Receso

enero 13, 2012

“Por partes” entra en receso de dos semanas por vacaciones.

Pronto volverá a su programación habitual.

Mientras suena:

Empanadas rellenas de papa

enero 3, 2012

Sale  de la estación, en su reproductor suena la lista llamada “Para caminar”. Cinco cuadras separan el edificio donde vive de la estación. Le gusta esa corta caminata, las calles son amplias y rodeadas de árboles. Antes vivía en un barrio gris que la deprimía. Camina y llega a su cuadra favorita, llena de casas gigantes y viejas con jardines bien cuidados. Le gustaría vivir ahí. Por ahora está feliz en su pequeño apartamento.

Lo que más le gusta de su nuevo apartamento es el local de empanadas rellenas de papa del primer piso. Las empanadas más ricas que ha probado en su vida preparadas por la misma viejita dulce que atiende. “¿Qué va a llevar mijita?” dice cada vez que la ve entrar. No le gusta entrar cuando está solo el hijo de la anciana. Y no es por su coqueteo descarado, sino por la mirada huidiza que sin embargo siente muy clara clavada en su culo.

Recuerda que dos noches atrás entró al local que desde afuera parecía vacío. La anciana no salió a recibirla como de costumbre. Se quedó sentada mirando al vacío sin notar su presencia. Al lado opuesto estaba su hijo, mirando por la única ventana. No parpadeaba, apretaba los puños apoyados sobre una mesa. Esa noche el “mijita” sonó diferente, tenso tal vez, apagado probablemente. Distinto. Pidió dos empanadas para llevar y una coca cola.

Pasa frente al local de empanadas. El hijo de la anciana está atendiendo solo, sigue de largo sintiendo su mirada clavada. “Arroz con atún” piensa mientras sube las escaleras. Come mientras escucha la banda sonora de su película favorita. Pronto se queda dormida. Un ruido monótono y repetitivo la despierta. Alguien está martillando. Mira su teléfono móvil, la una y tres minutos de la mañana. Histérica se levanta y llama al vigilante. Pronto se detienen los martillazos. Busca el lado frío de la almohada, no puede dormir, gira una y otra vez hasta que suena la alarma.

De nuevo ve al hijo de la anciana, está solo. No hay rastros de ella. Pasa frente al local y mira al hombre fijamente. Ya empieza a perder el pelo, lleva una barba de tres días, un pantalón arrugado y una camisa sucia. Parece en verdad solo, muy solo. Sus miradas se enfrentan por un segundo, él baja los ojos y hace tronar sus dedos. Sube a su apartamento y se acuesta sin comer. Duerme por ratos, se despierta varias veces, tiene pesadillas que no consigue recordar al despertar. Una y siete minutos de la mañana. Un martillo golpea sin parar. Aguza el oído. Es en la pared en la que está apoyada la cabecera de su cama. Más asustada que furiosa llama al vigilante. Le pregunta por el vecino desconsiderado. “Ahí viven don Joaquín y la mamá. Los de las empanadas”, responde con voz somnolienta. Un escalofrío baja por su espalda. Se acuesta de nuevo. Sueña que está acostada en un ataúd, un hombre (de camisa muy sucia) clava la tapa sin importarle que ella está viva.

No lo soporta más. Lleva dos semanas escuchando que martillan en el apartamento de al lado. Hace dos semanas desapareció la anciana. “Ni mierda”, piensa, y decidida entra al local dispuesta a enfrentar al hijo de la anciana. Le pregunta por ella. “No se puede levantar”, responde mientras se encoge de hombros y disimula una sonrisa. Por un momento levanta los ojos. Es ahora ella quien baja la mirada. No puede enfrentar esos ojos.

Ni siquiera trata de dormir. Sabe que aún quedan dos horas para que el hijo de la anciana cierre el local. Tiempo suficiente para entrar en el apartamento y rescatar a la vieja. Llora adolorida. Al cuarto intento la puerta cede a su peso. Agradece más que nunca vivir en un barrio antiguo. Camina despacio, mientras sus ojos se adaptan a la oscuridad. “Huele a anciano”, piensa mientras recuerda el olor del cuarto de su abuelo. Sus piernas tiemblan, siente que le cuesta respirar, solo escucha el fuerte martilleo de su pecho. Se dirige al cuarto que limita con el suyo. Se prepara para el horror. No sabe qué puede encontrar. Vacío. La cama destendida, un fuerte olor a orines invade su nariz. Gira para huir. Sonrientes avanzan hacia ella la anciana y su hijo. “Te dije que sería tuya bebé”, dice la anciana mientras levanta un martillo.

