Cerró el libro lentamente. Miró por la ventana tratando de esconder las lágrimas que empezaban a acumularse y a buscar una salida. Sacudió la cabeza pensando que no entendía muy bien porqué lloraba.
Un mes llevando una doble vida. Una llena de dolores y limitaciones. Se daba ánimo recordando que la recuperación sería dolorosa y frustrante pero que no dejaría mayores secuelas. Tal vez un dolor en su pierna izquierda los días de lluvia. Tal vez. Aun era pronto para saberlo. Otra llena de emociones. En otro sitio y en otra época. Lejos en el tiempo y en el espacio. Muy lejos. A veces no quería regresar. Sin embargo tarde o temprano regresaba. Sonrió pensando que cada vez regresaba más tarde. Observó lo que le faltaba y suspiró resignada. Dentro de poco no viajaría más. Dentro de poco habría un último regreso.
Tomó lápiz y papel. Conmovida escribió una carta. Una carta de agradecimiento. Recordó que estuvo un buen rato palpando el tosco papel en el que iba envuelto el paquete. Un papel diferente, un papel que solo a él se le ocurriría utilizar para envolver un regalo. Tres días después del accidente él dejó el paquete sobre la cabecera de su cama. Sabía que cuando la dieran de alta y regresara a casa, sería lo primero que vería. Se estiró y trató de acomodarse mejor, a veces no había forma, una sola y permanente incomodidad independiente de la postura que adoptara. Suspiró y siguió recordando, al abrir el paquete una nota cayó sobre sus piernas. “Mucho mejor que la máquina del tiempo que algunas vez soñamos”. Nada más.
Sonrió y se dispuso a seguir viajando, abrió el libro y continuó leyendo.
Mientras suena: You’re my star. Stereophonics.