaría dos o tres veces por el niño que lloraba y su madre que lo iba a matar si no se callaba.

-Fue tu imaginación Lu- le dijo mientras trataba de calmarla -¡no!- gritaba ella, -ahí estaba y el bebé también, ahí, ahí en el baño-. Goticas de saliva volaban en todas direcciones mientras gritaba histérica. -Me voy- dijo Luisa- no voy a pasar la noche acá, vámonos por favor, te lo ruego.
-Estás histérica- le dijo él- cálmate y tratemos de dormir, ven no te vayas, ven… -le gritó a la puerta que se cerraba. Al pasar frente al baño vio la puerta entre abierta, y la sombra de una persona sentada en la taza meciéndose. Su corazón se desbocó producto del miedo más intenso que habría de sentir en toda su vida. Corrió hasta su cama y se cubrió totalmente temblando. Pasos pesados llegaron hasta el lado de su cama. -Tuve que hacerlo, no podía más, no podía, me iba a enloquecer- dijo la mujer parada al lado de su cama. -Tuve que matarlo, tuve que matarlo, tuve que matarme, tuve que matarme- decía una y otra vez. -Dejó de llorar, míralo- dijo mientras empezaba a correr la colcha que cubría su cabeza. Supo que esos tres segundos, eran los últimos que le quedaban de cordura, supo que iba a enloquecer irremediablemente en cuanto viera a la mujer que trataba de mostrarle a su hijo muerto.

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Café en mano

octubre 21, 2009

Siempre hace frío en esa ducha. Si por un momento usted se sale del chorro de agua caliente, se congela. Ese frío es ocasionado por el blanco níveo de las baldosas que cubren toda la superficie del baño. El viento helado que entra desde el patio y se mete por debajo de la puerta no tiene nada que ver. No. Son las baldosas. Son de un blanco imposible, demasiado cercanas a la nieve, demasiado ajenas a los cincuenta años de esta casa. Con toda la fuerza de las dos manos cierro la llave de la ducha. Sin embargo queda goteando. El ruido de una gota eterna le molestará, todo le molesta últimamente. Todo es una razón para un pero, para un reclamo. Me pasa igual. Nada me satisface. Todo me molesta. Somos cobardes. Colores, flores, tardes soleadas, todo eso se terminó, los años supongo, o los silencios llenos de reproches, no sé. Cobardes. Se nos pasaron los años y nada fue como quisimos sino como pudimos. Cobardes. Un punto final que hace mucho debió ser escrito y que ninguno fue capaz de poner. Esperando algo del tiempo. Esperando algo del otro. Esperando un milagro. Esperando. Sin actuar. Sin tomar riesgos. Sin decir adiós. Toalla en la cintura, agua cayendo desde la cabeza, café en mano. Adiós para siempre, a buscar los años perdidos.

Mientras suena: Serenata rap. Jovanotti.

Martes

octubre 15, 2009

Sol y lluvia. Ciudad Bipolar como decía la vieja que tenía media cabeza rapada y media cabeza llena de un pelo rubio de comercial, esa a la que nadie le hablaba directamente pero todos la miraban y mirábamos, y le hacían comentarios indirectos mientras la miraban de reojo y la vieja respondía siempre con tan un humor tan bueno, tan negro, que cada vez que abría la boca algo pasaba en esa clase y se desataba una carcajada general, discusiones imposibles, teorías enloquecedoras, textos infernales, retratos angelicales. Terminaba la clase y  siempre el mismo grupo la esperaba, crestas, pantalones apretados, taches, botas, risa, cerveza, camisetas blancas… martes en la tarde para siempre, calles encharcadas, sol que quema, Ciudad Bipolar, la rubia fumando y con un movimiento de la cabeza se despide, camina perdiéndose en un martes ya muy lejano.

Mientras suena: All screwed up. The Ramones.

Viernes

octubre 5, 2009

Siete de la noche de un viernes lluvioso. No entiendo porque la gente corre cuando llueve. Los he observado en sus frenéticas carreras y no sirve de nada, es casi como si corrieran al encuentro de la lluvia. Tal vez es eso lo que  quieren, tal vez no escapan de la lluvia sino que corren hacia ella. Un anciano se sube al bus. Empieza su letanía y nadie lo escucha, la misma historia tantas veces escuchada. En medio del ruido de las conversaciones y la pésima música alcanzo a escuchar que va a recitar una poesía. Interesado lo miro detenidamente. Barba larga de esas que toman años en crecer, es una barba perfectamente cuidada, sombrero de fieltro, traje de paño, ojos cansados, como si hubieran visto el mundo entero. Desvío la mirada, y el anciano empieza a recitar. Lo hace en un inglés de acento británico perfecto. Las conversaciones se detienen, la música pésima para. Durante cuatro minutos es el centro de atención de las cuarenta personas que tiritan de frío dentro de un bus viejo. Termina haciendo una ligera inclinación. La gente está muda, admirada. Aplaudimos como si lo hubiéramos ensayado. Revolvemos los bolsillos buscando monedas para el anciano. Alguien le pregunta dónde aprendió ese inglés tan bonito, con esa voz tan profunda que nos hipnotizó durante cuatro minutos. El anciano sonríe, es una sonrisa cansada, una sonrisa sin alegría. Solo menea la cabeza y encoge los hombros sin responder. Se baja y se pierde en una calle oscura. Lo sigo con la mirada preguntándome si alguna vez conoceré su historia.

Mientras suena: Sunday morning. Velvet Underground.