Mientras suena: 

Veintisiete parejas más

diciembre 26, 2011

Limpia la tierra que rodea el palo de rosa que acaba de plantar. Se limpia el sudor de la frente. Mira el reloj. Últimamente pasa más tiempo en el patio que en su lugar de trabajo. Se lava las manos con lentitud y meticulosidad. Deben estar perfectamente limpias. Camina hasta el cuarto oscuro, ya es hora de salir a trabajar.

Saco de paño, corbata a juego con la camisa, sombrero de fieltro. Cámara al cuello. Su forma de vestir no ha sufrido mayores variaciones en los últimos cuarenta y tres años. Se pregunta si ese apego a una forma determinada de hacer las cosas es la clave de su, cada vez más fuerte, sensación de anacronismo. Camina a paso ligero las cinco cuadras que separan su casa de la enorme plaza llena de turistas, funcionarios y palomas.

Saluda a sus colegas con una inclinación de cabeza. Cada vez son menos, cada vez queda menos trabajo, cada vez están más viejos. Solo quedan cuatro en la plaza. Hace treinta años había trabajo suficiente para nueve de ellos. Quisiera ser práctico y culpar a la tecnología. Pero no puede. Observa a su alrededor. Tres parejas. Muy pocas. Cuando empezó en su oficio eran muchas más y sonrientes accedían a ser retratadas. No es la tecnología la que está acabando con su oficio, es la escasez de amor.

Camina entre la horda de turistas, busca parejas para retratarlas, son su especialidad y está seguro de que sus fotos les traen buena suerte. Prepara la cámara y enfoca, hace cuentas. Va a preparar una exposición, la primera y última. Veintisiete parejas más y se retira.

Mientras suena:

Al menos unos días más

diciembre 11, 2011

Deja las botas amarillas en la entrada. Se quita las medias y camina descalzo. Pisa fuerte y sus pasos retumban contra los listones de madera brillante. Pasa por la cocina, sirve una taza de café y toma un pan. Camina hasta la ventana y se para en el rectángulo que forma la luz del sol. Le gusta sentir el sol en los pies. Es bueno ver el sol de nuevo. Hace tres días no llueve. Tal vez eso ayude a que las cosas cambien.

Toma un sorbo de café y muerde un trozo de pan. Desde su ventana domina el panorama de un parque abandonado en el que juega un grupo de niños. Siempre soñó con vivir en una casa cerca a un parque. Mira a la izquierda, una torre de apartamentos se ha quedado a medio camino. Nunca la van a terminar. Las revueltas y disturbios cambiaron todo. Trata de recordar su vida anterior, parece muy lejana, como si perteneciera a otra persona. Le gusta lo que hace ahora. Se maravilla al observar como la gente continúa riendo y sufriendo por las mismas cosas. Tantas cosas cambian pero la base del ser humano es siempre la misma.

Suena el teléfono. En un reflejo aun no olvidado lleva su mano izquierda al bolsillo del pantalón del mismo lado, ríe al recordar que los teléfonos móviles son ahora cosa del pasado, corre hasta la pared donde está clavado el viejo teléfono de disco que ha vuelto a ser útil. “Que sea ella” piensa mientras levanta el auricular, no tiene mucho tiempo para sentir decepción, hombre maduro, edad aproximada cuarenta y cinco – ciencuenta años, camiseta verde y jean, armado, inestable, amenaza con disparar a su familia y suicidarse. Memoriza los datos que dispara velozmente la voz en el teléfono. Cuelga y en un ágil movimiento se calza de nuevo, se pone la chaqueta, también amarilla, que hace juego con las botas. Corre mientras se deja llevar por el pensamiento que por un momento cruzó su cabeza antes de responder el teléfono. Piensa en su ‘flaca’, recuerda la manera inverosímil como se vieron por primera vez en un aeropuerto. Sabe que es afortunado. Sabe que tiene algo que muchos otros han perdido. Piensa en el hombre que está a punto de matar a su familia, uno más de los que despiertan sin razones para continuar. Se promete convencerlo, o al menos darle unos días más piensa con crudeza. Repasa el diálogo que debe decirle al hombre armado. Todos los de su escuadrón dicen las mismas palabras, sin embargo él es quien más personas convence. Él tiene una motivación que los demás no, es afortunado. Acelera el paso. Ojalá pueda convencerlo.

Mientras suena:

Análoga y a mano

noviembre 30, 2011

La luz de las cinco de la tarde es su preferida. Por una lado, le permite escabullirse de las miradas indiscretas; por otro le da a las objetos un aire de nostalgia, como de algo que se acaba, algo que no va a volver, que lo conmueve.

Empezó como una travesura, la primera. Su excelente historial, sus buenas notas, las felicitaciones que recibía de sus profesores, el orgullo de su familia por sus “logros”…nada, una gran nada. Le dio la vuelta a lo que los demás consideraban su identidad cuando sucedió lo de su tío. El que le regaló la cámara con la que ahora retrata objetos a las cinco de la tarde. Ese al que nadie en la familia le hablaba. Al que abandonaron. Nadie más fue a su entierro. Solo él. “Tome pelao” le dijo y le dio un estuche con su amada cámara adentro. “En el cajón de arriba está el manual”, terminó y señaló con la cabeza la cómoda que estaba frente a su cama. Entendió que esa era la despedida.

Tres cuadras más abajo el reloj de la iglesia da las cinco. Salta la tapia y entra a la casa. Lleva abandonada siete meses. Todo el primer piso está debidamente documentado. Fotos y anotaciones en un cuaderno rayado que se cierra con una banda elástica. Le gusta escribir a mano. Le gusta la fotografía análoga.

Hoy se dedicará al cuarto principal, el más grande del segundo piso. La luz es perfecta para retratar la butaca de madera carcomida, el brazo de muñeca de plástico y la porcelana rota del perro frente al niño. Sube despacio las escaleras. Observa las huellas de sus zapatos en el polvo acumulado. Su corazón late acelerado, sabe que se calmará cuando se concentre en buscar los mejores ángulos.

Escucha el ruido de la patrulla al llegar. No le importa, ya le ha pasado. Se toma el tiempo para hacer la mayor cantidad de trabajo posible. El policía que lo busca ya lo conoce. Han tomado Coca Cola con chocorramo. El agente lo mira desde la puerta del cuarto meneando la cabeza. Lo deja tomar la mayor cantidad de fotos hasta que la luz natural desaparece. Bajan juntos en silencio. Sabe que dentro de la patrulla el policía tratará de hacerlo “entrar en razón”, que vuelva a estudiar, que haga algo “de provecho”. Él solo mirará por la ventana. Se bajarán en la panadería, comeran lo de siempre y luego lo dejará cerca a su casa. Un día igual al anterior e igual al siguiente. Nada, una gran nada.

Mientras suena:

Calentado y café con leche

noviembre 21, 2011

Hace tanto sol en el patio que al entrar al cuarto de piso de madera todo lo ve azul. En una butaca de madera rústica hay una bandeja. Sobre la bandeja hay un plato con calentado hecho de pega, pasta del día anterior, papas picadas, carne cortada en trocitos. Café con leche y un pan. El olor de la comida entra a raudales por su nariz, le gusta oler lo que va a comer. Se le hace agua la boca. Come a grandes bocados, masticando muy rápido, tiene afán por volver al patio. La batalla de soldados de plástico está en un punto clave, aun no se sabe si gane el ejército negro o el ejército verde. La batalla debe terminar pronto. El campo de guerra dentro de poco será ocupado por cajas que el abuelo va a bajar del desván. La abuela sacará los muñecos del pesebre y los pondrá a lavar en un balde con agua y jabón. Ya sabe como funciona el ritual. Después llegarán los tíos, los que aun no se han casado, y armarán el árbol y el pesebre. Su labor consiste en ayudar a secar los muñecos, separar los rebaños, alistar un soldado y cuando nadie esté mirando ponerlo junto a la figura de José, alistar cinta pegante para los adornos de las ventanas, desdoblar clips para los adornos del árbol y tachar en el calendario los días que faltan para que sea veinticuatro.

Termina el último sorbo de café, corre al patio, hoy debe ganar el ejército verde, lo ha decidido mientras come. Esquiva al abuelo que ya apila las cajas en el patio. No tiene ni idea que esa mañana tan igual a las otras, sin nada extraordinario se le va a quedar grabada en la memoria y será uno de sus recuerdos más felices de infancia.

Mientras suena:

El suave tacto de su piel

noviembre 14, 2011

Baja la ventana, el sol cae directo sobre el parabrisas del carro y se empieza a sentir el calor. Sube el volumen de la música. Mueve la cabeza al ritmo de la canción y tamborilea sobre el timón. La carretera está casi vacía, puede acelerar escuchando con placer el rugido del motor. Si tuviera que dar una definición de felicidad, sin duda alguna, describiría ese instante. Le gustaría que ella fuera a su lado. Se consuela al pensar que al llegar a su destino la verá.

Baja la velocidad fascinado por los árboles que en esa época del año cambian de verde a un inversímil color morado. Se detiene en un puesto de jugos y frutas frescas. Pide el jugo favorito de ella, lulo sin azúcar, camina hasta un improvisado mirador y se pierde en las ensoñaciones, recuerda el suave tacto de su piel, el olor de su pelo. Un fuerte zumbido lo distrae, gira la cabeza y ve un enjambre de moscas que se da un festín con una caja de frutas podridas. No soporta la visión de las moscas, nunca antes le había sucedido. Sin terminar el jugo corre hasta su carro y arranca. Su corazón acelerado solo se calma cuando deja de ver por el retrovisor el aviso que anuncia el puesto de jugos y frutas frescas.

Sin detenerse consulta el mapa que imprimió en la mañana antes de iniciar el viaje. Faltan dos kilómetros para la entrada. Disminuye la velocidad y busca emocionado el ingreso a la cabaña. Ya casi la ve, falta poco. Sube la suave pendiente y se estaciona frente a la puerta delantera. Gira la llave, el motor se detiene. Por fin. La va a ver. Baja del carro y camina hacia el maletero. Pone la llave en la cerradura, la gira, recuerda las moscas comiendo fruta podrida y por un instante piensa que se va a desmayar. Se domina y continúa. Saca su morral y se lo pone en la espalda. Ahí está. Finalmente. Toma el cadáver de su novia, aun en buen estado, y lo pone sobre su hombro derecho, pasa con ternura su mano por el muslo izquierdo de ella. Qué suave es. Todavía es muy suave.

Mientras suena:

Algo para la visita

octubre 31, 2011

El cuarto del fondo, el que limita contra el patio, es el mejor de la casa. En el patio hay un papayo y un rosal rodeados de otras plantas más pequeñas, casi todas dan unas flores chiquitas y coloridas que son visitadas por colibríes y copetones. Por la mañana el sol llena el cuarto, y si nadie se mueve los pájaros se paran en el marco de la ventana. Es por eso que la abuela está ahí. Mamá va y viene de la cocina. No ha hecho más en todo el día. Viene y la mira, le acomoda la almohada y le pregunta si quiere agua. Cada vez que sale del cuarto llora.

Ahí viene otra vez con el agua. Desde el viernes no toma sopa, solo agua. El agua se la doy yo con una cuchara, toma un sorbo y cierra los ojos. Despierta y toma otro sorbo. Ya van tres veces que señala la esquina detrás de donde estoy. La primera vez seguí su dedo y miré. No puedo hacerlo de nuevo.

-¡Mija!

Mamá viene corriendo, la abuela no ha dicho nada en tres días, le acaricia la cara y le pregunta que qué quiere. “Ofrézcale algo a la visita” dice la abuela y señala el rincón. Mamá, llora y le dice que ahí no hay nadie. Pero yo sé que sí. Hay una mujer de pelo muy negro ahí parada desde por la mañana y se va a llevar a la abuela.

Mientras suena:

Aviso parroquial: Hay una página muy buena sobre cine. La leí toda, increíbles reseñas. Quedé muy antojado por ver las películas que ahí se mencionan. Muy recomendada, se llama Zootropico.

Veintitrés días*

octubre 23, 2011

Abre la llave de la ducha. Sólo la de la derecha. Mete una mano bajo el agua. Helada. Cierra los ojos y pone la espalda bajo el chorro. Sus dientes castañean. Deja que el agua caiga sobre su cabeza, empape su pelo largo y negro. Eso bastará. Por ahora. Se pregunta hasta cuándo funcionará.

Se envuelve en una bata y camina hasta la cocina. Se obliga a caminar descalza a pesar del frío propio de la hora. Bebe tras tazas de café negro muy cargado. Se sienta en una butaca sin espaldar y enciende el televisor. Pasa de canal en canal, lucha contra la pesadez que se apodera de su cabeza. Veintitrés días sin dormir. No puede dormir. No debe dormir.

Deja el canal de televentas. Toma su libreta y se obliga a tomar notas de los productos que ofrecen. Cabecea. Lanza la libreta contra el televisor. No funciona. Empieza a quedarse sin ideas. Se asoma a la ventana. Un solitario taxi dobla la esquina y se pierde en una calle vecina. Humo y metales retorcidos. Agita la cabeza y aprieta fuerte los ojos. No quiere recordar, lo detesta casi tanto como soñar.

Las primeras veces fue divertido. Hasta que empezó a ser borrosa la línea. Ya no estaba segura de lo que veía en sueños. Cada noche crecía la duda. Humo, metales retorcidos, y su mano, (tan familiar, la reconocería entre miles de manos), apoyada contra el timón del carro destrozado. Sólo es un sueño, se repitió una y otra vez, al borde la histeria. Se derrumbó cuando sonó el celular y la voz en él confirmó lo que había visto mientras dormía. Veintitrés noches han pasado desde ese instante. Veintitrés noches sin dormir. Veintitrés noches en las que no ha podido enfrentarse a su duda. No lo soporta. No quiere saber si sueña con lo que va a pasar, o si lo que sucede es causado por sus sueños. No quiere dormir, no quiere soñar.

Mientras suena:

*Inspirado en una historia contada por Juli Ospina

Hambre*

octubre 10, 2011

Olor a hierba húmeda que se filtra por el pequeño espacio que queda entre el piso y la puerta cerrada por fuera, lleva mucho tiempo encerrada, no puede calcular cuánto. Sin ver la luz del día es muy complicado. Hace mucho no ve ninguna luz, sus ojos se han habituado a las sombras. Parece que hace sol, ya era hora, el tic tac de la lluvia sobre el techo la tenía muy nerviosa.

Se arrastra hasta donde le permite la cadena asegurada sobre su tobillo derecho. Pega la cara al suelo, aspira el poco aire fresco que logra entrar bajo la puerta de madera. Enfoca cerrando un ojo. Algo alcanza a ver del patio interior. El árbol está ahí, como siempre.

“¡Tamaleeeees, tamaleeeeees!” grita una mujer en la calle. Es domingo y debe ser temprano. Aun no son las nueve de la mañana. Tiene hambre. Está tan cerca de la puerta. Si alguien la ayudara. Quiere gritar, pedir auxilio. La idea es clara y la ejecución pobre: de su garganta solo sale un bramido. Tiene mucha hambre, necesita aliviarla. Se agazapa en la oscuridad. Alguien se acerca. Una oportunidad, solo eso necesita. Nunca se la dan, tienen tanto miedo, no saben, no entienden (ni siquiera ella). Se saborea pensando en un pedazo de carne que no va a llegar. Babea sin control, la saliva baja por su cara y gotea desde la barbilla hasta el suelo. Recuerda como sus dientes se hundieron sin dificultad en la suave carne de un muslo. El sabor metálico de la sangre inundó su boca. Nunca antes sintió un placer mayor. Fue tan fácil. Trepó al árbol del patio interior, el niño no la vio, no la escuchó, nunca supo qué cayó del árbol. Ver sus ojos sorprendidos y asustados le ocasionó el primer orgasmo. El sabor metálico de la sangre el segundo. Cuando terminó de comerlo se masturbó durante cincuenta y siete minutos sin parar. Carne y sangre. No necesita nada más.

Mientras suena:   

*A partir de una visión de Caro Rueda.


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